Nada puede seguir igual

El verdadero consenso del Foro Económico Mundial: urgen cambios estructurales en el orden internaci
Javier Martínez / Nueva York

Sin el encanto intimista de Davos, donde las reuniones de todos los participantes se daban tanto en los salones como en los pasillos y en las calles, el pasado 4 de febrero concluyeron los trabajos del Foro Económico Mundial (WEF, por sus siglas en inglés). Por única ocasión, la sede de la cumbre fue Nueva York y el sello fue un vistosísimo aparato de seguridad que por momentos dejó a la gran manzana como una ciudad en estado de sitio.

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Si bien el tema paraguas de la reunión fue, como lo enfatizó Klaus Schwab –presidente del WEF–, el liderazgo en tiempos de fragilidad y cómo desarrollar una visión común para un futuro compartido, los fantasmas que recorrieron durante cinco días los salones y vestíbulos del Waldorf Astoria fueron el difícil combate al terrorismo, la recesión económica estadounidense (y la cada vez más impredecible recuperación), el Enrongate y la pesadilla argentina.

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Como ya es habitual, el Foro recibió a centenas de líderes empresariales, políticos, sociales, culturales y de los medios de comunicación para discutir los grandes temas de la agenda mundial. Siguiendo la tradición de los últimos años, también estuvieron presentes varios líderes religiosos, sindicales y de organizaciones no gubernamentales. Las combinaciones de panelistas, en consecuencia, revistieron por momentos un atractivo especial para los participantes.

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Ese fue el caso de una singular sesión, en la que el rockero irlandés Bono, el ex presidente Ernesto Zedillo, Bill Gates y el secretario estadounidense del Tesoro, Paul H. O’Neill, discutieron acerca del alivio de la deuda de los países pobres. Este último, por ejemplo, mientras en un panel admitía que el gobierno estadounidense retiró desde el otoño pasado su apoyo a Argentina "porque no siguieron el plan trazado", en esta reunión subrayó que no debe medirse la ayuda al Tercer Mundo por la vía de cuánto dinero se ingresa a esas naciones, sino por "qué tan rápido sus habitantes están incrementando su nivel de vida". Zedillo comentó, al respecto, que el apoyo debe darse a partir de mejoras en la eficiencia y metas claras, pero que eso es insuficiente si no se realizan reformas estructurales que incrementen los ingresos fiscales. Asimismo, "los países ricos pueden tomar pasos que no necesariamente involucren un perdón a la deuda, como la apertura real de sus mercados". Evidentemente, Bono no está de acuerdo con estos argumentos, y menos cuando se trata de los países africanos, sumidos en general en un estado precario.

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Ese fue más o menos el tenor de las discusiones, desde las siete de la mañana hasta la medianoche, durante cinco días. ¿Alguna conclusión? La admisión general de que el modelo económico vigente no ha logrado cerrar la brecha de las enormes diferencias en el mundo. Ya es un paso.

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