Qué esperar del 2000

Debemos desmitificar el proceso electoral del año entrante: no tiene por qué afectar la marcha eco

El 2000. Vaya número tan simbólico. Para algunos, esa cifra representa magia, recomienzo, esperanza. Para otros, más terrenales, significa batalla electoral. E insisten en que la última contienda electoral mexicana del siglo XX desencadenará, inevitablemente, la devaluación del peso y otros demonios.

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Nosotros preferimos situarnos entre ambos escenarios. No existen elementos que permitan dibujar de negro o de blanco el año que pronto inicia. Todavía persisten problemas muy graves en diversos ámbitos de la vida nacional que permiten sólo un brindis moderado el próximo 31 de diciembre. Quizá entre los saldos más positivos de 1999 se encuentra el eficaz manejo de las variables macroeconómicas, la salud de las finanzas públicas, la pujanza exportadora de un buen número de empresas y, sin duda, el acuerdo comercial con la Unión Europea. Ahí hay, pues, cuatro motivos para celebrar.

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Pero habría que bajar las copas al mirar el fondo de algunos de nuestros problemas, que de hecho son los más ancestrales: el bajo nivel educativo, la insistente pobreza, la ausencia de créditos, el elevado costo del dinero, la inseguridad creciente, la pésima impartición de justicia y muchos otros no menos graves, que definitivamente no mostraron avances durante el año que casi termina. En nuestra edición anterior presentamos 12 propuestas para intentar construir un país más próspero, donde enfatizamos en la urgencia de imaginar soluciones viables y concretas para México. Porque entendemos que nuestra misión editorial es construir, jamás destruir.

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En esa misma tesitura, pero con casos de carne y hueso, en esta entrega plasmamos en nuestras páginas la trayectoria de cinco empresarios que desarrollaron estrategias creativas y efectivas para redimensionar sus negocios. Ellos son: Roberto Albarrán, de Jugos Del Valle; Emilio Azcárraga Jean, de Televisa; Ángel Losada Moreno, de Grupo Gigante; Alejandro Ramírez Magaña, de Organización Ramírez; y Carlos Slim Domit, de Grupo Carso. Cinco hombres de negocios que están creando un nuevo idioma de competitividad. Esperamos que, después de leer sus historias recientes, se quede con la misma sensación que nosotros: a pesar de la corriente en contra, en este país es posible crear riqueza, compartir talento y desarrollar negocios competitivos, capaces de otorgar empleo digno y de satisfacer las necesidades de un mercado cada día  más exigente, además de conquistar otras latitudes.

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Ahí están algunos testimonios, breves pero valiosos. Ojalá que sirvan de fuente de inspiración para que empresarios de esta talla se multipliquen por todos los rincones del país. Necesitamos trabajar horas extra para situar, y pronto, a México en otro peldaño del desarrollo.

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