Pláticas sin corbata

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Fran Ruiz

Aquello de “ si la montaña no viene a Mahoma, Mahoma va a la montaña” fue lo que debió pensar Andrés Pastrana cuando ganó las elecciones de junio de 1998. Sin esperar a ser ungido Presidente de Colombia, se quitó el saco y la corbata, se puso sus botas de montaña y se internó en la selva para verse cara a cara con su enemigo Manuel Marulanda, alias “Tirofijo”, el legendario jefe de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), que con sus 15,000 combatientes es la guerrilla mejor organizada de Latinoamérica.

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Antes de verse, el 9 de julio de ese año, el joven Presidente de 44 años y el septuagenario guerrillero ya sabían dos cosas que no supieron o no quisieron entender los últimos mandatarios colombianos y el propio “Tirofijo”: ni el Ejército ni la guerrilla tienen posibilidades de ganar una guerra que ha dejado en casi cuatro décadas 120,000 muertos.

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Casi 10 meses después, el pasado 2 de mayo, sostuvieron otro encuentro en secreto, esta vez para dar el empujón definitivo a la ronda de diálogos en la selva entre la delegación del gobierno y la delegación guerrillera. El proceso de paz ya tenía fecha: el 7 de mayo.

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Negociar implica ceder y ha sido Pastrana quien ha hecho sacrificios. Despejó una zona selvática de 42,000 kilómetros cuadrados, que quedará controlada por las FARC hasta que acaben las negociaciones, pero también tuvo que  “jubilar” anticipadamente a dos generales acusados por la guerrilla de pertenecer a escuadrones de la muerte.

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Para la población es más dura la decisión de las FARC de no proclamar un alto el fuego mientras duren las conversaciones. Tienen motivos para estar preocupada: la violencia callejera y la protagonizada por la guerrilla, los paramilitares, el ejército y el narcotráfico arroja cifras escandalosas: en 1998 fueron asesinados 23,000 colombianos, de los que 685 murieron en 115 matanzas; hubo 2,609 secuestros, casi todos mediante la llamada “pesca milagrosa”, como se conoce a los falsos retenes de la guerrilla para tomar rehenes y luego pedir rescates para la “causa revolucionaria”. Sólo en el primer trimestre del año se han cometido 71 asesinatos y hay cerca de dos millones de desplazados por la violencia.

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Las FARC amenazan incluso con no volver a hablar con Pastrana y recrudecer sus ataques si fracasan las pláticas que acaban de comenzar y que incluye puntos muy “revolucionarios”, como las reformas del campo, de la justicia o de la ley electoral, la redistribución del ingreso, erradicación del cultivo de coca o el combate a los grupos armados de extrema derecha. En cambio, si hay acuerdo, accederán al mayor de sus “sacrificios”, entregar las armas, poniendo fin a su propia existencia como guerrilla.

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Cinco guerrilleros y cinco representantes del Estado, incluido un alto mando militar retirado, serán los encargados de moldear a partir de ahora esta agenda, el embrión de un nuevo país inmune a sus tres plagas –la violencia, el narcotráfico y la injusticia social– y que finalmente deberá ser ratificado en referéndum. Por todo esto habrá valido la pena dejar el Palacio presidencial por una vez y bajar la selva.

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El autor es editor de la sección internacional del periódico Crónica

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