No era un demócrata

&#34Zedillo ni siquiera tuvo tiempo de plantearse dudas sobre la calidad de la vida pública o el ar
Alfonso Zárate*

Candidato por accidente, Presidente por error y síndico de la quiebra del antiguo régimen, Ernesto Zedillo ejerce una ex presidencia insólita por varias razones. La primera de ellas, obvia de toda obviedad, porque se trata del último ejemplar de una estirpe que ocupó la cima del poder político en sucesiones ininterrumpidas durante más de siete décadas. La segunda, fruto de la anterior, porque no existe en el imaginario de la alternancia sitio o función para el inesperado último priísta. La tercera, derivada de su propio talante, por la indefensión con que transitó de la vida pública a la esfera privada: sin partido que reivindicara su obra de gobierno; sin grupo o corriente que asumiera la defensa de sus intereses; sin garantías efectivas –no sólo formales– para su seguridad personal, familiar y patrimonial frente a los poderosos intereses que lastimó (en primerísimo lugar, los de Carlos Salinas de Gortari).

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La suma de estos factores da como resultado una situación inédita en la historia del presidencialismo mexicano. Mezcla contradictoria de legitimidad y reconocimiento, crítica y reproche, fortaleza relativa y extrema vulnerabilidad. Un equilibrio inestable que parece repetir o continuar  el rosario de percepciones encontradas para caracterizar su gestión: el presidente “débil” que, sin embargo, logró imponer proyecto y condiciones al bocabajeado PRI; el aprendiz de brujo que, no obstante, manejó con precisión el timing de la “sana distancia” sin perder los hilos del control remoto; el político “incompetente” que cerró su mandato en condiciones de estabilidad desconocidas desde mediados de los 60; el “priísta de toda la vida” que no tuvo empacho en anunciar que entregaría el poder a quien resultara ganador en elecciones limpias y transparentes.

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¿Quién es Ernesto Zedillo? ¿El ingenuo aterrado por los malosos o el hombre fuerte que impone la candidatura de Francisco Labastida? ¿El inepto responsable de la crisis de 1994 o el arquitecto de la recuperación que llega al año 2000 con un crecimiento económico de 7%? ¿El tecnócrata insensible o el ex mandatario que puede recorrer la plaza pública sin levantar pasiones peligrosas ni dar lástima (fortuna que sólo comparte con Miguel de la Madrid)? ¿El Presidente de la transición o de la derrota? ¿El demócrata o el acorralado?

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Es posible que las incógnitas se develen en un futuro próximo, cuando la perspectiva histórica nos libere de pesos muertos y rencores coyunturales (aunque el salinismo sigue esperando turno). Mientras ello ocurre, no queda más que reconocer la inteligencia y buen tino de Zedillo para orientar un periplo que hace dos años se anunciaba como ineludible y riesgosa travesía por el desierto.

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Aprovechar privilegios
Naturalmente, el ex Presidente ha elegido las rutas que mejor convienen a su posición, trayectoria y experiencia. Sabe que no hay lugar para él en la política mexicana, pero tampoco le   interesa. Asume la necesidad de mantenerse en movimiento para eludir o neutralizar los ataques de sus enemigos (especialmente del clan Salinas). También aprovecha los privilegios de una buena relación con quien le sucede en el cargo y explota al máximo la ausencia de preceptos legales que regulen la actuación de quienes ocuparon la jefatura del Estado mexicano.

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La iniciativa privada y el desempeño en el exterior eran las vías previsibles para un hombre que llegó al poder sin mayores vínculos con las familias priístas y no se preocupó por tejer alianzas que le cubrieran la retirada. No era su estilo ni su aspiración. En todo caso, la gran apuesta por Labastida y grupos afines fue circunstancial y en condiciones de incertidumbre democrática que ya no podía controlar ni definir.

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La política no era su fuerte y en más de una ocasión demostró no sólo incomprensión sino desprecio por su racionalidad y exigencias. ¿Paradoja del gobernante indiferente a la cosa pública? No estrictamente. En realidad, lo que rechazaba por instinto eran las complejidades y trastornos de la política en condiciones de competencia y equilibrio, ésas que obstaculizan el despliegue del proyecto presidencial. Tecnócrata impecable, siempre añoró los buenos tiempos en que el Congreso se plegaba a las decisiones del Ejecutivo y la maquinaria estatal premiaba el servilismo de sus burócratas con el ascenso escalafonario (vieja política de la que fue beneficiario hasta alcanzar la cumbre de la pirámide).

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Zedillo no era un demócrata. Por su trayectoria en la administración pública y sus intereses intelectuales, podría afirmarse que ni siquiera tuvo tiempo de plantearse dudas sobre la calidad de nuestra vida pública o el arcaísmo aberrante del sistema priísta. De hecho, a lo largo de su sexenio   nunca aceptó que México viviera una transición, puesto que el régimen posrevolucionario siempre fue “democrático  a su modo”.

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A este déficit (superávit para un técnico) se sumó el temple del obcecado, la convicción del fundamentalista, la proclividad neoliberal de observar al mundo con las anteojeras del pensamiento único. Intolerante, irascible, soberbio arropado en mantos de humildad, aprovechó intensamente los residuos del autoritarismo presidencial para eludir los controles políticos y legales que entorpecían el proyecto “modernizador” o la operación de salvamento tras la debacle de 1995. De ahí que su verdadero talento se expresara en un rescate bancario ilegal e ilegítimo (que sigue desangrando al país), en la continuación de privatizaciones oscuras y en el traslado de una “deuda oculta” que relativiza, por decir lo menos, el festejado éxito de su gestión.

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Así, no es extraño que este hombre de luces y sombras, de confusiones y medianías, pero también de certezas inamovibles, despliegue una carrera internacional en ámbitos que parecerían excluyentes en más de un sentido: por un lado, director de la Comisión de Financiamiento para el Desarrollo de la ONU (su producto más acabado, el llamado Consenso de Monterrey); por el otro, integrante del grupo de expertos de la OMC; más allá, su ingreso a las grandes ligas del empresariado como miembro de los consejos directivos de Procter & Gamble, Alcoa y Union Pacific; más acá, su estreno como articulista de la revista Forbes y el nombramiento como director del Centro de Estudios de la Globalización en la Universidad de Yale.

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Veloz posicionamiento
Sorprende, claro, la velocidad del posicionamiento y el alto nivel de los cargos. Tanto como la imaginable tensión de lógicas, racionalidades y compromisos que implica la versatilidad de los encargos. Pero más allá de eso –el ácido globalizador diluye cualquier contradicción–, asombra la extraordinaria libertad del ex mandatario para hacer de su vida un papalote; el amplísimo margen de maniobra que traspasa fronteras y la inmunidad que no entiende de conflicto de intereses o lealtades.

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El caso más evidente, por supuesto, tiene que ver con la privatización de los ferrocarriles durante el sexenio pasado. En 1997, Union Pacific, asociada con ICA, obtuvo la concesión por 50 años del Ferrocarril Pacífico Norte. Desde 2001, a escasos meses de abandonar el cargo, Zedillo forma parte del corporativo con un sueldo de $60,000 dólares anuales y la obligación de invertir la mitad de su salario en acciones de la empresa.

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Es muy probable que se trate de una operación perfectamente legal y el ex Presidente no haya incurrido en ninguno de los supuestos que prevé el artículo 88 de la Ley Federal de Responsabilidades de los Funcionarios Públicos (la prohibición de aceptar empleo, cargo o comisión, durante su desempeño y un año después, en actividades privadas que se vinculen directamente con el puesto ejercido). Pero aún así, la formidable coincidencia abre enormes espacios que dan lugar a la duda y la sospecha.

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Por lo demás, el conflicto de intereses no se reduce al episodio ferroviario ni se agota en el tema de la pensión vitalicia de los ex mandatarios. Expresa imprevisión y vacíos legales en la regulación de la actividad privada o profesional de quienes ocuparon la jefatura de Estado, un ámbito delicado donde podrían estar en juego asuntos de seguridad nacional y tráfico de información privilegiada.

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Mientras pasamos de las “reglas no escritas” a la normatividad racional y transparente, Ernesto Zedillo podrá disfrutar los privilegios de una trayectoria pública al servicio de intereses privados del ancho mundo; ejercer su ex presidencia como ejecutivo multinacional: cosmopolita sin anclajes políticos o territoriales; ajeno a sentimentalismos “premodernos” o responsabilidades con el país (sociedad, empresa, fuerza de trabajo); misionero de la globalización darwinista donde sólo el más fuerte sobrevive a la apertura salvaje, la desregulación inclemente y la privatización sin condiciones.

* El autor es director de Grupo Consultor Interdisciplinario.
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