Pensión de Navidad

Por fin alguien tuvo a bien darle un pequeño reconocimiento: una pensión
Ricardo Medina Macías

De acuerdo a estas fechas navideñas, a estas fiestas amnésicas (casi nadie se acuerda del festejado), el “Gordo” Basurto nos contó, en la tertulia semanal, un cuento de Navidad. No es Dickens (todavía), pero el “Gordo” hace sus pinitos como narrador. Y va de cuento. En un lejano país, empobrecido pero no pobre, había un sacrificado servidor de su pueblo, dedicado desde su tierna juventud a los menesteres de los dineros. Preclaro financiero, José Ángel – nuestro personaje– se había distinguido por su habilidad en pedir prestado dinero a los reinos poderosos para destinarlo al alivio de las ingentes necesidades de su pueblo. El hado o el azar hizo que tales dineros, obtenidos en los ricos bancos del extranjero mediante esfuerzos sobrehumanos por parte de José Ángel –quien desplegaba sus dotes de lingüista y sus encantos de joven mundano–, no fuesen suficientes para sacar de la postración a los más empobrecidos de los paisanos.

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Los maliciosos, que nunca faltan, hablaban de que el gobierno, al que fielmente servía José Ángel, había derrochado esos dineros prestados en fastos y fiestas, en celebraciones frívolas, en negocios turbios que beneficiaban a los cortesanos y a las cortesanas mas no al pueblo. Calumnias, maledicencias nunca comprobadas. Lo cierto es que cuando se le preguntaba a José Ángel si pedir tantos dineros prestados (dando como aval la inmensa riqueza petrolera de su país), no era riesgoso, nuestro héroe respondía sonriente: “¡Por favor!, ¿quién teme a la deuda externa?” (registro de esas tranquilizadoras palabras quedó en Expansión).

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Sucedió, sin embargo, una gran tragedia en el país de José Ángel. Allá por el año 82, se desató una gran crisis y la abundancia de la que hablaba el emperador en turno (cuyo escudo de armas ostentaba un perro sobre una colina sostenida por dos torres petroleras) se esfumó. Las publicaciones de la época compararon el hecho al temible momento en que llega la factura por pagar tras una fiesta en la que se sirvieron los más caros vinos, se ofrecieron los más exquisitos y caros platillos, se contrató a hermosas danzarinas y se escuchó música deliciosa interpretada por las orquestas más afamadas del orbe. Llegada la cuenta, no hubo con qué pagar.

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Penosos esfuerzos de por medio, sacrificios duros pero necesarios, decía el nuevo emperador Miguelito (cuyo escudo de armas mostraba toda la gama de grises conocida), el país se rehizo. José Ángel siguió trabajando en lo que sabía hacer: pedir dineros prestados. Años más tarde volvió a quedar registro de sus tranquilizadoras palabras: “¿quién teme a la deuda externa?”. La novedad, como decía la modista de María Antonieta, es que la gente ha tenido tiempo para olvidar…

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Unos 12 años más tarde, cuando la gente efectivamente parecía haber olvidado, José Ángel fatigaba su talento en un gran banco del gobierno (Nafin) y por fin alguien tuvo a bien darle un pequeño reconocimiento por tantos años de esfuerzo generoso dedicados al pueblo. José Ángel recibió anticipadamente una pequeña pensión, apenas lo necesario para desentenderse de esas urgencias cotidianas de la comida, el vestido y el sustento, y poder dedicarse en cuerpo y alma a su pasión: servir al pueblo. Maliciosos, que nunca faltan, y envidiosos, descubrieron años después el asunto de la pensión de José Ángel (que el supremo gobierno, con prudencia y sabiduría, habría preferido mantener en secreto) y pretendieron desprestigiar la límpida carrera de José Angel.

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Por fortuna, se llevaron un palmo de narices. La pensión era legal, como lo avalaron decretos y reglamentos secretos. La verdad triunfa, como en toda buena historia edificante (y ésta lo es), y la pensión de José Ángel quedó como ejemplo para la posteridad de lo generoso que puede ser el país con sus mejores hijos, con aquellos que no escatiman esfuerzos, ni tiempo, para servir. Para eso es el poder –dicen que dijo en privado un aspirante a emperador–, para servir a nuestra gente, puntualizó.

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Y José Ángel, no obstante la pensión vitalicia que le hubiese permitido retirarse a la vida privada (a cultivar aguacates o criar becerros), siguió trabajando al servicio de su pueblo. En vísperas de Navidad se presentó ante el consejo del pueblo y les anunció una gran nueva: “el gasto social seguirá creciendo y será prioritario”.

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El pueblo se lanzó jubiloso a las calles, celebrando la fortuna de contar con tan hábiles y esforzados funcionarios. Y vivieron muy felices, comiendo perdices.

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