Olivier Lombard y sus patos

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La cocina es una afición que le vino por línea materna: su abuela fue chef del legendario Agha Kahn en su residencia de París y su madre tuvo dos hosterías de tipo medieval. Atender desde el fuego es una de las razones por las que las direcciones de sus dos establecimientos en el Distrito Federal, L’Olivier y La Ciboulette, son lugares codiciados para comer y cenar.

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A los 15 años visitó un criadero de patos en el sureste de Francia que le encantó, por lo que hace poco compró 300 de estas aves para consumo familiar. Los palmípedos se sintieron tan bien recibidos que no dejaron de multiplicarse. “Este pequeño gusto se ha convertido en una empresa con cinco granjas, un laboratorio y 38,000 animales.” Además, es una de las pocas firmas que procesan el foie gras de manera tradicional fuera de Francia y sus productos son iguales o mejores que los de su tierra natal; tanto, que son disputados por restaurantes y gourmets, que acaban con los patés, terrinas y demás delicias casi antes de que salgan del laboratorio.

En su vida privada lo que prefiere es montar a caballo en el campo, con su hija. Está recién casado y emocionado con la preparación de un tercer restaurante. Su comida favorita son los platos que preparaba la abuela, y para acompañar, “champán a cualquier hora, a diario y en cualquier lugar”, o el Chateau Domecq que la casa embotella especialmente para él. ¿Habrá algo mejor?
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