México bárbaro

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No se puede aspirar a la paz mientras se siga evadiendo la realidad, como se hace en Chiapas, donde –es preciso recordarlo– desde hace varios años las matanzas impunes de indígenas han sido una vergonzosa constante.

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Mientras tanto, la capital del país está convertida en un gran café de debates sobre el “confuso” tema chiapaneco, a la vez que el gobierno del estado del sureste –marioneta del gobierno federal– está lejos de ser, como debería, el más capaz de imponer cambios en el escenario del conflicto. Pero la pregunta acerca de qué pasa en Chiapas requiere de precisiones, dado que el leit-motiv de “rezagos ancestrales” quiere decir tanto, que al final no dice nada. Nadie, ni en los medios, que sin duda hemos hecho nuestra parte en el conflicto, hemos buscado saber qué era Chiapas antes de 1994. Si lo hubiéramos hecho, sabríamos con mayor precisión cuál es la responsabilidad que corresponde a cada quién, y no sólo de lo que pasa en esa región, sino en otras del país donde el rostro de la marginación sigue siendo mucho mayor que la faz modernizadora.

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Lo que pasa en Chiapas debe entenderse desde varias perspectivas. A sus anacrónicas estructuras políticas y económicas hay que añadir la miope visión del poder central, que desde hace años se ha dedicado exclusivamente a repartir limosnas a los pobres, sin abrir opciones reales de inclusión en la dinámica de crecimiento económico del país.

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El gobierno federal es, desde esta perspectiva, juez y parte en el conflicto chiapaneco, por lo que está muy lejos de ser un árbitro imparcial en algo que lo enfrenta a su cuestionable pasado.

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¿Dónde está el pragmatismo del que el Presidente y su equipo hacen gala en Washington y Nueva York cuando se trata de rendir cuentas sobre la evolución de los números macro de la economía mexicana? ¿Por qué en el caso Chiapas sólo se ofrecen pretextos y cambios y más cambios de funcionarios? ¿Realmente se pensó en Los Pinos que, al paso del tiempo, el conflicto se iría diluyendo?

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Habría que tomarle la palabra, por lo pronto, al nuevo Comisionado para el Diálogo, Emilio Rabasa, en cuanto a su intención de dar un giro de 180 grados a la estrategia de negociación. Lo inmediato es detener los baños de sangre, eliminar el vacío de poder e instaurar un estado de derecho, reconociendo la voz y el voto a todos y cada uno de los sectores que conforman la sociedad chiapaneca.

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Hay que escuchar y conciliar. Hay que llevar los capitales productivos a ese rincón olvidado y, más que nunca, tener la voluntad política para atacar el problema de raíz. Por lo pronto, los empresarios tienen una urgente tarea pendiente: dejar de hacer oídos sordos, colaborar con el gobierno en ver los problemas de los más necesitados y, sobre todo, proponer soluciones efectivas para garantizar la llegada mediata de una verdadera justicia social. Urgen más empresarios como Alfonso Romo y los miembros del Fondo Chiapas, que se atrevan a arriesgar su capital en asociación con los campesinos de la región.

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Hoy, como nunca antes, es tiempo de preguntarse qué es lo que cada uno hizo mal para que llegáramos a extremos tan dolorosos.

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Adiós a Alberto Isaac
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Lamentamos profundamente el deceso de Alberto Isaac, director de cine y cartonista que durante largos años plasmó su humor en estas páginas. Descanse en paz.

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