Querida doctora corazón

Dicen que &#34rollo mata carita&#34 y que &#34cartera mata rollo" lo que nadie dice es que &#34e
Max Clip

Desde joven tengo una extraña cualidad: no sé por qué pero hay gente que me agarra de su confesor y pañuelo de lágrimas. Quizá algo tenga que ver mi apariencia conservadora, mis gestos tranquilos, mi capacidad para escuchar por horas, mi amplio criterio y mi proverbial discreción. Vaya, a veces en la calle hasta me confunden con un sacerdote.

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No es que me moleste merecer tanta confianza; al contrario, me halaga. Sin embargo hay situaciones que me gustaría evitar. Una de ellas, es que, de cuando en cuando, ciertos compañeros de trabajo me confíen (y me mantengan al tanto) de sus amoríos con mujeres que, quiere la casualidad, trabajan en la misma empresa. Nunca rehuyo de mis responsabilidades corporativas, formales o informales, pero a veces  no deja de ser incómodo... sobre todo cuando algunos de ellos (o ellas) están casados.

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No se crea que la empresa para la que trabajo es un nido de amores ilícitos. Tampoco hay que exagerar. Lo que sucede es que cuando la gente pasa tanto tiempo junta y sacrifica horas que debía haber dedicado a la familia, cuando las responsabilidades son enormes y las crisis nerviosas frecuentes, nada más natural que “contaminar” –como dicen los yuppies– el espacio donde se trabaja con “rollos” sentimentales.

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No justifico estas actitudes (que por lo demás están sancionadas en el código de ética de la empresa, recientemente elaborado y dado a conocer por nuestro vicepresidente de recursos humanos), pero antes que juzgar, me gusta entender qué sucede. “Nada de lo humano me es ajeno”, dijo San Agustín, que en su juventud y antes de dedicarse a ser santo fue un notable pecador.

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Lo hasta aquí expuesto tendría que servir como introducción al caso de Jaime, uno de los gerentes de ventas, que ya se amarchantó conmigo para contarme sus cuitas. Resulta que, desde hace un par de meses, el bueno de Jaime –porque realmente es un buen muchacho: trabajador, puntual y honesto, toda una joyita– no da pie con bola. Una mañana como cualquiera, fue flechado por Cupido tras encontrarse con Tere en el elevador.

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Tere es una agraciada licenciada en comunicación que trabaja justo en el departamento de Recursos Humanos. Lleva más tiempo que Jaime en la empresa: tímida, no muy alta aunque tampoco bajita, dueña de una sonrisa muy agradable, pero traicionera como todas las de su clase.

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Jaime está desolado. No pierde oportunidad para subir desde el segundo piso hasta el décimo, donde trabaja la ingrata. La acompaña a comer de cuando en cuando y más de tres veces ha estado a punto de invitarla a salir. Como se ve, el chico es tímido y tiene un lógico miedo a terminar lastimado. Ya se sabe: el que se enamora, pierde.

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Pero no hay drama amoroso sin un tercero y en esta historia, por supuesto, no podía faltar ése que, sin saberlo, ha de frustrar los intentos de Jaime por conquistar el corazón de Tere. Dicen que “rollo mata carita” y que “cartera mata rollo”; lo que nadie dice es que “escalafón mata todo”. Y en efecto, la dulce Tere trae un romance nada menos que con su jefe, o sea: nuestro honesto vicepresidente de Recursos Humanos.

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¿Que cómo lo sé? Pues ha sido el susodicho quien me lo ha confiado. Sospecho que detrás de sus groseras (aunque legítimas) ganas de presumir su conquista, el tipo intentaba descargar su culpable conciencia –pues, ya lo habrán adivinado, el tipo es casado–. Mi proverbial discreción me obliga a reservarme casi todos los detalles de los encuentros entre Tere y su jefe. Baste decir que nadie podría imaginarse los usos alternos que puede tener el mobiliario de una oficina o, ya entrados en gastos, el de una sala de juntas.

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Pero nada de esto es comparable con mi propio drama. Además de que, últimamente, cada vez que debo asistir a una junta, paso las de Caín para poder concentrarme, sirvo como confesor de los dos involucrados. No sé qué hacer: por lo pronto, lo único que se me ocurre es cobrarles la sesión (por adelantado) o, ya de perdida, sugerirles que a cambio de mis consejos un buen gesto de ellos sería que, de cuando en cuando, me invitaran a comer.

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