Petroquímica. La moneda sigue en el air

Para algunos se trata de una venta de garage, de plantas urgidas de la inyección de capital privado
Elia Parra Domínguez

Hoy día, cuando se opina acerca de la priva­tización de la industria petroquímica, existen desde los que afirman que el sector es “un rehén de la inversión extranjera” y la decisión es producto de compromisos “secretos” entre los gobiernos mexicano y estadounidense, hasta aquellos que perciben el proceso como la mejor forma de capitalizar y desarrollar a la industria para hacerla realmente competitiva.

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Sin embargo, entre ambas posiciones se percibe otra vasta gama de interpretaciones, así como factores políticos, económicos, sociales, jurídicos y de intereses particulares que vale la pena considerar cuando se abordan los avatares de este sector que ha concitado un elocuente interés por parte de la opinión pública.

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Según el economista Leopoldo Eggers, analista del semanario -Tendencias Económicas y Financieras y especialista en este sector, la petroquímica nacional en su conjunto pasó de una producción total de dos millones de toneladas en 1976, a más de 20 millones en 1995, lo que significa un incremento anual de 8.3% en dicho periodo. En términos de valor, la producción de petro­químicos representa 18% del valor de la industria manufacturera y alrededor de 4% del PIB nacional. Pemex Petroquímica contribuye con 30% de la producción total y continúa como único proveedor de petroquímicos básicos y el principal oferente de secundarios.

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Por su parte, Adrián Lajous, titular de Pemex, en el marco del 58 aniversario de la expropiación petrolera, manifestó que dicho sector pasó de una pérdida de $340 millones de pesos en 1994, a utilidades por $2,082 millones de pesos en 1995. “Esto, derivado de la recuperación del sector y del adecuado manejo de la política de precios de referencia.”

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Gilberto Ortiz, ingeniero químico, ex presidente de la Comisión de Petroquímica de Canacintra y empresario mediano de la industria, sostiene que sólo la petro­química básica representa aproximadamente 3% del PIB industrial. Raúl Millares, presidente de la Asociación Nacional de la Industria Química (ANIQ) y director de Polioles (empresa de Alfa y BASF), añade que la producción petroquímica, en términos de valor, representa de 15 a 20% de la producción química. Otros analistas estiman que los activos de los complejos en manos de Pemex valen $12,000 millones de dólares y que requieren de $2,000 millones de dólares sólo para mantenimiento.

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En el anuario estadístico 1994 sobre petroquímica, de la Secretaría de Energía, se señala que entre 1990 y 1994 la industria química mostró un claro dinamismo, consignando una tasa media de crecimiento de 3.4%, superior a la del PIB (2.6%) y a la de la industria manufacturera (2.3%).

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En 1994 su contribución al PIB nacional fue de 1.2% y de 5.5% al de la industria manufacturera.

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En cuanto a generación de empleo, el documento refiere que en 1994 el personal ocupado en el sector ascendía a más de 78,000 personas, 62.4% generados en la industria privada.

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Respecto de la gravitación de la para­estatal en el concierto de las empresas internacionales, vale un indicador: el lugar que ocupa con respecto a su capacidad instalada para producir etileno y paraxileno, dos de los más importantes petroquímicos producidos en el país. En el primero, Pemex Petroquímica está en el lugar número 11, con una capacidad de 1.4 millones de toneladas, mientras la estadounidense Dow, que ocupa el primer lugar, cuenta con una capacidad de 4.5 millones. En la producción de paraxileno, la paraestatal ocupa el lugar número 15, con 280,000 toneladas, frente a 1.3 millones de Amoco, que encabeza la lista.

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No todo son cifras
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Una docena de empresas, encabezadas por Pemex Petroquímica, Alpek (Alfa), Celanese, Cydsa, Idesa e IRSA (Desc), controlan más de 90% de la producción nacional. Coexisten con más de 300 pequeñas empresas que compiten en nichos específicos de mercado, por productos o por regiones geográficas.

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Pero, más allá de las cifras, la industria petroquímica “se ubica en el centro del mapa industrial de cualquier economía”, según el Instituto Mexicano de Ingenieros Químicos (IMIQ). En un documento reciente, el IMIQ sostiene que sus productos constituyen los primeros pasos en las cadenas de la transformación y tienen un extraordinario poder multiplicador: se enlazan con 43 de las 72 ramas que conforman el aparato productivo nacional. “Por lo tanto, su carácter estratégico se manifiesta en que la disponibilidad, calidad y precio de sus productos repercuten en la eficiencia de todo el sector productivo del país.”

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El anuario de la Secretaría de Energía subraya que el sector está presente en la vida cotidiana de la gente, además de que tiene enorme importancia en el desarrollo tecnológico y en el uso de recursos no renovables. “Entre 1960 y 1980, la petro­química fue la rama más dinámica de la industria nacional, junto con la automotriz —declara Gilberto Ortiz—. En los plásticos, por ejemplo, que dependen del polietileno y del cloruro de vinilo, en 1980-81 hubo más de 5,000 fabricantes, de todos tamaños, que aportaron una base para el desarrollo industrial, localizándose en casi todos los puntos importantes del país”.

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A Franciso Curi, presidente de la Comisión de Energéticos de la Cámara de Diputados, es muy difícil que lo convenzan de que se trata de un sector no estratégico para la economía nacional. “Como país, tenemos muchas ventajas comparativas: contamos con un conglomerado de plantas de extracción y refinación de petróleo superior a cualquiera de las de América Latina, y a escasos kilómetros de ellas están los complejos petroquímicos. ¿Cómo puede afirmarse, entonces, que la petroquímica no es estratégica?”

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Eggers no se queda atrás: “La petroquí­mica es una de las ramas más versátiles de la industria manufacturera. La riqueza en la composición química de los hidrocarburos líquidos o gaseosos, que constituyen su fuente de insumos, permite a esta industria elaborar una enorme cantidad de derivados, precursores de una gama mucho mayor aún de productos intermedios y finales”. Los intermedios se agrupan básicamente en cuatro ramas: resinas, fibras, hules y agroquímicos, que alimentan a su vez a más de 40 cadenas productivas terminales.

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¿País no petrolero?
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Según fuentes gubernamentales, la petroquímica en México ha pasado por tres fases: despegue (1960-1975), crecimiento acelerado (1976-1985) y consolidación (1986-1992).

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Eggers contraataca: “El sector recibe su impulso inicial en la segunda mitad de los 70 y principios de los 80, cuando la administración lópezportillista decide aprovechar el mayor -boom del precio del petróleo en la época contemporánea e intenta convertir a México en una potencia petrolera y petroquímica integral”. Fue cuando se realizaron las mayores inversiones y se establecieron los principales complejos petroquímicos de Pemex, con excepción del de Morelos, inaugurado en 1988.

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En esos años la petroquímica privada no se desarrolló en gran escala por las restricciones legales que reservaban al Estado la potestad de invertir y producir petro­quí­micos básicos y secundarios. Así, se concentró en elaborar productos intermedios y finales, ubicándose como uno de los principales mercados de consumo del país.

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Ortiz apunta que José López Portillo decidió que parte del ingreso por el petróleo se canalizara como subsidios para lograr un rápido desarrollo de la petro­química nacional. Es entonces cuando se fijan políticas de precios diferenciales para fomentar el desarrollo de nuevas plantas en zonas prioritarias.

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Los planes expansionistas se frustraron con la crisis de 1982. “La industria pública suspendió casi todos sus proyectos de crecimiento por la desproporcionada carga fiscal impuesta a Pemex, y las restricciones presupuéstales en su gasto de inversión”, señala Eggers. Desde entonces, los impuestos representan entre 60 y 70% de sus ventas netas y entre 25 y 30% de los ingresos públicos totales. Lajous expresa que en 1995 los impuestos y derechos pagados por la industria petrolera representaron 35% de la recaudación total.

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En todo caso, desde el comienzo de la crisis, Pemex prácticamente dejó de invertir en petroquímica para dedicarse a sus labores de exploración, extracción y refinación de petróleo crudo.

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El cese de la inversión afectó también a la petroquímica privada, ya que sus planes de expansión estaban sujetos a la oferta de insumos básicos y secundarios que sólo podían ser elaborados por Pemex. Además, las ventas al exterior se encontraban sujetas a permisos de importación, elevados aranceles y se encarecían adicionalmente por la subvaluación cambiaria y por los costos del transporte.

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Para el diputado Curi el problema va más allá. Según él, desde la administración de Miguel de la Madrid los gobiernos han luchado contra la propia naturaleza del país. “Quieren considerarlo no petrolero para que el desarrollo no se centralice en este sector, aunque sus reservas estén dentro de las 10 más importantes del mundo; y además, ha sido una táctica para no alinearse con el resto de las naciones petroleras y aportar al mercado de hidrocarburos sin que le fijen cuotas, lo que le hace congraciarse con Estados Unidos, a quien no le interesa que la OPEP sea el único oferente de petróleo”. A todo esto, dice, se agrega que desde De la Madrid se decidió priorizar otras áreas y reformular la política de gasto público —menos Estado y más participación privada—, lo que se tradujo también en una falta de inversión durante 13 años en este sector.

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En todo caso, la petroquímica privada logró crecer a tasas superiores al promedio de la industria nacional, siempre dentro de esquemas proteccionistas en los niveles intermedios y finales. Pero el costo de su expansión se reflejó en fuertes desequilibrios comerciales con el exterior, que en los últimos 15 años han mantenido un promedio de $460 millones de dólares. La petroquímica de Pemex se expandió por la utilización plena de su capacidad instalada, “que en muchos de los complejos rebasó los máximos de capacidad instalada teórica”, según Eggers y Millares.

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Observándose que no habría los insumos necesarios para un mayor desarrollo de Pemex Petroquímica, se da una serie de reclasificaciones entre lo que son los productos básicos y secundarios, con el objeto de limitar el ámbito de Pemex e incentivar la partipación privada.

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Así, se llevaron a cabo cuatro reclasificaciones: en 1986 de 50 productos básicos quedan 34 y 55 secundarios; en 1989, de 34 básicos quedan 20 y 66 secundarios; en 1991 de 20 básicos quedan 19 y 67 secundarios; y en 1992, la última recla­sificación, de 19 básicos quedan ocho y 12 más pasan a ser secundarios.

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Un sector sui generis
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La industria petroquímica es intensiva en capital y en conocimiento técnico; produce materiales precursores e intermedios, por lo que la competitividad de las empresas está en función de los costos y en mucho menor medida en la diferenciación de sus productos. Los costos de producción dependen sobre todo de la escala productiva, los precios de la energía, los costos del capital, del transporte y salariales. Por ello, generalmente la estructura sectorial se presenta concentrada en un pequeño núcleo de grandes empresas que participan en una dinámica de competencia oligopólica.

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En México, señala Eggers, su grado de integración vertical y horizontal es más bajo que en otros países, “lo que da como resultado un mercado segmentado con una competencia de baja intensidad que se nutre parcialmente de los insumos surtidos por Pemex a precios internacionales y de las importaciones de petroquímicos secundarios, intermedios y especializados”.

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Para Millares, la falta de “integración de las cadenas le quita competitividad, porque se pagan costos adicionales al no contar con la sinergia de aprovechar servicios comunes”. Un ejemplo: mientras en todo el mundo los productores de óxido de etileno están integrados a la producción del derivado principal (etilenglicol), aquí Pemex Petroquímica produce el óxido y otras empresas privadas el derivado, por lo que no pueden competir con petroquímicas de Europa, Estados Unidos o Arabia.

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Actualmente hay 61 complejos y plantas de petroquímica secundaria, propiedad de Pemex, 10 de los cuales se van a ofrecer ya a capitales privados: Cangrejera, Camargo, Salamanca, -Cosoleacaque (en licitación), Morelos, Tula, Pajaritos, Reynosa, Escolín y San Martín. Los que cuentan con mayor diversidad de productos son Cangrejera y Morelos, lo que no necesariamente significa que sean los mayores productores.

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Otra característica del sector es que se trata de una industria cíclica: hay periodos relativamente largos donde la oferta es muy grande, lo que deprime los precios, y periodos de ajuste natural de la oferta o de repunte de la demanda, generando un ciclo de precios altos y buenas utilidades.

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En todo caso, no todos se ponen de acuerdo en cuál ciclo se está hoy. Mientras Millares opina que éste es el mejor momento —“ por eso las plantas se van a vender muy bien”— y Curi cree que la fase expansiva se inició en 1995 y que el próximo año será bueno, Ortiz advierte: que “según los expertos, estamos entrando en un ciclo recesivo en cuanto a rentabilidad: este año empieza una baja en los precios de los -petroquímicos”. Benito Bucay, por muchos años director de Industrias Resistol y actual presidente de la Fundación Mexicana para la Calidad Total, remata: “Será hasta el año 2000 cuando el negocio ingrese a su mejor ciclo de ventas y desarrollo, por lo tanto, o el gobierno vende hoy por abajo del valor en libros o aplaza la privatización”.

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El suspenso de la venta
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Con excepción de Cosoleacaque, la privatización de Pemex Petroquímica se ha suspendido por tiempo indefinido, al “descubrirse” recientemente que el proceso no se ajustaría a la situación en que se encontraba el sector paraestatal al momento de concluir las negociaciones del Tratado de Libre Comercio (TLC).

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Sin embargo, según numerosos analistas, la contingencia, a la larga o a la corta, no hará desistir al gobierno de su propósito final: ofrecer 10 complejos y plantas al capital privado, nacional o foráneo.

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Sus objetivos se enlazan con los del Plan Nacional de Desarrollo 1995-2000: fomentar el desarrollo de una industria petroquímica globalmente competitiva y de escala mundial; promover inversiones y nueva tecnología para superar rezagos, asegurar el crecimiento sostenido del sector y aprovechar las ventajas estructurales de México en la petroquímica. En relación con Pemex, el gobierno sostiene que la desincorporación permitirá asignar de manera más eficiente los recursos de la paraestatal y dedicarse a sus funciones prioritarias y estratégicas: la detección, extracción y refinación de petróleo crudo.

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De acuerdo con los lineamientos gubernamentales para llevar a cabo el proceso, la desincorporación se limitará a aquellas unidades susceptibles de ser utilizadas con fines productivos; se efectuará mediante licita­ciones públicas, “para asegurar la transparencia del proceso y maximizar los resultados económicos de cada operación”; en el caso de los cuatro complejos, Pemex conservará —hasta por cinco años— entre 20 y 24% del capital social de la empresa privatizada; los participantes deberán comprometerse a cumplir los contratos de abastecimiento de materias primas, los contratos comerciales con clientes, las obligaciones laborales de con­for­midad con la Ley Federal del Trabajo, y los dictámenes de la normatividad ambiental vigente; por último, Pemex gestionará ante las autoridades competentes que los recursos de la enajenación de los activos le sean adicionados a su presupuesto, para invertirlos en las áreas estratégicas de la industria petrolera.

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El imperio de la subjetividad
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Para algunos especialistas resulta curioso que el debate actual se ciña a la “presunta” ilegalidad del proceso desincorporador o a la también “presunta” pérdida de soberanía si la privatización se lleva a cabo. En todo caso, conviene revisar ambas consideraciones.

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Sectores de la oposición política —y también ciertos priístas— y medianos o pequeños industriales afirman que la desincorporación viola los artículos 25, 27 y 28 de la Constitución, donde se establece que los hidrocarburos y la -petroquímica básica son estratégicos y deben estar exclusivamente en manos del Estado, así como el Reglamento en Materia de Petroquími­ca, que autoriza a las empresas privadas con al menos 60% de capital nacional a participar en la petroquímica secundaria.

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Curi opina que el gobierno no puede manejar al sector con “procedimientos legales muy desaseados” porque hay posiciones serias, de juristas de primer nivel, “que consideran que hay inconstitucionalidad en las formas de la desincorporación”.

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En todo caso, más allá de lo que exprese el gobierno, para el diputado la -privatización de la petroquímica es una de las condiciones estadounidenses para la inversión extranjera en este país, por lo que el sector es un “rehén del resto de las inversiones; también fue una de las condiciones para firmar el TLC, reiterada para que pudiera salir el macro préstamo de diciembre de 1994. La desincorporación es la factura que está debajo de la mesa de las negociaciones entre ambos gobiernos”.

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¿Son oro o son chatarra?
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Tampoco coinciden las opiniones en cuanto al actual estado de las petroquímicas por desincor­porar.

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Ortiz dice que, desde el punto de vista de Pemex, la petroquímica secundaria representa más o menos 1% de sus utilidades, 6% de sus ventas, 8% de sus activos, 15% de su personal y 25% de sus problemas, por lo que la lógica empresarial indica transferir la responsabilidad de esta rama al sector privado.

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Las plantas de Cangrejera y Morelos arrancaron en 1984-85 porque la crisis retrasó las obras. Sin embargo, hoy tienen certificación ISO-9002 y ambas abastecen el mercado nacional en condiciones competitivas de calidad, precios y tiempos de entrega, señala. Cosoleacaque es, según él, moderna, está en buenas condiciones y es una de las más grandes del mundo, mientras que Pajaritos, la más antigua, cuenta con un solo complejo donde hay diversas plantas sin interconexión, lo que en el pasado causó muchos problemas ecoló­gicos, “pero aún produce bien”.

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Otras opiniones destacan que, por la falta de inversión, la infraestructura de las plantas paraestatales está caduca y corre el riesgo de desgastarse totalmente por producir por arriba de su capacidad, sobre todo en estos últimos años. “Es una vaca a la que se le ha extraído demasiada leche y no se le ha dado suficiente alfalfa”, apunta Curi, refiriéndose a que necesita una gran inyección de capital —“que Pemex sí podría realizar”— para sobrevivir con éxito y enfrentar un mercado cada vez más demandante de petroquímicos.

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Lo cierto es que no son pocos los interesados en participar en la contienda.

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Riesgos, beneficios y propuestas
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Según Eggers, los riesgos son claros: inseguridad en el abasto de insumos y en las políticas de precios para los pequeños y medianos productores; la llegada de los grandes jugadores multinacionales, que alterará los equilibrios sectoriales, la estructura competitiva y la rentabilidad de las petroquímicas mexicanas; el impacto negativo sobre los niveles de empleo, ya que se espera una reducción considerable de personal en los complejos privatizados y, lo más delicado para él, la segmentación productiva y la dispersión en la toma de decisiones lo que, más que optimizar los procesos, “daría lugar a una regresión operativa, con nuevas curvas de aprendizaje y experiencia en el manejo de otra lógica del proceso”.

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Para Ortiz, los riesgos se concentran en la marginación de muchas empresas mexicanas en las licitaciones y en que los compradores no invirtieran más en las plantas, sino que fueran trasladando su producción a otras naciones con más capacidad y tecnología avanzada.

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En cuanto a las ventajas, además de las señaladas por el gobierno, Millares indica que la decisión permitirá la integración natural de las cadenas productivas. Si el país se resiste a la privatización, asevera, “podemos perder la oportunidad de generar una industria competitiva, motor muy importante para la economía mexicana”.

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Pero no todo es blanco o negro en este asunto. Para la mayoría de los entrevistados, la privatización ya es cosa dada, no sólo por la determinación gubernamental sino porque, en general, se considera que el sector no puede seguir tal como está y “Pemex-gobierno” no hará nada para rescatarlo. Así, coinciden todos, más vale ponerse a pensar en soluciones que sentarse a llorar sobre la leche derramada.

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Y entre éstas se encuentran, por ejemplo, la de Canacintra para -bursatilizar Pemex Petroquímica. Curi apoya esta opción sin descontar posibles coinversiones con compañías extranjeras que puedan participar en una parte del desarrollo.

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Finalmente —Millares— en total acuerdo con una desincorporación sin cortapisas— se limita a exigir que ésta se realice “con -mucho cuidado y vigilada por los sectores protagónicos, para evitar riesgos”.

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Por lo pronto, la moneda está en el aire y resulta difícil saber, a un plazo mayor, quiénes serán los vencedores y quiénes los vencidos.

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