Por una nariz

Su carrera en multinacionales se vio truncada, para bien: el ejecutivo se convirtió en empresario.
Roberto Aguilar

Manuel Albarrán nunca se imaginó que la pérdida de sensibilidad en la nariz cambiaría radicalmente sus planes laborales, mismos que al paso de los años le permitirían brillar en el escenario corporativo mexicano.

- El presidente del Consejo de Administración de Jugos del Valle prefiere no recordar las limitaciones económicas que vivió durante su niñez, luego de la muerte de su padre. "Yo estaba en la chilla y punto", dice tajante desde sus oficinas en la ciudad de México, sitio en el que nació pero al que a sus 77 años visita sólo esporádicamente.

- Su actitud es distinta cuando recuerda comparte el relato de los primeros encuentros con el mundo laboral, que se dieron incluso antes de finalizar la carrera de ingeniero químico que cursó en la Universidad Nacional Autónoma de México. "Estudié ingeniería porque siempre me he inclinado por el lado técnico, que es el que más me gusta, además de que en aquel entonces tenía la reputación de ser la carrera más difícil."

- El primer trabajo que tuvo fue en un ingenio azucarero de Puebla, donde se involucró en todo el proceso de la zafra durante las vacaciones escolares. Por aquellos años, dice Albarrán, el Banco de México lanzó una convocatoria para reclutar ingenieros químicos. Acudió al llamado con curiosidad y ganas de tener un acercamiento formal con el mundo profesional. "No había acabado aún la carrera pero decidí investigar de qué se trataba."

- Para su sorpresa y la del resto de los aspirantes fue elegido por el Departamento de Investigaciones Industriales, creado con la intención de vigilar a empresas manufactureras que habían logrado beneficios fiscales a cambio de iniciar procesos nuevos o ampliar los existentes. Aunque este empleo le permitió a Albarrán conocer la mayor parte del país, el sueldo y el reto profesional le resultaron insuficientes. Decidió iniciar una nueva búsqueda que lo llevó a Procter & Gamble, que poco antes había incursionado en el segmento de aceite comestible y detergentes a través de la compra de una fábrica en operación y la construcción de una planta.

- Sus conocimientos del idioma inglés y su desempeño fueron determinantes para formar parte de un selecto grupo que viajaría a una fábrica de la empresa en Texas, con el fin de recibir capacitación sobre procesos y nivel de calidad de los productos, lo que posteriormente aplicó con éxito en las operaciones locales. Luego tuvo una corta estancia en un departamento de investigación de la multinacional, también ubicado en Estados Unidos. Ahí sucedió un quiebre en su carrera, que lo determinaría de por vida.

- "No pasé una prueba donde había que distinguir a ciegas ciertos olores; durante mis estudios las prácticas de seguridad no eran de lo mejor y eso me estropeó el olfato. Sin nariz, tuve que regresar a México", cuenta Albarrán. De nuevo en el país incursionó en la área de venta de detergentes durante nueve años, en los que tuvo la oportunidad de viajar al extranjero para capacitarse en mercadotecnia.

- "Ese fue mi último empleo ahí: las posibilidades de avanzar eran muy remotas y los principales puestos estaban en manos de estadounidenses." Por ello atendió al llamado de la compañía Anderson Clayton, que en aquella época enfrentaba una crisis financiera por la imposición de precios tope a los aceites. Durante su estadía el futuro empresario fue elegido presidente de la Cámara de Aceites, Jabones y Mantecas de México, puesto que le mereció también un lugar en la mesa directiva de la Confederación Nacional de Cámaras Industriales, Concamin.

- Chica y modesta
El siguiente paso fue decisivo en la vida de Albarrán: por vez primera tuvo contacto con el mundo de las bebidas embotelladas al laborar como director de Pepsi Cola en México. Un año antes de que concluyera su contrato –firmado por cinco años– tocó a su puerta otra empresa estadounidense que había tenido una incursión desafortunada en el país y que contrató al directivo precisamente para evaluar su estadía en tierras nacionales.

- La compañía era Heinz, que al final decidió vender todos sus activos encargando al directivo este proceso. Obtuvo resultados mejores a los previstos, lo que le retribuyó económicamente. A pesar de la mala experiencia, la empresa intentó nuevamente participar en el segmento de consumo popular y asignó a Albarrán la tarea de localizar candidaturas adecuadas.

- Fue cuando se topó con Jugos del Valle. Él mismo la describe como una "fábrica chica y modesta", en ese entonces. La firma estadounidense se unió con Albarrán y juntos pagaron $12 millones de dólares por la compañía, que se había fundado en 1978. En sus manos la sociedad experimentó un rápido crecimiento, incluso fuera del territorio nacional. El ejecutivo había madurado, tenía liquidez y decidió continuar el camino solo. En 1994 realizó una oferta de títulos para recabar recursos y comprar a Heinz su participación en la empresa, colocando así a la familia mexicana como la principal accionista de una emisora con un valor de mercado aproximado de $30 millones de dólares.

- La trayectoria ascendente no había sido casualidad. El directivo explica que desde su niñez le fue inculcada una filosofía con estricto apego a lo legal y moral. "Esa ha sido mi manera de actuar toda la vida. Con esto no quiero decir que esté exento de equivocaciones; cuando las he tenido trato de enmendarlas y reparar los posibles daños."

- Este ejemplo –agrega– es el legado que comparte con sus descendientes y que espera trascienda a generaciones venideras. A pesar del aparente alejamiento de las operaciones de Jugos del Valle, que ahora están a cargo de dos de sus cinco hijos –Roberto y Manuel–, Albarrán continúa muy atento a los planes de la compañía que está presente en la mayor parte de los países de América Latina, Estados Unidos y Puerto Rico. Ahora planea incursionar en Europa, adelanta el empresario, a través de la instalación de una planta en España.

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