Partidos vs Organizaciones Sociales <br>

¿Partidos políticos u organizaciones sociales? He aquí el dilema para muchos interesados en ayuda

Mientras los movimientos sociales y las Organizaciones No Gubernamentales (ONGs) empezaron a proliferar en el país a raíz de los sismos de 1985 —hoy las segundas suman más de 8,000—, menos de 1% de la población participa activamente en política, a través de la militancia, según el Partido de la Revolución Democrática (PRD) y el Partido de Acción Nacional (PAN).

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Sin embargo, estos datos no significan necesariamente una sentencia que valida a unos e invalida a otros. En el México de hoy corre mucha más agua bajo el puente. Lo que es un hecho es que, contrariamente a lo que pasaba hace más de una década, ahora las organizaciones sociales comparten y a veces disputan el papel de los partidos en el escenario nacional. Esta confluencia, a veces difícil, no siempre ayuda a resolver en conjunto los problemas de la sociedad.

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Las ONGs, por ejemplo —en boca de sus representantes—, expresan que los conglomerados políticos no están a la altura de las demandas de la población; que mucha gente apolítica —aun la que pertenece a sus propios movimientos— es utilizada por los partidos con fines electorales, mientras otra buena parte se niega a trabajar con estos por temor a contagiarse de “su descrédito”.

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Los partidos, en general, les salen al paso aduciendo que los movimientos sociales no surgieron precisamente por una falla de las instituciones políticas; que el financiamiento de los mismos da motivo para la especulación y que sus organizaciones no son tan diáfanas como intentan parecer. Añaden que en estos últimos años los partidos han dado una lucha muy meritoria que los ha hecho madurar.

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Frente a todo esto, cabe preguntarse hasta qué punto a los movimientos sociales no les interesa el poder político. ¿Son realmente independientes de todos los conglomerados políticos y de otro tipo de instituciones? ¿Expresan de verdad las principales demandas de la población o están también inmersos en el sistema? Y, en el caso de los partidos, ¿aún padecen el descrédito? ¿Cuál es actualmente su legitimidad? ¿Son capaces, por sí solos, de responder a las demandas ciudadanas? En definitiva, ¿están ambos actores en condiciones de desempeñar el rol para el que fueron creados o éste se les confunde, al ocupar, ahora, un escenario similar?

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Partidos, sin capacidad ni infraestructura
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Jesús Ortega, diputado perredista, ofrece un botón que, tal vez en contra de su deseo, demuestra la aparente apatía de los mexicanos con respecto a los partidos: de un millón y medio de afiliados al PRD, informa, en sus últimas elecciones internas sólo votaron 400,000. Agrega que, en todo caso, esta cifra no es muy significativa “porque no todos tienen el mismo grado de participación y en algunos casos ésta es nula”.

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Por su parte, Marta Pérez, secretaria general de Alianza Cívica, y Rocío Culebro, de la Red de Derechos Humanos, argumentan que los partidos no se encuentran a la altura de las demandas de la población y requieren de asociaciones intermedias que se aboquen a la solución de problemas específicos e inmediatos.

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“Ellos no tienen la capacidad ni la infraestructura como para dar seguimiento y hacer propuestas concretas ante problemas que sólo afectan a una parte de la sociedad”, señalan. Y se preguntan si los partidos no debieran optar entre ser gestores o, bien, dedicarse a retomar los problemas e impulsar iniciativas de ley que los resuelvan en su médula.

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Culebro redunda y pone en el tapete el caso de la matanza de Aguas Blancas, en donde murieron varios perredistas. “Entonces el PRD no tuvo capacidad para documentar la situación porque al mismo tiempo tenía que atender la privatización de la petroquímica, la reforma política, el conflicto de Chiapas, en fin...”. Informa que entonces la Red —“que se dedica exclusivamente a la defensa de los derechos humanos”— entregó los elementos necesarios para que se pudiera demandar la aclaración del caso.

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En este sentido, Marcos Rascón, diputado por el PRD y dirigente de la Asamblea de Barrios —movimiento afiliado a ese partido—, y Adolfo Aguilar Zínser, también diputado y ex militante perredista, no dudan del papel de las organizaciones en cuanto a buscar solución a variados problemas de la sociedad, pero sí con respecto a los intereses que persiguen: por ejemplo, dicen, se desconocen sus métodos de financiamiento y la actitud que han mostrado algunos de sus líderes muchas veces es contradictoria.

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Mientras tanto, las más de 8,000 ONGs registradas en el país respaldan su peso sustancial, según sus responsables. Pérez señala que la atención a problemas concretos y la capacidad de conseguir resultados inmediatos son los factores que contribuyen a que mucha gente postule a estos organismos como una opción real.

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Las organizaciones no han creado más fuerza
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Sin embargo, los partidos no se dejan vapulear tan fácilmente. Representantes del PAN consideran que las organizaciones sociales no surgen a partir de fallas de éstos, sino que son formas como la sociedad se va vertebrando y en donde cada cual cumple una función específica. “El hecho de que existan partidos no implica que se anule la posibilidad de que la sociedad se agrupe y el que existan ONGs no es porque los partidos hayan perdido vigencia”.

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Jorge Ocejo Moreno, diputado del PAN y presidente de la Comisión de Comercio de la Cámara de Diputados, legitima de lleno a las instituciones políticas. La mejor forma de contar con una radiografía de los problemas de la sociedad, opina, es mediante la representación política de los diversos sectores. “Estos deben tener voz y voto, además de la opción de presionar para que se legisle en determinado sentido”.

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La controversia se amplía, incluso, al interior de esos propios conglomerados. Así, la diputada panista Patricia Garduño, secretaria de la Comisión del Distrito Federal de la Cámara de Diputados, advierte que la fidelidad de los miembros de los movimientos sociales hacia su agrupación se tambalea cuando algunos partidos condicionan la solución de problemas que las primeras están atendiendo a la afiliación forzosa. “En estos casos, las personas de estas organizaciones se ven obligadas a adquirir una militancia, y ya no sólo buscan resolver una demanda social determinada, sino que son utilizadas con fines electorales y sirven a otro tipo de intereses, ajenos a los originales”.

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Aguilar Zínser hace una relativa concesión a los partidos. Expresa que aun con la fuerte crisis de credibilidad que estos padecen a escala internacional, a partir de 1988 en México han dado una lucha muy meritoria que los ha hecho madurar. Añade que, sin embargo, están muy relegados de las circunstancias políticas y sociales del país, al encontrarse más preocupados por su consolidación y por asegurarse una posición en el actual régimen que por elaborar propuestas de solución a los problemas.

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Y va más allá. Hasta ahora, dice, la sociedad carece de mecanismos para organizarse y es patente la inexistencia de un proyecto integrador de los movimientos sociales, “que sólo han logrado alianzas y coaliciones y no una unión generadora de fortaleza”. Expresa que esto es parte de la obsolescencia en el ejercicio de la política, la cual se ha prolongado hacia las organizaciones.

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El PRD es el único partido que acepta que las ONGs y los otros movimientos surgen a raíz de la inoperancia e ineficacia de las instituciones políticas —situación que impera en todos los países— y se han convertido en un puente entre éstas y el resto de la población.

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Ortega redunda: “Estas nuevas formas participativas están cumpliendo una función muy importante en la transición hacia la democracia, aunque no se puede meter las manos al fuego por todas y cada una de ellas, ya que responden también a intereses específicos e individuales que en algunos casos son poco claros”.

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¿El poder a secas o detrás del trono?
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Sin embargo, y pese a que los representantes de alguno de los bandos en pugna quisieran ocultarlo, lo que se encuentra en el fondo de la polémica es la posición frente al poder.

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Mientras las ONGs proclaman que éste no les interesa, otros movimientos sociales aceptan que lo desean pero sólo en la medida en que ello pueda contribuir a solucionar los problemas del grupo que representan. ¿Y los partidos políticos? Evidentemente son los que tienen una posición más clara al respecto ya que desde su conformación han tenido como objetivo principal llegar al poder.

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“La ventaja de los partidos sobre los movimientos y las ONGs, aun cuando no se crea en ellos, es que todos saben que su objetivo es la búsqueda del poder político institucional por medio de las elecciones”, señala Garduño.

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Así, tanto los partidos como algunos movimientos confrontan a las ONGs ante lo que consideran una simple retórica de su parte. Señalan que si éstas aceptan que se crean para presionar al gobierno y a los partidos para que den solución a sus demandas, es evidente que tienen o necesitan adquirir poder. ¿Ese “poder de picaporte”, cuestionan, no es al fin y al cabo poder, con todas sus letras?

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Para Rascón, por ejemplo, la presunta independencia y el desprecio por el poder del que se ufanan estas organizaciones “no partidistas” no es tal. Y ejemplifica: “Las individualidades y los protagonismos han sido los ejes de casi todas, y han funcionado bajo una lógica partidista o de cuotas de poder que las absorbe y les dificulta la búsqueda de soluciones”.

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Añade que incluso se ha hablado de candidaturas independientes por parte de integrantes de ONGs. “Entonces, eso de que no aspiran al poder quedaría muy entre comillas”.

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El financiamiento, determinante
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Otro aspecto que envalentona a unos y otros contendientes es el financiamiento. Los representantes de diversos movimientos sociales, y específicamente de algunas ONGs, manifiestan que cuentan con más recursos para destinarlos a un objetivo específico y en este sentido aventajan a los partidos y al propio gobierno. Añaden que ser financiadas por instituciones o por empresas nacionales o internacionales y no depender de las decisiones financieras de determinada política sexenal, les permite hacer planes a mediano y largo plazo con cierto grado de certeza y además les otorga absoluta independencia frente al poder institucional. Pero, ¿esto significa una independencia total de cualquier organismo?, preguntan los representantes políticos.

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Según Rascón y Aguilar Zínser, ciertas ONGs están al servicio de las empresas multinacionales que las financian, “las que por supuesto tienen intereses muy concretos en nuestro país”. Y Rascón es todavía más incisivo: “No es muy descabellado pensar que algunas de estas organizaciones —en tanto no están reguladas, el origen de su financiamiento no es público y en ocasiones ni siquiera se conoce a sus líderes— pueden servir como trasmisoras de información específica hacia otros gobiernos”. Añade que para evitar estas especulaciones, los objetivos y la forma de operar de todas las ONGs debieran ser claros y transparentes para la sociedad.

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Garduño coincide en la necesidad de fiscalizarlas y tampoco se queda atrás en las especulaciones: “Algunos de estos organismos podrían estar lavando dinero del narcotráfico o subsidiando a movimientos armados en el país”, dice. Señala que esto no pasa con los partidos, que son transparentes en cuanto a su tendencia ideológica, sus métodos de acción, sus dirigentes y, en alguna medida, con respecto a su financiamiento.

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Para Aguilar Zínser, si todas las organizaciones y líderes hicieran públicos sus bienes patrimoniales y sus canales de financiamiento, “la sociedad podría decidir claramente con quien participa y a qué objetivos responde” y, además, “al conocer a los patrocinadores de los proyectos, se podría tener un parámetro para saber si se está actuando sin dobles intenciones”.

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Un líder que unifique
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Pese a estas reservas, los entrevistados concuerdan en que el país requiere de la coexistencia de toda esta gama de asociaciones —“políticas” y “apolíticas”— para frenar y hacer contrapeso a “las arbitrariedades del gobierno, porque cada cual, en la medida de sus posibilidades y objetivos, al final de cuentas coadyuva al tránsito hacia la democracia”.

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Pero, he aquí una nueva polémica: cada uno de los actores concibe la democracia de manera diferente, lo que también los ha enfrentado, desgastado y debilitado frente al poder institucional. “En una sociedad llena de perspicacias, odios particulares y desconfianza entre sus semejantes, lo primero que deben hacer quienes luchan por la democracia es generar certezas”, puntualiza Aguilar Zínser. Añade que las ONGs y los movimientos sociales, aunque están llenando los vacíos de poder que existen actualmente, deben estar conscientes de sus contradicciones y de sus coincidencias para poder convivir.

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Considera, por otro lado, que es normal que cada cual tenga sus propios métodos y que la realidad es que todos quieren llegar al momento de la transición con cierto poder, “porque esto va a ser lo único que les garantizará ser tomados en cuenta cuando se forme un nuevo Estado”.

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Hay otras gotas que amenazan con derramar el vaso de la controversia. Como argumenta Rascón, todos los bandos “están encabezados por seres humanos con intereses y valores particulares y susceptibles al cambio”; asimismo, si el líder —que es lo que define a las ONGs y a los movimientos— “traiciona” (por ejemplo, si ingresa a un partido y -desperfila sus objetivos), el esfuerzo colectivo puede caer fácilmente en el desprestigio y el esfuerzo de muchas personas durante años puede terminar en la basura.

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En todo caso, y al margen de la falta de consensos, al parecer las sociedades han madurado y están entendiendo la importancia de unirse para defender sus intereses.

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La mayoría de los entrevistados opina que mientras antes cada sector pensaba que su situación era única e irremediable, ahora están conscientes de que pueden alzar la voz y exigir soluciones.

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Y respecto a los partidos, Ocejo, Ortega, Garduño y hasta Aguilar Zínser expresan que en los países donde estos fueron rebasados y desacreditados, ahora van de regreso, con un mayor fortalecimiento y con una dirección más nítida sobre qué hacer de cara a la sociedad.

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Sin embargo, por lo menos en el caso de México, falta una definición clara de la alternativa que cada uno de los partidos, movimientos sociales y ONGs ofrece a la población. “El que cada cual entienda su papel —señala Aguilar Zínser— sin duda resolvería los múltiples conflictos que han impedido hasta ahora formar un frente común ante el poder del partido institucional y del gobierno”.

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Tanto él como Culebro creen que para que se dejen de lado las pugnas entre los que luchan organizadamente por la democracia, es imprescindible que surjan liderazgos fuertes, con poder de convocatoria, para que unifiquen a las distintas fuerzas. Pero, muy a su pesar, reconocen que hasta la fecha no han aparecido en el país los hombres o las mujeres capaces de lograr tal hazaña.

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