Nostalgia de la crisis

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Ricardo Medina

Cumplido el ritual de los sufragios y su contabilidad vienen los días del desencanto. No hay héroes ni semidioses, tan sólo un puñado de mujeres y hombres que se revelan ambiciosos o modestos; dominados por un ánimo de revancha o alentados por la búsqueda de un futuro mejor. Como en las nupcias, pasada la exaltación del rito la aventura apenas empieza: fatigosa, dura, con la emoción de lo cotidiano pero sin las efusiones de lo extraordinario.

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Ahí, en esa intemperie se habrán de probar nuestros políticos.

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Hasta ahora no han mostrado la grandeza que prometieron en sus itinerarios electorales. Ni unos, ni otros.

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Alguno, como el inefable Porfirio, parece agotarse en la esgrima retórica. Otro, como el tabasqueño Arturo, no asombra, ni sorprende... tal vez aburre para no equivocarse. El de más allá, el inge Cuau, sigue en campaña, parece incapaz de superar el síndrome revisionista y continúa ofreciendo revisar esto o aquello en lugar de dar soluciones como prometiera en el pasado. Alguno más, como Santiago Creel, continúa en la exaltación, parece extasiado ante la perspectiva de protagonizar el “gran cambio”, la publicitada “transición democrática”..., corre el riesgo de olvidar que, mientras Dios no decida lo contrario, todos los días sale el sol, todos los días peregrinamos.

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Del otro lado de la barrera, los ciudadanos comunes esperan, gozan y sufren.

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Por lo que hace a la economía nacional, las cosas van bien. Parecen ir enojosamente bien. Si a pesar de todos los vituperios antiliberales empiezan a florecer, aquí o allá, los empleos y las inversiones, si los dólares vienen, si el peso se fortalece, si crecen las exportaciones de manufacturas..., ¿qué demonios van a cambiar los profetas del cambio que cosecharon tantos votos?

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¡Qué mal que nos vaya bien!, ¡mal asunto para el médico brujo, para la economía vudú, que el enfermo muestre signos de recuperación!

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Y ello a pesar de que la magnanimidad no es el adjetivo que se conduele con la gris actuación de los gobernantes. No tienen, al parecer, empaque de grandes estadistas. Administran errores y aciertos con gran timidez, modestos. Aborrecen tanto la crítica y anhelan tanto el elogio que caminan con excesivo tiento. El resultado: ni en la crítica ni en el elogio cosechan episodios o frases memorables.

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La gran tentación es provocar o invocar un gran error como el de diciembre de 1994, algo que nos conmueva, que nos saque del pasmo posterior al rito electoral exitoso. Al fin y al cabo la crisis ya se nos está volviendo segunda naturaleza y en la crisis, río revuelto, hasta los pescadores más ineptos (léase nuestros políticos de todo signo) tienen éxito.

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Nostalgia de la crisis. Tal vez eso explique los malabarismos intelectuales de algunos comentaristas de la realidad nacional: si el peso se recupera, malo; si retrocede, igualmente malo. Si el mercado interno empieza a dar signos de vida, malo porque nos estamos gastando los dólares que desaprensivamente nos traen los especuladores. Si sigue aletargado, malo porque ¿de qué vamos a vivir?

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Así es, en fin, esta gran comedia humana. Maroma tendida entre los brazos de Dios. Entretiempo para leer y gozar, digamos, a Borges o al Quijote.

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