Pobre señor presidente

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Emilio Zebadúa

Debe haber resultado traumático heredar la candidatura presidencial como consecuencia del asesinato de su antecesor, Luis Donaldo Colosio, así como conservar hasta bien entrado el sexenio la convicción de que el máximo puesto político en el país no le correspondía realmente.

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Pero nada de esto se compararía, para Ernesto Zedillo, con lo que vendría después. Pues, si bien las condiciones para acceder a la presidencia de la República no fueron las mejores al término del sexenio de Carlos Salinas, tampoco eran especialmente difíciles. Fue la devaluación del peso, en diciembre, lo que transformó los problemas políticos que había en una crisis con ramificaciones interminables.

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En los días siguientes, el gobierno se paralizó, al grado de que en la presidencia se redactó una carta de renuncia del jefe del Ejecutivo, que sólo el rescate financiero internacional volvió innecesaria presentar a la nación. Pero aún así, ni el dinero del Tesoro estadounidense o el Fondo Monetario Internacional han podido evitar la descomposición política que produjo la sucesión presidencial.

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Así que, a pesar de contar con un apoyo realmente amplio de parte del gobierno de Estados Unidos y del capital extranjero (sin que éste se materialice en confianza en su régimen), el presidente Zedillo tiene frente a sí una tarea que, como se ha evidenciado, rebasa la concepción que tenía (y aún parece tener) sobre los retos y dificultades de la política mexicana.

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A cualquier miembro de la clase política mexicana le debería resultar obvio, natural incluso, el que existan algunos "malosos" rondando por ahí, pero Zedillo parece ir descubriéndolo poco a poco; quizás porque finalmente se lo han ido indicando los que están más enterados en su círculo cercano o porque, simplemente, se ha ido topando con ellos al intentar cumplir con sus labores cotidianas.

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En cualquier caso, ello explicaría por qué las acciones desestabilizadoras que han ocurrido en el país siempre van un paso adelante de las iniciativas del gobierno, y por qué éstas no conducen jamás a la solución de ningún problema particular (y en ocasiones simplemente enredan más las cosas).

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Ante ello, Zedillo y su gabinete, 2 o al menos parte de él, han optado por refugiarse en un abstracto Estado de Derecho que todavía no sabemos a ciencia cierta si se trata de aquél que existe en la ley o si, siendo utópico, aspiran simple y llanamente a llegar a él algún día, antes del fin del sexenio.

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Esperaríamos que sí, porque las condiciones no pueden empeorar mucho más sin afectar profundamente las formas de convivencia en el país y, con ello, la actividad productiva de los millones de mexicanos que no forman parte de la clase política. Llega un momento en que la estabilidad se vuelve una condición indispensable y urgente.

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Por ello, no es posible que en Los Pinos suplan con lamentaciones y titubeos la acción decidida que logre poner en orden su propia casa. El problema es interno. Los malosos se conocen entre sí. La tarea de resolverlos conflictos de la clase política la tiene el propio jefe nominal que la encabeza, haya buscado estar donde se encuentra o no.

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La reconstrucción política que se requiere en estos momentos es monumental, especialmente si se considera que durante los últimos meses se ha permitido que la gobernabilidad que solía prevalecer en el país continúe deteriorándose rápidamente. Y, por ello, la pregunta esencial que está adquiriendo urgencia es si el actual gobierno, tal y como está integrado, es capaz de llevar a cabo dicha tarea.

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El autor se desempeña como profesor-investigador en el Centro de Estudios Históricos de El Colegio de México.

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