Pablo e Israel Brener Brener

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Jaime Santiago

Cuando se empezaron a retirar de los negocios, muchos dijeron que sólo estaban tomando aliento para volver por más. La verdad es que los años se van colgando del ánimo… y las broncas también. Don Pablo, socio mayoritario y “cerebro” del dúo, ya tiene 71 años de edad; su hermano Israel, el ejecutivo, ya está en los 68, y los últimos de éstos fueron muy pesados.

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Hijos de León Brener, un inmigrante lituano de origen judío, estos hermanos siempre hicieron los negocios juntos, desde que -retomaron la vocación ganadera de la familia para hacerse introductores de ganado, luego dueños de rastros y al final propietarios de la empresa que les dio el levantón definitivo: la empacadora de cárnicos Fud. En realidad los Brener vivieron más tiempo de las salchichas y el jamón que de las altas finanzas. Sin embargo, el mundo tiende más a recordar su segunda vida, cuando vendieron Fud a Grupo Alfa en 1980, y se dedicaron a comprar y vender empresas.

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Por sus manos desfilaron en diferentes épocas Nacobre, Pliana (hoy Texel), Martin (aquella del terciopelo), Synkro, Vergel y otras más. Con todas ellas se hicieron una reputación de genios de los negocios: usualmente compraban barato, engordaban un poco el changarro y lo vendían con excelentes ganancias. Por ahí se quedaron con algunas cosillas, como los hoteles Camino Real, a los cuales hicieron crecer hasta convertirlos en el consorcio Real Turismo.

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Todo mundo pensó que la racha seguiría por siempre. Error. Ahora puede verse que todo se le complicó a este dúo cuando le compró el boleto a Carlos Salinas de Gortari. Es como si ese donativo que Pablo Brener hiciera a la campaña del expresidente lo hubiera dejado salado. La gran fiebre desincorporadora del salinismo embarcó a los Brener en la compra de ingenios y en la adquisición de Mexicana de Aviación. Apenas vendidas ambas cosas, el gobierno no tuvo empacho en cambiarles las reglas del juego: abrió las puertas a la importación de azúcar, forzando a los nuevos azucareros a fusionarse o morir.

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Las cosas fueron peores con las líneas aéreas. Aún hoy, Pablo Brener se queja amargamente de cómo el gobierno lo mandó a la guerra con su política de “cielos abiertos”, que despedazó hasta a la entonces eficiente Aeroméxico.

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Después de perder varios miles de millones de pesos, los Brener terminaron soltando Mexicana a su competidor, Gerardo de Prevoisin Legorreta, a cambio de una participación en Aeroméxico, para “dejársela a sus nietos”. Pero su pesadilla voladora no terminó ahí: ya en 1996, De Prevoisin se hizo prófugo de la justicia, ambas líneas estuvieron a punto de quebrar y la participación de los hermanos se redujo a un granito de arena.

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Y pensar que para esa aventura tuvieron que pelearse a muerte con sus socios en Real Turismo, Antonio y Moisés Cosío Ariño, quienes se opusieron a tal inversión.

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Dicen que el fracaso de Mexicana en 1993 marcó el momento de recoger su dinerito y retirarse. Vendieron (no tan mal) los ingenios, se deshicieron más o menos de unas pesqueras en donde también les habían visto la cara y terminaron ofreciendo la mitad que les quedó de Real Turismo al mejor postor. Esta operación, aparentemente un éxito, fue el último dolor de cabeza. Tal vez debieron de haber sospechado cuando Álvaro López Castro les ofreció por la cadena casi el doble que su más cercano competidor: $315 millones de dólares más otros $185 por absorción de deudas. O debieron desconfiar cuando el mismo les pidió en ese momento un préstamo de $50 millones de dólares. El problema fue que esa última cantidad nunca volvería íntegra a sus manos: López Castro fue implicado en el caso de Carlos Cabal Peniche y también tuvo que huir, y el gobierno les dio largas para asumir ese compromiso, cuando tomó el control de la empresa, aceptando por fin pagarles una fracción.

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Sí, los Brener todavía participan en negocitos aquí y allá, como el Banco Alianza y otros. Pero estos hombres que formaron a muchos ejecutivos destacados hoy prefieren volver a donde empezaron: engordando becerros para exportación. Por si las dudas, no compran las tierras donde lo hacen: no vaya a ser que el gobierno les cambie las reglas o algo. Si la mula no era arisca...

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