Pollitos en fuga

O cómo la discusión sobre el TLCAN se convirtió en un asunto de gallinas.

Al Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) cada quién lo juzga según como le va en la fiesta o, mejor dicho, en la siembra; ya que, desde la redacción del acuerdo hasta el recuento de resultados una década después, el sector más polémico ha sido el campo. El revoloteo que hoy vivimos ¿es válido, o es “jarabe de pico”?

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¿Qué se puede cacarear?
Para el agro en general, el TLCAN  es un juego que “suma cero”: la tasa de crecimiento durante la última década se ha mantenido al mismo ritmo que en los años anteriores a la apertura comercial.

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Pero en el análisis de productos particulares destaca una gran heterogeneidad de resultados. En ciertas áreas que estaban preparadas para competir en el extranjero, particularmente algunas frutas y hortalizas, existen beneficios; mientras que aquellas con rezago (algodón, café, ganado y ciertos granos) se deterioraron.

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Pero las virtudes del acuerdo van más allá de las sumas y restas en la balanza comercial. El convenio ha sido una importante arma de control para el precio de insumos agropecuarios, un promotor exitoso de la inversión extranjera en el sector y ha mejorado la calidad de los productos al establecer estándares fitosanitarios.

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Una canasta con huevos (políticos) de oro
Al vencer, a principios de 2003, el plazo para liberalizar completamente  varios productos denominados “sensibles” (como papa, cebada, avena y artículos de origen apícola, porcino y ovino), la polémica cobra fuerza.

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Sin importar que el TLCAN establecía un calendario claro de desgravación gradual (que respetaba la divergencia del desarrollo de México, por medio de caídas más lentas de aranceles), empiezan a escucharse llantos similares a los del niño que el domingo en la noche se acuerda que no hizo la tarea.

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El debate actual es una semilla que en la tierra fértil del ambiente político, regada con  manipulación y demagogia, da un fruto que nada tiene que ver con el desarrollo económico.

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La falta de huevos no es culpa de la gallina
Tras décadas de ser el campo la variable sacrificada en la ecuación del desarrollo, sus plagas siguen siendo el régimen jurídico, la fragmentación de la estructura agraria, los programas mal instrumentados y la ausencia de financiamiento, infraestructura y tecnología.

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Resolver el problema es prioritario, porque el rezago rural es una limitante al crecimiento del mercado interno y el progreso del país.

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Las consecuencias de salvaguardas, renegociaciones o acuerdos paralelos sobrepasarían el beneficio que pudieran generar; más aún: no resolverían la raíz del problema.

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De entre todos los aspectos que la nueva política de Estado deberá incorporar para ser efectiva existen tres fundamentales: 1. Aceptar las ventajas y limitaciones del campo para enfocar los programas y fondos hacia las primeras. Es decir, importar maíz para exportar pollos. 2. No dar marcha atrás en el libre comercio, ya que es un motor para la modernización y desarrollo del sector. 3. Limpiar los gallineros: sacando a las gallinas que cacarean sólo para conseguir maíz, pero sin poner un sólo huevo.

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