Promover las virtudes

Las empresas pagan por sus culpas, pero ¿a quién se le pasa la factura de los pecados gubernamenta

¿Qué tan virtuosamente se conducen las empresas en México? Una pregunta nada fácil de responder, si por virtud entendemos esa predisposición sostenida, reiterada, a hacer el bien, concepto de por sí complejo debido a que cada uno podría armar una definición propia al respecto. La cuestión viene al caso debido al título de la portada de esta edición, que hace referencia a ciertos "pecados" cometidos por algunas empresas mexicanas y multinacionales, que no son otra cosa que acciones u omisiones que les han ocasionado perjuicios importantes. La idea es recordar los hechos, tomar nota y prever: el mejor remedio para evitar dolores de cabeza.

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Es claro que muy pocas firmas pueden jactarse de no haber enfrentado alguna vez las consecuencias de decisiones erróneas, o ser víctimas de una mala planeación que haya arrastrado a los accionistas a un pequeño infierno. Sin tratar de asumir el papel de juez (¿quién podría hacerlo?), la exploración de algunos casos representativos permite ubicar mejor el comportamiento de las empresas en México.

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Y no se habla aquí sólo de las compañías locales, sino también de los corporativos multinacionales que sostienen operaciones en el país.

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Independientemente del tipo de pecado cometido (por cierto, casi nunca se da uno solo, los yerros suelen ser una combinación de varios), sobran ejemplos de compañías cuyo proceder fue demasiado lento o ineficaz. Ahí están las constructoras Bufete y Tribasa; los bancos intervenidos por las autoridades que sólo tratan de prolongar hasta donde sea posible la agonía de las instituciones; firmas como Agriexp, Videovisa, Alfa, Savia y ECE. Todos ellos representan casos en los cuales las faltas se pagaron muy caro.

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No obstante, sería injusto recargar toda la responsabilidad en los pecados cometidos sin antes reflexionar sobre el contexto en el que se suscitó cada caso. La inestabilidad de los mercados, los errores macroeconómicos, la apertura indiscriminada de las fronteras y la falta de estabilidad a largo plazo son sólo algunos de los argumentos que estas y otras compañías estarían dispuestas a mostrar como atenuantes a sus sombríos resultados. Ahora que el escenario se percibe un poco más diáfano (si se le concediera cierta credibilidad a las promesas de la actual administración), cabe plantearse la viabilidad de una estrategia de crecimiento constante y sostenida que, fuera de las divergencias entre Fox y el Banco de México, proporcione la mínima certidumbre a compañías y sectores productivos duramente golpeados.

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La esperanza, por desgracia, debe ser acotada. Los primeros pasos del actual gobierno no han sido fáciles y los que siguen se avizoran ríspidos. La gran apuesta de Fox, la reforma fiscal, junto con las otras en materia financiera, laboral y administrativa, con todo y que ofrecen algunas opciones de salida no alcanzan a representar ese marco de seguridad que impida que los pecados empresariales se multipliquen por carecer de las condiciones idóneas para el florecimiento de los negocios. Porque, si bien los fracasos de las compañías son responsabilidad de la gente que ahí trabaja, hay ambientes que impiden o impulsan el desarrollo empresarial.

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