No más tequila, por favor

Tras el &#34efecto tequila&#34 viene la calma. Y en medio de ésta, los inversionistas extranjeros v
Zacarías Ramírez Tamayo

Aunque cautelosos, los inversionistas se acercan nuevamente a México.

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Después de la salida de más de $16,000 millones de dólares de los mercados bursátiles entre diciembre de 1994 y septiembre de 1995 y de la paralización de numerosos proyectos de inversión productiva, el canto de sirena de las autoridades mexicanas parece surtir efecto.

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Los datos disponibles no permiten todavía saber si se cumplió la promesa conjunta del presidente Ernesto Zedillo y un grupo de inversionistas extranjeros en el sentido de que, en 1996, la inversión extranjera directa alcanzaría $6,000 millones de dólares. Hasta septiembre, de acuerdo con reportes del Banco de México se habían captado $4,712 millones de dólares de inversión extranjera directa.

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Sin embargo, el saldo es considerado positivo, sobre todo porque fortalece una tendencia de crecimiento que puede fortalecerse en 1997.

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A pesar de las indecisiones del gobierno federal en lo relativo a la venta de la división de petroquímica secundaria de Pemex, el agresivo programa de privatizaciones en distintos sectores de infraestructura ha favorecido la llegada de capitales a la economía mexicana.

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“En las encuestas que aplicamos en 1995, los puntos estratégicos de las compañías participantes eran de carácter defensivo, entre los que destacaba el de posponer inversiones”, dice Joshua Cohen, director de Programas Económicos de la Cámara Americana de Comercio. “Pero en 1996 la tendencia se había revertido y las compañías sugerían aumentarlas”, añade.

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“La imagen de México ante los inversionistas ha mejorado”, asegura Neil Whiteley-Ross, vicepresidente de Desarrollo Económico de San Diego, California. “En Baja California se invirtieron $1,500 millones de dólares y se crearon 500,000 empleos en 1996”, señala Whiteley, quien viaja cada tres meses a Taiwán y Japón y está en contacto permanente con inversionistas estadounidenses con el fin de promover la instalación de maquiladoras en la frontera México-Estados Unidos.

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Las cosas están mostrando mejoría después de que el desánimo que siguió a la crisis económica rayó en la autoinmolación. Se llegó a pensar que México era el último lugar al que los inversionistas querían ir, ahuyentados por toda clase de problemas, incluyendo el aumento de la delincuencia en las ciudades del país.

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Pero Morton Palmer, de Palmer Associates, niega que los delitos comunes influyan en la decisión de invertir de las corporaciones. Para ser así, señala, tendrían que ocurrir en México muchos casos como el del ejecutivo japonés, Mamoru Konno, secuestrado en agosto pasado y liberado unos días después mediante el pago de un rescate de $2 millones de dólares.

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Palmer, cuya consultora da servicio a corporaciones multinacionales en temas relacionados con la seguridad individual y de transporte de mercancías, considera que la prensa extranjera ha contribuido a crear esa imagen de un México hostil en el exterior. “No conozco a un corresponsal extranjero que no haya sido asaltado en México”, señala.

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En realidad, para las corporaciones hay cosas más importantes. La inseguridad económica les asusta más: “No he visto a nadie correr (de México) por la inseguridad criminal”, agrega.

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El pero: la Economía Real
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Con todo, el país sigue caminando cuesta arriba, después de la volcadura que le significó la devaluación de 1994. Ese año, México recibió $8,000 millones de dólares en inversión directa, una cifra récord que no le será fácil igualar.

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“Hoy las corporaciones quieren saber si pueden ganar en México con sus productos –insiste Palmer–, o si pueden utilizar al país como trampolín para exportar.”

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Pero la respuesta de la economía mexicana a ese punto no parece satisfacerles. La insistencia del gobierno federal por transmitir optimismo hacia el exterior sigue siendo sólo un indicio que se topa con el mismo muro: la economía real.

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El prepago de deuda al gobierno estadounidense y al FMI, por $5,000 millones de dólares, es una señal de “disminución del riesgo-país” enviada a los mercados bursátiles, más que un signo de recuperación económica, señala el boletín especializado -Tendencias Económicas y Financieras en su edición del 20 de enero pasado.

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El consumo público y privado, que cayó a sus niveles más bajos a mediados de 1995, no pudo recuperar en 1996 los niveles que tenía antes de la crisis. Y no lo hará en 1997. -Tendencias pronostica que aun cuando se registrará un aumento en ese consumo total de 3.5% en este año, todavía quedará 0.4% abajo de los niveles de 1994.

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De acuerdo con Cohen, entre 1993 y 1996 16% de los proyectos de compañías que pensaban venir a México se mudaron a otros países. Además del mercado interno, en esos cambios de decisión pesó lo que los inversionistas consideraron falta de incentivos y garantías para operar en el país.

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Whiteley-Ross opina que, por ejemplo, las leyes mexicanas debieran permitir que los extranjeros adquieran en propiedad terrenos en las zonas restringidas, como son las playas y la franja fronteriza.

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Los alemanes, en cambio, están en espera de que las autoridades mexicanas firmen con su gobierno un acuerdo bilateral de protección de inversión extranjera. Su interés es tener trato igual con respecto a las compañías mexicanas y de terceros países, y que exista un mecanismo legal de solución de controversias. Aseguran que eso animará a medianas y pequeñas empresas germanas interesadas en venir a México.

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En la última encuesta de Cohen, aplicada en 1996 entre los directores generales de 400 empresas estadounidenses y mexicanas, una de las opiniones más recurrentes fue que las autoridades deben simplificar los trámites para iniciar operaciones en México.

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Brazos abiertos
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Pero el gobierno mexicano tiene los brazos más abiertos a la inversión de lo que muchos piensan.

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Las restricciones para extranjeros de poseer terrenos en las franjas de playa y de frontera, por ejemplo, se aplican para uso residencial y no son absolutas, puesto que tienen la alternativa de aprovecharlos por medio de un fideicomiso. Así se establece en las últimas modificaciones a la Ley de Inversión Extranjera hechas en diciembre pasado.

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En lo relativo a los negocios, si bien algunas ya existían en reglamentos sectoriales, las nuevas disposiciones establecen límites precisos al plazo que tiene el gobierno para autorizar o negar los permisos presentados por los inversionistas. En la introducción de la -afirmativa dicta, conforme a la cual la falta de respuesta de la autoridad en el tiempo establecido implica su autorización automática, reside la obligatoriedad para el cumplimiento de esos plazos.

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Por lo demás, y pese a su escasa experiencia en el tema, México está cerca de firmar con los alemanes el demandado Acuerdo para la Promoción y Protección Recíproca de Inversión (APPRI), según señalaron fuentes oficiales consultadas.

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Conocidos más en Europa que en otras regiones, estos acuerdos suelen establecerse entre un país altamente exportador de capitales y el que los recibe –si bien formalmente es un compromiso recíproco de protección de inversiones.

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Esa garantía se rige por los principios de trato nacional a las compañías de la contraparte, facilitar las transferencias de capital entre ambas, establecer un mecanismo internacional de solución de controversias y la subrogación, es decir, el respeto a la soberanía de los países en la resolución de los problemas asociados con el acuerdo.

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Tomando como modelo el TLC, el APPRI entre México y Alemania es uno de los más avanzados de los que se negocian. Interesado particularmente en países exportadores de capital, próximamente entrarán en vigor acuerdos firmados por México en 1995 con Suiza y España. Actualmente, el gobierno también negocia con los Países Bajos, Francia, Inglaterra e Italia. Y en el futuro contempla hacer lo mismo con naciones asiáticas y latinoamericanas.

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En realidad, México no debe hacerse demasiadas ilusiones en esperar torrentes de inversión de ninguna parte, opinan analistas. Estos acuerdos y cambios legales, explican, no hacen sino poner en papel lo que ya es un hecho: la apertura de la economía mexicana a la inversión extranjera.

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Las llamadas restricciones de la ley mexicana, en cierto modo, no son más que espantapájaros que cobraron vida bajo la influencia del “efecto tequila”.

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