Precisiones cambiarias

El autor es director general de Estrategia Económica de TV Azteca, columnista del diario El Economi
Roberto Salinas León

En la edición de Expansión correspondiente al 13 de agosto de este año, se publicó un artículo escrito por Alejandro Castillo –"Sí al tipo de cambio competitivo"–, que elabora una respuesta a los planteamientos expuestos en mi artículo "No al tipo de cambio subvaluado", publicado en la edición del 16 de julio. Castillo no comparte la tesis de que los pesos del mañana deberían guardar el mismo valor que los pesos de hoy. Mi posición no es que deberíamos tener un peso sobrevaluado, sino que el gobierno no debería meter mano en el precio más importante de la economía, y dejarlo flotar de acuerdo a la oferta y la demanda, o fijarlo totalmente bajo un esquema normativo, como el consejo monetario. Una variante de esta idea es la descentralización monetaria; es decir, dar a los ciudadanos el derecho de elegir entre una canasta de monedas para realizar sus transacciones monetarias. Sin duda, adoradores de la moneda barata, como Castillo, elegirían pesos devaluados.

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Castillo se sirve con la cuchara grande: me acusa de "desmemoriado", "ignorante" y "simplista" y de uno que otro calificativo que refleja su necesidad de utilizar insultos en vez de argumentos. Hagamos, entonces, algunas precisiones. Castillo sostiene que, "a mayor subvaluación, aumentan las posibilidades de que más empresas" logren integrarse a los mercados internacionales. Sin duda. En las palabras de uno de los más importantes exportadores del país, con un tipo de cambio altamente subvaluado, cualquier mariachi puede exportar. La subvaluación es un subsidio que desincentiva la inversión en cosas tan importantes como productividad, planta y capacitación. Es una vil trampa: al abaratar la moneda, se abaratan los productos y los costos de la mano de obra. Así, en un instante, por decreto de iluminados cambiarios como Castillo, las empresas ganan competitividad.

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En ningún momento Castillo responde a las inquietudes de que un sistema de flotación, por definición, implica que no puede haber un nivel predeterminado del tipo de cambio. No son los diferenciales inflacionarios, ni el criterio Big Mac, ni la simpática formulita del poder adquisitivo de la paridad, lo que determina el valor de la paridad, sino los flujos de capital. En este contexto, el deseo de subvaluar equivale al deseo de evitar que flujos de capital entren a una economía tan subcapitalizada como la de México. Es o fue lo que pasó en 1995 cuando la interrupción de los flujos de capital devastó a la economía, aun cuando generó los hermosos números superavitarios que mercantilistas cambiarios como Castillo equiparan con la competitividad. Asimismo, en 1995, la estanflación libró capacidad para exportaciones. La construcción se desplomó, pero eso supuso más cemento para vender en el exterior. La industria se paralizó, pero eso permitió exportar más metales o petróleo en mercados globales. Una devaluación corrige déficit en cuenta corriente al reducir inversión interna. El saldo comercial se vuelve "favorable", pero esto se consigue no con un aumento de productividad, sino con una reducción del poder de compra. Castillo se sorprende, por cierto, de que ataco un déficit fiscal, pero justifico déficits en la cuenta corriente (sí los justifico, pero sólo aquellos generados por inversión directa). La diferencia se encuentra en cualquier texto de introducción a la macroeconomía.

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En ningún momento Castillo explica por qué el Reporte de Competitividad colocó a nuestra economía como la penúltima en la materia en 1995, después de varios años de transitar en los primeros lugares, aún en 1994. Habrá que recordarle que en 1995 la economía sufrió su peor caída en 60 años, con un repunte brutal en las tasas de interés, las deudas de empresas e individuos, y un alza en el nivel de precios de 637%, al pasar la inflación de 7 a 52% en un solo año. Las últimas dos décadas constituyen una muestra patente de que, en un país como el nuestro, con moneda débil, las devaluaciones conducen a episodios de inflación acelerada. Es ingenuo pensar que se puede evitar un repunte inflacionario con un esquema de devaluaciones programadas, por lo menos en el caso mexicano.

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La explicación de la crisis de 1994 es mucho más compleja que la tesis primaria, aislada, de que ésta se debió a la pronunciada sobrevaluación de la moneda. En la cuantiosa literatura que se ha publicado al respecto, existen unas 15 hipótesis diferentes. Una encuesta del CEESP, realizada en noviembre de 1994, deja ver que 80% de las 450 compañías encuestadas consideraban que la sobrevaluación cambiaria ocupaba el séptimo lugar entre los factores que obstaculizaban las exportaciones, muy por debajo de factores como el costo del crédito o la tramitología. Es más, las exportaciones en 1994 crecían a niveles superiores que las de los países industrializados, incluso los tigres asiáticos.

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Aun así, nos podemos imaginar los brincos de éxtasis devaluatorio que Castillo y proteccionistas cambiarios como Vicente Fox han de haber dado ante los movimientos en la paridad que se registraron recientemente, cuando el tipo de cambio llegó a niveles de hasta $9.7 por dólar. En un instante, las importaciones se reetiquetaron y las demandas salariales se ajustaron a la alza. ¿No qué modificar el tipo de cambio "no provoca fuertes alzas de precios"?

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Es heroico suponer saber el valor real del precio más importante de la economía. Sin embargo, el aspecto más grave de la subvaluación es que la competitividad que se gana no es tan sólo artificial, por decreto devaluatorio y no por aumento en la calidad de los bienes, sino que el subsidio es financiado por los que menos tienen. Una depreciación programada implica una reducción en los salarios reales, por vía de la inflación, pero también por los costos salariales de las empresas exportadoras. Sería más honesto que Castillo abogara por un impuesto a los trabajadores mexicanos, y que el gobierno regale los fondos a empresas exportadoras, para impulsar su competitividad. A eso, y nada más, se reduce el mito de la "devaluación competitiva".

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Me imagino que Castillo celebra el éxito exportador de naciones como Chile, Nueva Zelanda, Hong Kong e incluso Japón. Habría que recordarle que, en los últimos 25 años, el aumento dramático de las exportaciones en esos países ha coincidido con la apreciación real de sus monedas. En Japón, la apreciación real del yen en ese lapso fue de 78%, y las exportaciones crecieron 15,509%. Sin duda, Castillo revela sus instintos proteccionistas cuando insiste en "proteger el mercado interno" vía la subvaluación permanente. Pero el patrimonio de los mexicanos es de ellos, no de los exportadores, ni mucho menos de sus asesores económicos. La exportación es fundamental, pero es injusto aumentar competitividad por la vía de la expropiación del salario real de todos los que perciben sus ingresos en moneda nacional.

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Castillo dice que la subvaluación "sienta las bases para un progresivo fortalecimiento del salario real". No entiendo cómo, cuándo, o dónde. En las palabras de Donald Brash, gobernador de una de las naciones más competitivas del mundo: "Si se quiere fortalecer el salario real, la implicación es que a pesar de ello los exportadores podrán seguir desafiando a las importaciones, o compitiendo en el exterior al tipo de cambio prevaleciente, y que podrán hacerlo a pesar de aumentos salariales. Si desean una depreciación del tipo de cambio, por implicación están diciendo que desean reducir los salarios reales. No pueden afirmar que pretenden ambos, un tipo de cambio depreciado y mejores salarios; o, por lo menos, no lo pueden afirmar con seriedad."

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Entonces, señor Castillo, ¿qué es "fortalecer el salario" o "subvaluación"? ¿O será que el señor Brash, una de las personalidades monetarias más respetadas en todo el mundo, es "ignorante", "desmemoriado" y "simplista"?

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