Problemas de actitud. El empleado incóm

Nada se premia tanto en las grandes corporaciones como la docilidad.
Max Clip

No sé si ya lo dije, pero ahí va: nada se premia tanto en las empresas –sobre todo en las grandes corporaciones– como la docilidad. Quizá la experiencia de algunos sea distinta; la mía corrobora este punto de vista. No digo que sea bueno o malo, pero cada día que pasa advierto que, quienes son dueños de un carácter "fuerte", se generan diversas críticas por parte de los altos directivos de las organizaciones, debido a sus "problemas de actitud".

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Para muestra, un botón. Conozco a David desde que estudiamos juntos en la universidad. Era el típico alumno que le cuestionaba cada punto de vista al profesor y que no concedía una derrota intelectual a menos que le demostraran que de plano estaba equivocado. No crean que era de los que discutían para ocultar su falta de conocimientos, al contrario: dueño de una memoria privilegiada y de una curiosidad renacentista, sabía de todo y daba la impresión que había visto todas las películas, había leído todos los libros y había viajado a todas partes.

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Ya desde entonces le caía mal a la gran mayoría de sus compañeros y casi a todos los profesores. Algunos por ahí tomaban a broma sus intervenciones y otros pocos más tenían la honestidad de concederle la razón y debatir con él, pacientemente. Lo que quiero aclarar es que David no es una persona fácil.

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Pasó el tiempo y mi ex compañero consiguió un buen puesto en la recién privatizada banca. A la sombra de un jefe con el que hizo excelente mancuerna, avanzó en el escalafón hasta llegar a una dirección de área. La vida le sonreía y el futuro era color de rosa.

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Pero (siempre hay un pero en toda historia feliz) el banco para el que trabajaba quebró, como le pasó a tantos, y tuvo que fusionarse con otro, de capital extranjero. Quizá no está de sobra aclarar que la "cultura corporativa" de la institución que entró al quite –y que se ganó una excelente posición en el mercado nacional, por un precio casi ridículo– es más cuadrada que un cubo. Unas semanas después de la operación, David fue reasignado de área y, para su mala suerte, el nuevo jefe que le tocó fue un extranjero con veleidades de conquistador de indígenas y encomendero de línea dura.

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Desde hace dos años mi amigo ha ido de enfrentamiento en enfrentamiento y el tono de cada uno ha subido sucesivamente de tono. Y como dice el refrán: el hilo se rompe por lo más delgado. La semana pasada, le sugirieron "cordialmente" a David que presentara su renuncia a la manera de ciertos secretarios de Estado, es decir: con carácter de irrevocable.

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No escasearon las razones que su actual jefe empleó: desde la incompatibilidad con los objetivos de largo plazo de la firma y errores en la gestión del personal, hasta escenas de abierta rebeldía y "problemas de actitud".

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Inmediatamente mi atención fue atraída por este eufemismo, mientras David siguió contándome los detalles de la terrible reunión en la que recibió la noticia. ¿Qué significa eso de "problemas de actitud"? La pregunta se me repetía infinitamente y –después de finalizada la charla y de que a David le regalé un par de frases que rayaron en el lugar común– me mantuvo despierto hasta muy tarde esa noche. Finalmente me di cuenta que se trataba de una manera elegante (y muy cursi) de aclarar que, en el contexto, el carácter crítico de mi amigo estaba de más y que lo que la empresa espera de sus empleados es que acaten órdenes sin cuestionarlas, o sea: como robots.

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Al día siguiente, llamé a mi antiguo condiscípulo para decirle que no se preocupara y que, en el fondo, su salida del banco podría ser lo mejor que le hubiera pasado en años. Mi pronóstico se ha hecho realidad: David ya formó su propia empresa (o "changarro", en el lenguaje sexenal) y se agenció un par de buenos clientes. Con ellos ya no manifiesta "problemas de actitud" y se cuida muy bien de decir lo que piensa, de manera tal que no ofende a nadie.

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