Negocios espontáneos. Fabricante de Sal

Justo lo que el país necesita: más caras de políticos.
Alejandro Xanic

¿Qué sentiría usted si alguien se refiriera a sus productos como repugnantes? Alejandro Esponda no puede imaginar mejor elogio para su mercancía. Es el más grande productor de máscaras de látex en el país. Usted lo conoce por las caretas que en Halloween venden los supermercados y hasta los ambulantes. Pero tal vez lo reconozca más por la careta de Carlos Salinas de Gortari que portan desde 1988 los niños malabaristas de los cruceros.

- Halloween es su negocio; jugar con la política y sus personajes, su divertimento. Ya pasaron por su taller los rostros de Fidel Velázquez, José López Portillo, Miguel de la Madrid y Ernesto Zedillo. “La risa es una forma de sublimar los problemas, los rencores, es muy sana”, dice Alejandro Esponda, hijo de un dentista que tenía habilidad para moldear plastilina, y de una madre que en los años 40 decidió convertir esa afición en un negocio.

- Su empresa es Plásticos y Vinílicos Rev, y si figura como la empresa más grande de su ramo en México y como un importante proveedor en Estados Unidos, es por la perseverancia de su familia y una buena dosis de suerte.

- Alejandro Esponda es “el niño genio” como lo llamó Pedro Ferriz Santacruz: ese pequeño que en 1956 ganó El Gran Premio de los $64,000 pesos por sus conocimientos en geografía.

- En ese entonces ya funcionaba el taller de máscaras en su casa. Ahí trabajaba pintando las caretas de Cantinflas y de Clavillazo para los carnavales de Mérida, Veracruz y Mazatlán. Cuando la fiesta de Halloween llegó a México, 30 años después, el dinero del premio sirvió para transformar el taller en empresa.

- El negocio vive de exportar una variedad de 200 artículos. Sus plantas en Guadalajara y Cuernavaca producen 600,000 máscaras al año; 60% se destina a Estados Unidos, donde vende $2 millones de dólares anuales. En México vende $15 millones de pesos, sobre todo a supermercados.

- El negocio atraviesa días felices, y Esponda tiene más tiempo para jugar con los rostros de los políticos. “Yo no participo en partidos, sólo tengo buen sentido del humor”, comenta. Su juego le ha valido un par de sustos: la Presidencia lo investigó y decomisó las máscaras que produjo de Zedillo hace unos años.

- “En México hay menos libertad para reírse de los políticos –considera–. El año pasado, la máscara que mejor vendió en los supermercados de Estados Unidos fue la de Bill Clinton con besos por todo el rostro.  Allá el humor se vende en las tiendas de autoservicio; aquí  no se quieren meter en problemas”.

- Aún así, ya tiene los modelos en látex de sus siguientes víctimas: Cuauhtémoc Cárdenas, Francisco Labastida y Vicente Fox.

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