Políticos distantes

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Sergio Sarmiento*

Hace 20 años, en 1984, se publicó Distant Neighbors (Vecinos distantes), un ensayo sobre la compleja relación entre México y los Estados Unidos. En ese libro, el ex corresponsal de New York Times en México, Alan Riding, afirmaba que mexicanos y estadounidenses, a pesar del desprecio mutuo, estamos condenados a convivir, y que más nos vale hacerlo de la mejor manera posible.

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Las palabras de Riding se han vuelto una realidad. Las disputas entre ambos países siguen siendo frecuentes y amargas, pero el comercio, la inversión y la migración se han convertido en lazos tan fuertes que nadie puede ya separarnos.

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Algo similar ocurre con los políticos y los ciudadanos en nuestro país. Cada vez es mayor la distancia que parece separarnos a unos de otros. Las encuestas señalan que los políticos, y especialmente los legisladores, son despreciados por la sociedad. Los escándalos de los políticos han convencido a los mexicanos que tenemos una clase política despreciable, la cual no tiene más interés que su propio beneficio.

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Y, sin embargo, no podemos vivir sin los políticos. En parte porque tenemos una legislación que, violando la propia Constitución, impide las candidaturas independientes a cargos de elección popular. Pero también porque ningún país puede sobrevivir sin una clase política que le dé orden al ejercicio del poder.

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Curiosamente, este desprecio no se traduce en una actitud de rechazo en la vida cotidiana. Los noticiarios siguen llenos de información sobre ellos. Millones de mexicanos votamos cada vez que somos convocados. Casi no hay organización empresarial o ciudadana que no busque que algún político importante le inaugure o le clausure su congreso o su convención.

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Cuando un mexicano tiene problemas, su esperanza de solución radica no en los tribunales sino en el gobernante. Tanto los gobernadores como el presidente reciben constantes peticiones de los ciudadanos, especialmente los de menos recursos, para resolver todo tipo de cuestiones. A casi 500 años de la caída del imperio azteca, millones de mexicanos creen que el gran tlatoani puede resolver todos nuestros problemas.

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Quizá no haya más opción que seguir teniendo trato con los políticos. Las reglas del juego no dejan otra alternativa, pero además quienes se lanzan a la política diciendo ser ajenos a ella, con frecuencia son peores que los políticos profesionales.

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Si no podemos desechar a los políticos, unámonos a ellos. Supervisemos más de cerca su trabajo. Si entendemos las medidas que están discutiendo, podremos influir más en sus decisiones y por lo tanto en nuestras propias condiciones de vida. Al fin y al cabo, los vecinos distantes que somos los políticos y ciudadanos mexicanos estamos condenados a vivir juntos.

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* El autor es analista político.

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