Nostalgia

&#34A nuestro parecer, cualquiera tiempo pasado fue mejor.&#34 <br><i>-Jorge Manrique</i>
Javier Martínez Staines*

Let the good times roll, cantaban los Cars. Unido a ese coro, me sorprendo de repente sumergido en un estado del que sólo una sobredosis de Prozac podría sacarme. Perdón, pero en ocasiones soy un temible homo sentimentalis. Pido licencia a los lectores más racionales para dejar relucir la melancolía que hoy me ha provocado un fulminante ataque de nostalgia.

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Ni hablar, soy mexicano, y a los mexicanos nos gusta recorrer los pasillos del pasado para recrear los buenos momentos. ¿Qué más da si aquellos tiempos mejores realmente existieron en este país? Quizás es la fatiga que provoca esperar a que lleguen los ansiados acuerdos en el Congreso y un crecimiento económico de más de 7% lo que despierta los malos pensamientos. ¿O será más bien que uno no debe escribir un artículo para Expansión mientras escucha éxitos musicales de la década de los 70? No lo sé, pero creo que hoy me declaro nostálgico del proteccionismo a nuestras empresas, de las fronteras cerradas, del autoritarismo, de la abundancia petrolera con sus desbordantes sueños de riqueza, del todopoderoso gran tlatoani, del partido único, del dedazo, de los grandes rescates corporativos y del Estado-papá.

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Era tan cómodo vivir así. Nada de preocuparse por los chinos y sus mercancías baratas. Los aranceles de 1,000% eran un buen antídoto. Nada de aguardar con la paciencia de Job a que distintos partidos se pongan de acuerdo para legislar reformas que hacen falta. Bastaba el silbatazo de Los Pinos para levantar la mano. Nada de soportar gabinetes de gobierno desarticulados que se contradicen constantemente con el jefe. Todos sabían muy bien para quién trabajaban. Nada de crear frentes comunes de gobernadores con el fin de hacerse escuchar por el centro. Entonces esos señores eran los que escuchaban y obedecían. Nada de batallar con permisos aduanales y hacer colas en Bancomext para conquistar nuevos territorios. Era suficiente con el mercado interno, que consumía lo hecho en México y saciaba sus antojos por lo extranjero comprando fayuca en Tepito… A fin de cuentas, ¿quién necesitaba de la oferta de McDonald’s, Domino’s Pizza, Starbucks, Tower Records, Zara y Blockbuster, teniendo los taquitos, las tortas, el café veracruzano, Discolandia, Milano y los Videocentros?

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Sí, lo admito, esta perorata inútil se ha convertido ya en la madre de todos los excesos. Tanta moda retro contamina las neuronas. Voy a atender mejor el consejo de un amigo, quien me ha dicho que cada vez que tenga un ataque de pánico de estas dimensiones recuerde siempre que ya desapareció hasta el vochito. Vaya. Es infalible. Ante tanto sentimentalismo, lo mejor es una dosis extrema de realismo. Dicho de otro modo, por más complicados que parezcan, los laberintos de la democracia son bastante más transitables que los oscuros túneles del autoritarismo. Dejemos el pasado en los libros de historia y sólo recurramos a ellos para mantener viva la memoria, simple y sencillamente porque hay cosas que más nos vale no olvidar. No vaya a ser que entremos al perverso circuito del eterno retorno a lo peor de nosotros mismos.

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* El autor es director editorial de Grupo Expansión y, aunque pasajeros, tiene frecuentes arrebatos nostálgicos que a veces parecen ataques de pánico. Retroalimentación: jstaines@expansion.com.mx.

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