¡Oooohhhmmm!

Sobre la meditación trascendental (o cómo deshacerse del estrés).
Max Clip

Es la cantaleta de todos los días: el estrés, las presiones, las prisas nos tienen hechos un manojo de nervios, olvidadizos, irritables como un almeja a la que le acaban de echar jugo de limón y perdidos en vagos sueños diurnos, cuyo tema general es pasar el resto de nuestras vidas a la orilla del mar, tumbados al sol y recogiendo mangos, plátanos y otras frutas tropicales. Pero cuando despertamos de nuestro ensueño, seguimos aquí: encerrados en el cubículo, en el edificio de siempre, en la misma ciudad y –como diría la canción– "con la misma gente".

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Cada mes de enero, con un estoicismo digno del más sacrificado guerrero azteca, inauguramos nuestro año con buenos deseos, resignación y temple, aceptando que las cosas son como son y que nuestro deber es enfrentar las adversidades de la mejor manera posible. Pero en esta ocasión, la empresa nos tiene una sorpresa. Gracias a los poderes de persuasión (y a la insistencia) de Ignacio –un gerente junior de promoción y mercadeo– la compañía ha autorizado que se nos impartan, aquí mismo, unas clases de yoga y relajación profunda, que según esto nos van a curar de la tensión y –este es el valor agregado para la corporación– nos harán más productivos.

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Mi compañero es lo que se puede llamar un tipo simpático, hablador y metiche como pocos y, supongo, con una seria tendencia a deprimirse cada que se mira al espejo (sufre un grave problema de sobrepeso). Desde temprano se le puede ver corriendo por los pasillos y las escaleras, sudando la gota gorda –pues se sofoca con facilidad– y con un gesto agónico digno de Libertad Lamarque o de Sara García.

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Por definición, casi todo ser animado que habita en esta ciudad –personas, perros, aves, peces, reptiles y uno que otro dinosaurio– vive estresado y no hay nada que se pueda hacer al respecto. Pero quienes debemos batallar para ganarnos el pan de cada día estamos expuestos naturalmente a una sobrecarga de tensión. "En cambio –me dice Ignacio en la sala de juntas, vestido de blanco, con zapatos tenis y preparándonos para la llegada del maestro– la gente en la India tiene esta expresión de paz y calma internas, gracias al yoga y a la meditación."

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"O gracias, también, a la desnutrición crónica", le respondo de mal humor, pero Ignacio no me escucha y ya está en la puerta, dándole la bienvenida a un tipo flaco y de largas barbas, con turbante y mirada perdida, que avanza como si flotara y nos invita a que nos sentemos en el piso.

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No los voy a aburrir con los detalles de la sesión, baste decir que durante 10 minutos sólo respiramos, luego escuchamos algo de música –el maestro llegó acompañado por dos pelones, vestidos también de blanco, con una especie de acordeón y un tambor–, durante cinco minutos hicimos el famoso ¡ooohhhmmm!, y luego nos recetaron todo un discurso sobre la completa falta de sentido en nuestras occidentales vidas, extraviadas en la noche oscura del consumismo y la posesión de bienes materiales… Todo esto sucedió, cabe recordar, en el seno mismo de una empresa que, para bien o para mal, opera dentro del esquema económico del capitalismo.

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No me sorprendió que esta sutil ironía haya pasado inadvertida a los demás asistentes. En cambio, muchos de ellos salieron de la sala de juntas transformados y conversos a la nueva religión, con una expresión de paz y tranquilidad similar a la del maestro.

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No sé con qué artes Ignacio convenció a los altos directivos para que nos obligaran a venir a este curso. Pero si pusiera el mismo empeño en su trabajo, seguramente viviría menos angustiado y no se sofocaría tanto.

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Ahora, para ser parejos, le voy a proponer un intercambio: yo sigo asistiendo a las sesiones, pero él se pone a dieta rigurosa: no más papas fritas, refrescos y comida chatarra, típicas del consumismo. Vamos a ver quién logra levitar primero.

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