Promesas incumplibles

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Sergio Sarmiento

Quizá todavía no termine la luna de miel con los ciudadanos. Pero, por primera vez, empezó a bajar la popularidad del presidente Fox. Después de un ascenso sostenido las encuestas muestran un descenso leve, aunque significativo, en sus índices de aprobación.

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Una de las razones es la propuesta de reforma fiscal. La gente no está dispuesta a escuchar razones: simplemente no quiere pagar más impuestos. Las promesas de beneficios posteriores, o de complicados mecanismos para devolver el IVA en cheques de $108 pesos mensuales o en ajustes en el impuesto sobre la renta, no ayudan en nada.

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A fuerza de golpes los mexicanos nos hemos vuelto escépticos. Tal vez esto no sea culpa de un Presidente surgido de la oposición. Pero no hay que olvidar que en su campaña Fox prometió que aumentaría el gasto público, eliminaría el déficit de presupuesto y disminuiría los impuestos, todo al mismo tiempo. Los economistas podrán decir que esto es imposible: que la gente debió haber entendido que no se trataba más que de una promesa de campaña. Pero no se puede culpar a la gente por exigirle al gobernante cumplir lo que ofreció.

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A mí en lo personal la propuesta fiscal del presidente Fox me parece razonable. No soy un rabioso izquierdista, pero pienso que el Estado necesita recursos para otorgar servicios indispensables y lograr una mayor justicia social. La generación de la riqueza se le debe dejar al sector privado, pero el mercado no cuenta con los mecanismos para distribuirla: esto sólo lo puede hacer el Estado.

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México tiene una de las recaudaciones fiscales más bajas del mundo: apenas 11 % del PIB, lo cual nos coloca en el nivel de los países africanos. Para lograr una mejor distribución de la riqueza necesitamos incrementarla, aunque también mayor eficiencia en el gasto público. La propuesta del Presidente, que eliminaría las exenciones del IVA y reduciría el ISR de las personas físicas, es sensata porque recaudaría con mayor eficiencia al tiempo que promovería una mayor inversión. Ésta es la fórmula que se emplea cada vez más en los países desarrollados.

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El problema es que la oposición no está dispuesta a aprobar la iniciativa. Algunos legisladores asumen esta posición por razones ideológicas. Otros para cobrarse una factura política del hombre que los expulsó del poder. En nada ayuda, sin embargo, que el propio mandatario haya hecho campaña apenas el año pasado con propuestas populistas que él mismo sabía que no podía cumplir.

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Las promesas de los políticos tarde o temprano regresan a perseguirlos como fantasmas.

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El autor es columnista e investigador adjunto del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales de Washington.

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