Ni quien le quite lo bailado

Con representaciones Artísticas Apodaca, Óscar Flores ha encontrado su nicho: representar cantante
Juan Cedillo

Monterrey no sólo es la capital industrial de México: también va rumbo de ser la musical. Grupos como Bronco o Límite han catapultado la Onda Grupera a un fenómeno que ha trascendido fronteras o clases sociales y convertido en millonarios a sus intérpretes y representantes.

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Uno de sus principales promotores ha sido Representaciones Artísticas Apodaca, cuyos grupos, como Selena y los Dinos, Boby Pulido, La Mafia, Bronco o Límite, se cuentan entre los más exitosos. Pero Óscar Flores, el fundador de la empresa, no se inició en el negocio por amor al arte, sino debido a un faltante que tuvo cuando era empleado en un banco. Flores cuenta que hace 20 años trabajaba en el Banco General de Monterrey –ahora Bancrecer–, en donde tuvo un faltante de $3,000 pesos. Para devolver el dinero, solicitó el apoyo de un distinguido cliente del banco: Luis Garza, quien era alcalde de Monterrey. Flores no pidió un préstamo, sino permiso para organizar un baile. El espectáculo permitió que liquidara su deuda.

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Debido al éxito, Flores renunció a su empleo para organizar bailes. Conoció a Los Barones de Apodaca, uno de los grupos más tradicionales del estado, y se convirtió en su representante. Ahora su empresa maneja aproximadamente 25 grupos. Para no dejar el negocio de los bailes, Flores creó la compañía Producciones Huina.

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“Lo que buscamos es un estilo único –explica–, como el que impuso Límite con una cantante femenina.” Representaciones Apodaca cobra 15% de las ganancias a los grupos y sus utilidades varían según los intérpretes. Acero Norteño, un grupo que aún no está consolidado, cobra $7,000 pesos por dos horas en un baile. En cambio, un concierto de Límite en el sur de Estados Unidos se cotiza en $250,000 dólares.

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Si bien el empresario se niega a revelar la cifra total de su negocio, su subsidiaria Producciones Huina tiene ingresos anuales constantes –organizan dos bailes por mes a los que asisten 10,000 personas– por $9.6 millones de pesos, con utilidades de 2.4 millones. Según Flores, la principal inversión de su empresa radica en el tiempo dedicado a promover los intérpretes: “Los grupos son como becerritos que tenemos que cuidar para que crezcan fuertes.”

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Sin embargo, no siempre se gana. El empresario apostó al crecimiento de la música country en México y, a pesar de importar cantantes del sur de Estados Unidos, resultó un rotundo fracaso.

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Según él, las devaluaciones y la intranquilidad económica del país también han propiciado mucha “volatilidad” en los gustos musicales de la población. Para adaptarse a ellos, Flores trata a toda costa de diversificar actividades y apuesta por “reciclar” éxitos musicales pasados. Ahora le ha dado por los boleros, quizás para darle un aroma más romántico al cabrito.

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