Negocio bien aceitado

Vacaciones en el sector normal
Raúl Castro Lebrija

Su nombre es Alfonso y tiene 13 años. Es moreno, bajito, su mala alimentación es evidente. Acaba de terminar la primaria y durante las vacaciones trabaja en el próspero negocio de venta de aceites lubricantes propiedad de su tío.

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No, no se trata de una refaccionaria, sino de uno de los puestos ambulantes que cada día se ven con más frecuencia en las calles de la Ciudad de México.

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Alfonso se levanta temprano para llegar a una esquina de la avenida Chapultepec. A las siete de la mañana llega su tío Pascual para dejarle la mercancía.

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El catálogo es de lo más variado: aceites lubricantes, anticongelantes, líquido para frenos. Las marcas, todas las del mercado.

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Los precios son variados. Desde $8 pesos de los lubricantes Winoil hasta $22, si se trata de un litro de Esso. La ubicación es importantísima. Al estar junto a un paradero de microbuses, a la salida de una estación del Metro, los vehículos de transporte público se vuelven su mercado cautivo.

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Todo esto se traduce en una ganancia que en un buen día llega hasta $500 pesos. “Si hasta eso, no nos va tan mal”, dice Alfonso.

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Pocas son las respuestas que Alfonso da sobre el origen de los lubricantes. Su tío Pascual es el que se encarga. Consigue “no sé dónde” los aceites y demás productos, se arregla con la autoridad para que el puesto no sea removido –lo mismo con otra “sucursal” a la salida del Metro Chapultepec– y sobre todo se asegura de no presentar facturas.

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“Atiendo solo el puesto”, dice. En esta esquina tiene que aguantar ganas de comer, de ir al baño, las inclemencias del tiempo. O la delincuencia, ya que las ganancias podrían ser atractivas para algún asaltante. ¿Miedo? “Sí, un poquillo”.

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A las seis de la tarde el tío pasa a recoger la mercancía y el dinero. Los dos regresan a casa.

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