Quebec/Canadá. ¿Huelga? No, mejor comp

En una inusitada fórmula, los trabajadores son también inversionistas de riesgo, aunque no olvidan
Louise Guénette

Una empresa al borde de la quiebra no encuentra sus mejores aliados en el movimiento sindical, regularmente preocupado por preservar empleos, salarios, condiciones de trabajo y, en caso de cierre, conseguir buena liquidación. Pero en Quebec, un fondo sindical de capital de riesgo rompe con las ideas preconcebidas sobre el papel de los trabajadores y ofrece una nueva alternativa en el plano económico.

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Transat AT, compañía controladora de empresas de viaje, puede ser testigo de ello. En 1990 su filial de aviación de vuelos charter, Air Transat, luchaba para sobrevivir en un ambiente de competencia feroz. Existía la amenaza de cierre, o por lo menos de una reducción importante de su tamaño y planta laboral de 140 trabajadores. Pero el Fondo de Solidaridad –perteneciente a la Federación de Trabajadores de Quebec (FTQ)– invirtió $1.8 millones dólares en 1990 para mantenerla a flote y, nuevamente, $3 millones en 1993, para que pudiera comprar el hangar y oficinas de administración de otra empresa de aviación que, esa sí, había quebrado. Hoy Air Transat, con 22 aviones, lleva canadienses y europeos a 90 destinos en 25 países, y es una de las más grandes del mundo en su nicho.

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En 1995 la embotelladora Naya, cuya agua de manantial estuvo disponible en centros turísticos mexicanos, también se benefició con una inyección de $6.7 millones de dólares del Fondo. En 1999, sus ventas alcanzaban $71 millones de dólares. En junio de 2000 la francesa Danone compró la compañía.

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Lo que hoy es el fondo de capital de riesgo no gubernamental más importante de Quebec nació hace 17 años, durante la peor recesión de la provincia, cuando altas tasas de desempleo e interés forzaban el cierre de compañías, relata Fernand Daoust, veterano sindical y consejero especial del presidente de la FTQ. Las pequeñas y medianas empresas, en particular, tenían grandes problemas de capitalización. El entonces dirigente de esa central sindical, Louis Laberge, invitó a los trabajadores a constituir con sus ahorros personales un fondo que daría a estas empresas acceso a una fuente de capital para superar momentos difíciles; aspiraba a que un día el organismo llegara a tener $100 millones de dólares.

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En ese entonces, Laberge provocó risas por su optimismo, según cuentan los empleados de la corporación. Pero superó su objetivo. El Fondo se constituyó en 1983 como un régimen registrado de ahorro para la jubilación (RRAJ), un esquema canadiense de ahorro voluntario que complementa el plan de pensión público y da a los particulares derecho a deducciones de impuestos equivalentes a entre 30% y 50% de sus depósitos. Además, el gobierno de Quebec otorga un crédito fiscal de 15% y el gobierno federal uno del mismo monto, para contribuciones menores a $3,350 dólares anuales. Si un trabajador invierte $1,000 dólares en el Fondo, el juego fiscal le permite restar entre $600 y $800 a los impuestos que paga a finales de año.

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Aunque no tomaron en serio la ambición de Laberge, la gente contribuyó por respeto a su líder y por los incentivos fiscales. El capital creció y, en junio de 2000, había multiplicado los $100 millones soñados por Laberge hasta alcanzar $2,600 millones de dólares.

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El Fondo es actualmente responsable de los ahorros para la jubilación de 426,600 accionistas, de los cuales 60% son miembros de la FTQ; 60% del capital está invertido en más de 1,600 pequeñas y medianas empresas, que han ayudado a preservar o crear 91,000 empleos.

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Las acciones han incrementado su valor 2.5 veces desde 1983. Su tasa de rendimiento es de 6 a 8% anual y, si se toman en cuenta los créditos fiscales, hasta 16% anual –arriba del mercado accionario canadiense cuyo rendimiento es de 10%–.

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Los créditos que otorgan los gobiernos provincial y federal están más que compensados por la creación de empleos y los ingresos fiscales que genera la actividad económica fomentada por la institución, dice Daoust.

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Sindicalismo maduro

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Más difíciles de medir que los empleos salvados o el rendimiento financiero, pero igualmente benéficas, son las mejores relaciones laborales que han derivado de la existencia del Fondo. El organismo es un laboratorio donde las culturas sindical y de capital de riesgo se mezclan. Los economistas escrutan las demandas financieras de los propietarios de empresas y los sindicalistas se encargan de la auditoría social, la cual mide el respeto a las leyes sobre medio ambiente y derecho a la asociación, así como la ausencia de discriminación. Ambos tipos de evaluación inciden en la decisión de invertir en la empresa.

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El compuesto sindical-financiero no se limita a la corporación, porque los sindicalistas capacitan a los trabajadores en materia económica. Gracias a esta enseñanza los líderes de opinión y dirigentes laborales en muchas compañías de Quebec entienden las finalidades de la empresa, su funcionamiento económico y estados financieros; "ya no son un secreto que sólo pertenece a los dueños", dice Daoust.

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"Cuando los trabajadores pueden tocar la puerta del Fondo y pedir una opinión experta sobre la empresa, sector y región, aprecian mejor la importancia de sus demandas y las batallas que se preparan para librar. Son más competentes e informados. Yo he negociado en diversas compañías y sectores, y muchas veces no sabíamos lo que pasaba."

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Daoust estima que el conocimiento económico y financiero no desnaturaliza el papel del movimiento sindical y su actuación cuando los objetivos difieren de las metas de los empresarios. "No ha embotado la combatividad, de ninguna manera."

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Más bien con el Fondo, la Federación se ha vuelto experta en la creación y mantenimiento del empleo. Se esmeran en ver de dónde vendrán los golpes, la importancia de los cambios tecnológicos y las sanciones si una compañía no se moderniza.

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Ese afán nutre la contribución del organismo como socio activo de las firmas en las cuales invirtió. Su planta de 400 trabajadores, cuenta con especialistas sectoriales que ayudan a que se saneen las compañías, empiecen a exportar o inviertan en tecnología.

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El valor agregado que da a las instituciones rescatadas le generó al Fondo una buena reputación entre dueños y accionistas, que al principio sólo recurrían a la corporación sindical en última instancia. También contribuyó a crear confianza el hecho de que la participación del Fondo en una empresa nunca se utiliza como entrada para sindicalizar a sus empleados, explica Daniel Boursier, coordinador de la red sindical de la asociación.

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La FTQ es presumida como una de las joyas de la economía quebequense. Tanto es así que ha sido reproducida en otras provincias canadienses y algunos países de Europa y África.

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