Oportunidades de la crisis

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Maricarmen Cortés

Si 1994 fue un año realmente difícil para la economía (y, desde luego, para las inversiones), 1995 se plantea como uno aún más complicado. En primer lugar, porque habrá que esperar a que concluya el primer trimestre y se estabilicen los mercados para poder hacer pronósticos confiables tanto en materia de crecimiento económico, como en tasas de interés y en inflación.

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Mientras 1994 se inició con la sorpresa del conflicto chiapaneco (que rompía de tajo con la esperanza de un año próspero, como se esperaba después de la ratificación del Tratado de Libre Comercio), 1995 se inicia con una especie de cruda colectiva o de un amargo despertar y nos halla nuevamente inmersos en una crisis cambiaria y financiera que, tras 12 años de ajuste, de profunda reforma estructural, y del sacrificio de muchos sectores, todos creíamos que no volvería a presentarse.

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Falta credibilidad
Este año arrancó, además, con una grave crisis de credibilidad y de confianza en el gobierno, y con un nuevo titular en la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (SHCP): Guillermo Ortiz Martínez, quien sustituyó en el cargo a Jaime Serra Puche. Serra tuvo que ser removido por los graves errores que cometió al anunciar, primero la ampliación de la banda de flotación del peso, el 20 de diciembre, y luego, al día siguiente, la libre paridad de nuestra moneda, medidas que llevaron al dólar de una cotización de N$3.40 nuevos pesos, a un promedio de N$5.50 nuevos pesos hacia para el cierre de 1994.

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Con un peso en flotación y con volatilidad en los mercados cambiario, de dinero y accionario, no se pueden fijar metas realistas en materia económica. Por ello las empresas se han visto obligadas a elaborar sus planes de 1995 bajo diversos escenarios, y los hay desde los más optimistas hasta los más negros.

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Desde luego, preferimos confiar en que los optimistas tengan razón. Bajo este escenario se considera que el programa económico emergente tendrá éxito; que los empresarios cumplirán efectivamente con su compromiso de elevar moderadamente los precios; y que las empresas podrán aprovechar las ventajas que se abrieron con la devaluación de 45% del peso e incrementar sus exportaciones. Bajo este mismo escenario, la inflación al cierre de 1995 no deberá exceder mis de 20%; el dólar se situará por debajo de la barrera de los N$5 nuevos pesos, las tasas de interés anualizadas sumarían un 20%; la economía crecería a partir del segundo semestre y al cierre del año registraría un aumento de 2% respecto del PIB, para que ya en 1996 se pueda volver a crecer en niveles de 4 y 5%, como muchos esperaban que sucedería este año. Además, el mercado accionario se reactivaría gracias a un mayor ingreso de capital extranjero, y el Índice de Precios y Cotizaciones podría crecer en más de 30%, tras la baja de 8.72% que sufrió la Bolsa Mexicana de Valores (BMV) en 1994, año en el que -por vez primera en los últimos 11- registró un rendimiento nominal negativo.

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Desde luego, es la responsabilidad de los empresarios considerar los diversos escenarios y protegerse, en la medida de sus posibilidades, de los vaivenes en tasas de interés y en la cotización del peso. En cuanto a los inversionistas, el mejor consejo que se puede dar en medio de este contexto de incertidumbre -el cual desafortunadamente prevalecerá en el plazo inmediato- es diversificarse y no depositar, como afirma la sabiduría popular, todos los huevos en una sola canasta. Cada quien debe fijarse sus propias metas de rendimiento y saber tomar utilidades una vez que se hayan alcanzado. Si se trata de un inversionista cardíaco y con criterio de corto plazo, definitivamente deberá mantenerse alejado del mercado accionario, porque al igual que en 1994 en 1995 la BMV continuará con una fuerte volatilidad.

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Como toda crisis, la que hoy vivimos nuevamente abre una amplia gama de oportunidades tanto en materia de exportación, como en el mercado interno. Y es que, evidentemente, los productos importados ya no serán tan atractivos tras la fuerte devaluación. El reto será saber aprovechar estas oportunidades y no dejarse llevar por el pesimismo colectivo, ni por el sentimiento de impotencia y engaño que hoy predomina en la sociedad mexicana. No hay que olvidar que el origen de una de las grandes fortunas mexicanas -la de Carlos Midas Slim, presidente de Grupo Carso, de Teléfonos de México y de Inbursa- se explica porque fue uno de los pocos empresarios que, cuando la crisis de 1982, confió en México y, a través de la BMV, adquirió acciones de las emisoras que hoy controla, cuando el papel se cotizaba muy barato y nadie creía que la economía mexicana se recuperaría.

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La autora es licenciada en Periodismo especializada en temas financieros. Actualmente es columnista del diario ExcéIsior.

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