Poco nuevo bajo el sol

En el IMPI una anoréxica carpeta registra los pocos inventos de los 60
Bárbara Anderson

¿Se acuerda de las rotuladoras de etiquetas?  Sí, esas que tenían un disco con letras y números que se imprimían en una larga cinta de colores. Ese es uno de los pocos inventos 100% mexicanos que hizo furor (dentro y fuera del país) allá, a fines de la década de los 60. Es una curiosidad que luego se patentó en otros países alrededor del planeta. Pero más allá de este objeto, clásico de la serie de Sony That’s Seventy Show, no hay mucho más que recordar.

- “Fue un año de poca innovación. Mientras en 1969 apenas se patentaron unos 4,500 inventos, cerramos 2003 con 13,000 solicitudes”, afirma Jorge Amigo, director general del Instituto Mexicano de Propiedad Industrial (IMPI).

- Algunos de los nombres de creadores que se repiten en varias patentes a lo largo de las gacetas de ese año son Luis Villaseñor Montoya (padre de la famosa rotuladora), Alberto Birlain Schafler, Francisco Álvarez, Ángel Pérez Michaud, Isaías Broussi, Luis Roa González y Argelio Ugarte Muñoz.

- En total, ese año se registraron sólo 4,549 patentes y las razones son simples: por un lado la Ley de Propiedad Industrial no permitía proteger inventos farmacéuticos y agroquímicos, y otros desarrollos no estaban dentro de los cánones para ser protegidos correctamente.

- Al igual en aquellos años que en la actualidad, la mayoría (cerca de 70%) de los registros solicitados al IMPI son “modelos de utilidad”, es decir innovaciones locales sobre equipos, productos o sistemas patentados en algún otro lugar del planeta. “Tanto hoy, como en la década de los 60, sólo 3% de las solicitudes que recibimos son de invenciones nacionales”, señala el ejecutivo. En 2003, por ejemplo, de las 13,062 solicitudes, sólo 526 fueron de inventores mexicanos.

- “Hay demasiada dependencia de la innovación extranjera. Los investigadores locales que más reciben del gobierno son aquellos que siguen  innovaciones extranjeras y no los que proponen ideas originales”, afirma Víctor Castaño, un investigador que tiene su centro de estudios en Querétaro.

- Hace no mucho tiempo, el propio director adjunto de Tecnología de Conacyt, Guillermo Aguirre,  afirmaba que “nuestro peor problema ha sido de actitud. Por décadas nos hemos dedicado a explotar el derecho de hacer algo autorizado por una empresa extranjera y no a desarrollar nuestra propia tecnología.” No menos duro es el Premio Nobel, Mario Molina, quien  cree que vivir bajo la sombra del dínamo de tecnología de Estados Unidos ha engendrado complacencia entre los mexicanos.

- ¿Dónde lo anoto?
Otra de las razones para el bajo registro de marcas y patentes de aquellos años era que las solicitudes de protección se realizaban en la Dirección General de Desarrollo Tecnológico (dependiente de la Secretaria de Industria y Comercio). El TLCAN trajo consigo la regulación estricta de este rubro y allí se creó en 1993 el IMPI, una oficina descentralizada dependiente de la Secretaria de Economía.

- “Ni siquiera hay registros completos. Hasta 1972 se editó todo el material referente a 1969, es decir tres años más tarde”, refiere Moisés Coss Rangel, subdirector de servicios de información tecnológica del IMPI.

- Así como hace 35 años, la producción local de inventos ha sido muy escasa. Un informe reciente de The Economist Intelligence Unit acerca de la innovación mexicana, es muy tajante al afirmar que  “muchos científicos de ese país hacen sus maletas y parten a Estados Unidos y Europa, tras haber tenido que enfrentar la escasez de fondos para la investigación, la vieja red de científicos, la falta de incentivos económicos y la arraigada complacencia.”

- El artículo se titula La apatía, el invento más asfixiante, y trata precisamente el mismo eje del problema que ya detectaban las autoridades a finales de los 60: la dependencia de los inventos extranjeros, la falta de una política de protección e inversión en nuevos desarrollos.

- Tanto hace tres décadas como hoy, el aporte oficial del gobierno es de apenas 0.4% del PIB (aunque las intenciones son que antes de 2006 llegue a 1%). Estos escasos fondos también inciden en la protección de desarrollos.

- “No sólo hablamos de los investigadores solitarios, sino de las universidades. Al no haber un programa federal de protección, muchos inventos quedan desprotegidos porque las casas de estudio no cuentan con los fondos necesarios para patentarlos”, afirma Jorge Amigo, del IMPI. Basta con decir que la Universidad de Sonora tiene unos 100 proyectos de innovación pero nada de fondos para registrarlos; misma situación que la Universidad de Colima, donde el IMPI ha detectado unos 50 desarrollos innovadores llenándose de polvo.

- En contraste, en Estados Unidos el MIT recibió un presupuesto de $450 millones de dólares para que sus 173 innovaciones fueran registradas (y vendidas) y la UCLA, con un aporte de $760 millones de dólares, firmó 140 convenios de licenciamiento de innovaciones... y sigue produciendo.

- Hace un mes, un reporte del Banco Mundial advirtió que México debe buscar “políticas creativas para estimular la innovación productiva y los negocios emprendedores o, de otro modo, continuará viendo cómo se agotan los empleos.”

- Cerrar el círculo sería tomar aquella antigua rotuladora inventada por Luis Villaseñor Montoya para poner una buena etiqueta a la carpeta de futuros inventos mexicanos, mucho más voluminosa que la descuidada y anoréxica que apenas sobrevive en los sótanos del IMPI y que dice 1969.

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