Otro programa de caridad

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Quienes sobrevivieron al hambre en los últimos tres años pueden ya respirar: el gobierno se ha fijado finalmente en ellos. Resultan curiosas las prioridades del presidente Ernesto Zedillo y su equipo, que tan concentrados han estado capoteando la coyuntura económica desde diciembre de 1994. Parece que hasta ahora comienzan a ocuparse de las verdaderas víctimas de los errores cometidos por estos mismos funcionarios: los millones de pobres que habitan todas las regiones de este país.

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El nuevo programa de caridad –porque es eso, y no más– lleva el rimbombante nombre de PROGRESA, el cual rescata de los archivos a otro programa (PASE), supuestamente listo desde hace un año, pero congelado por la “grilla” entre los miembros del gabinete social y los teóricos de Hacienda. Como bien lo recordó el periodista Enrique Quintana, en el II Informe de Gobierno, hace un año, Zedillo prometió articular los esfuerzos gubernamentales en materia de alimentación, salud y educación básica para las familias más pobres “en las próximas semanas”. Considerando que el anuncio formal de la “nueva” estrategia social se hizo apenas el 6 de agosto pasado en una marginadísima zona del estado de Hidalgo, las semanas transcurridas desde la promesa presidencial fueron 48. Esa es la prioridad real que el combate a la pobreza extrema tiene en la agenda gubernamental. ¿Cuántos Chiapas más necesita la administración pública para darle otra dimensión a la política social?

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El PROGRESA, según las palabras del propio Presidente, intenta “romper el círculo vicioso de ignorancia, enfermedad, insalubridad y desnutrición que tiene atrapados a muchos millones de mexicanos en la pobreza”. Sí, se trata de los mismos millones a los que el ex presidente José López Portillo, entre sollozos, les pidió perdón al terminar su sexenio “por no haber hecho lo suficiente para sacarlos del infierno en que viven”; los mismos que jamás fueron vistos por Miguel de la Madrid; los mismos que fueron utilizados políticamente por Carlos Salinas de Gortari y su trade mark (Solidaridad) para dibujar falsos espejismos de ingreso al primer mundo...; los mismos que “finalmente” descubre Zedillo. Ojalá que en el año 2000 no se vea en la necesidad de disculparse nuevamente con la mayoría de la población.

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El verdadero círculo vicioso, más bien, es la necedad gubernamental de poner “curitas” en donde hay llagas. Porque el argumento de las cifras hace trizas las políticas sociales de los últimos gobiernos: en el umbral del nuevo siglo (al que ya se bautiza como cibernético), México tiene un enorme porcentaje de la población a años luz del desarrollo.

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Programas van y vienen, pero sigue sin presentarse uno estructural, que realmente se enfoque a atacar desde su raíz el problema de la miseria, que de verdad contribuya a ofrecer las mínimas oportunidades de educación, salud, alimentación e ingreso a los mexicanos olvidados. Eso se suma al anacrónico hábito de plantear estrategias de seis años (que, para colmo, en el caso de la administración actual se reducen a tres) para afrontar el mayor problema que vive este país: la desigualdad social.

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