Plato de primera mesa

¿Quién no ha comido en loza de El Ánfora? Esta firma tiene 83 años de historia y padres alemanes

Laila, Erika y Carola… Algunas de las vajillas de El Ánfora tienen nombres de mujer. Se decía que eran manos femeninas las que escogían estos utensilios, pero la clasificación también responde a que algunos de estos vocablos son de origen alemán, como los dueños de la fábrica de loza.

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La casa de cerámica nació en 1920, con un molino y un horno de leña. En plena reconstrucción nacional, inició operaciones una empresa que en muchos sentidos representa la fusión de dos culturas: la germana y la mexicana.

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“En esa época, la fábrica líder en el mercado era El Niño Perdido, que superaba tres veces la capacidad de El Ánfora. Pero la tecnología alemana y la habilidad de los trabajadores nacionales le ganó prestigio rápidamente”, cuenta Ramiro León, gerente de línea, quien llegó a la firma en 1957.

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Durante 20 años, gracias a la calidad de sus productos, entre los que se encontraban los primeros sanitarios en el país, creció tanto su fama que cuando se trazó una calle frente a sus primeras instalaciones, las autoridades la bautizaron como El Ánfora, ya que su ubicación era de dominio popular.

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En 1942 México rompió relaciones diplomáticas con Italia, Alemania y Japón, las potencias del Eje. Dado que la mayoría del capital accionario era de origen alemán, la compañía fue intervenida. Durante cuatro años, “estuvo en manos del gobierno y a varios de los dueños los metieron a la cárcel en Perote, Veracruz”, refiere León.

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En 1945, para recuperarse, nuevos accionistas se hicieron cargo de la organización; algunos eran germanos, por lo que la tradición continuó. Boker, Smith, Kritzler son los apellidos de las familias que participaron en su renovación.

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Sólo un lustro más tarde, en 1950, el Ánfora entró en el mercado de la vitroporcelana y empezó a satisfacer la demanda de los hoteles y restaurantes. La calidad de sus productos le devolvió un lugar en la mesa nacional.

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Pero el tiempo no pasó en vano: la competencia había ganado terreno y, aunque parecía haber espacio para todos, al abrirse las importaciones en los 80, muchas empresas del sector empezaron a cerrar.

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Para poder competir, El Ánfora se modernizó, incluso en los decorados. La nueva estrategia trajo diseños más modernos y mercados internacionales. “En Alemania le vendemos a la cadena de restaurantes Enchilada, donde la gente se roba el plato: es una reposición constante”, cuenta  con orgullo el representante de la compañía, hoy comandada por los nietos de Juan Kritzler.

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Parte de la apuesta de El Ánfora está en la comercialización. Siempre manejó las ventas a través distribuidores, pero desde hace un año abrió cinco tiendas directas, tanto en el Distrito Federal como en Pachuca y San Luis Potosí.

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