Únete a los optimistas

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Ricardo Medina Macías

No creo que las cosas estén tan mal como para fundar clubes de optimistas, dice el Gordo Basurto. Según él, alguien debiera frenar la proliferación de optimistas falsos que cantando "únete a los optimistas", podrían hundirnos en una severa depresión.

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Tal vez el Gordo tenga razón. Nada más deprimente que ver todo color de rosa. En el verano de 1877, el poeta Gerald Manley Hopkins (inglés y jesuita, por más señas) escribió:

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Gloria a Dios por las cosas de color mezclado,
Por los cielos con manchas de vaca berrenda;
Por los lunares que rosa granean sobre las truchas a nado...

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Es difícil que un optimista de ocasión perciba estas cosas, porque está muy ocupado en "sentirse bien", en "no dejarse abatir", en convencer a su prójimo de que no abra la boca si no es para decir algo positivo, en transmitirbuenas vibras, que son una especie de conjuro contra los malosos.

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Contaba Chesterton que el barrio de Pimlico en el Londres de sus días era francamente horrible. Si de verdad se quería al barrio de Pimlico había que conocer muy bien sus fealdades, para combatirlas. Un "optimista" nunca podría lograrlo y seguramente proferiría amenazas: "Si no te gusta Pimlico, vete de aquí".

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Hay profesionales del optimismo. Les pagan por ser optimistas y por difundir "buenas nuevas", al tiempo que ocultan piadosamente todo aquello que pueda inquietarnos. Les llaman profesionales de las relaciones públicas o directores de comunicación social en las oficinas de los gobiernos.

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En tiempos difíciles, como los que vivimos en México, estos sufridos profesionales se tienen que enfrentar a las hordas de pesimistas y criticones que siempre andamos a la busca de "un pelo en la sopa". A veces estos profesionales pierden la paciencia y señalan, con índice flamígero, a los amargados, malos mexicanos, pesimistas... y los invitan a dejar el escenario ya que sólo saben criticar...

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Pero el mundo es, gracias a Dios, de color mezclado. El color rosa, aunque sea el estridente rosa mexicano, es tan monótono, cuando está solo, como el gris o el negro:

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Los raudales de castañas como brasas frescas;
las alas del pinzón;
El paisaje partido Y parcelado
aprisco, barbecho y labranza;
Y todos los oficios, sus aperos, avíos y atavíos.

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Además, podría esconderse detrás del optimismo profesional un sutil terror a la excelencia. El club de los optimistas, entonces, deviene en pandilla de conformistas y mediocres.

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Y, más aún, la tradición crítica en el México de este siglo es más bien pobre. Por cada crítico se puede contar una legión de aduladores más o menos ingeniosos. Y si llegamos algún día a ser un país plenamente democrático, los criticones serán muy necesarios y los profesionales de las buenas vibras deberán aprender a convivir con ellos.

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Los críticos estimulan la capacidad de repulsa de la sociedad, que es algo que desagrada a los gobiernos pero que preserva, en un mundo democrático, la posibilidad de que los errores se rectifiquen a tiempo.

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Tal vez la característica distintiva de estos falsos optimistas sea el rechazo al cambio. ¿Para qué reformar Pimlico, si es lo mejor que tenemos... quienes vivimos en Pimlico? En todo caso, conceden, es mejor enjalbegar las paredes que limpiarlas a fondo... o reconstruirlas.

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Tiene razón el Gordo Basurto: las cosas no están tan mal como para fundar clubes de optimistas. Una sociedad que cada día se vuelve más exigente es una buena noticia; si protesta y critica es una sociedad viva que quiere mejorar...

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Todas las cosas contrarias, originales, escasas, extrañas;
Cuanto es veleidoso, veteado (¿quién sabe cómo?)
De rápido, lento; dulce, amargo; vívido, opaco;
Engendra Aquel cuya belleza no conoce mudanza:
Alabadlo.

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En esa Belleza jaspeada, que así se llama el poema de Gerald Manley Hopkins (en versión de Juan Tovar), cabe lo rosa de las truchas, pero también lo amargo, lo vívido, lo opaco, las diversas tonalidades de verde del paisaje "partido y parcelado", en el que un día es tiempo de aprisco, más tarde barbecho y al fin labranza.

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Caben aperos, avíos y atavíos de todos los oficios, incluido el oficio de los optimistas profesionales... y el de los críticos.

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El autor es periodista y director editorial del diario El Economista.

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