Quiénes nos han fallado y cómo corregi

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Josué Sáenz

El autor es economista posgraduado en la London School of Economics. Fundador y presidente del Núcleo radio Mil –entre otros puestos privados y públicos-, también ha sido catedrático en la UNAM, el ITAM, el Centro de Estudios Monetarios Latinoamericanos y El Colegio de México

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México tiene tres urgencias económicas. La primera es salir de la depresión. La segunda, que su producto por habitante crezca; y la tercera, que las partes disfuncionales de su economía sean incorporadas a la modernidad y desarrolladas. Necesitamos crecimiento y desarrollo. Crecimiento es producir lo mismo en mayor cantidad; desarrollo es innovar, tecnificar y hacer mejoras cualitativas en la estructura productiva. Quiero esbozar algunas ideas que implican cambios y complementos al modelo económico oficial vigente, así como propuestas para fortalecer la acción del empresario innovador en un programa de desarrollo.

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El título de “primermundista” lo tienen países con ingreso per cápita de $20,000 dólares o más por año y cuyo nivel de ahorro e inversión interna es suficiente para que su economía no dependa de la entrada de capital extranjero.

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Asombra que ninguna nación latinoamericana lo haya logrado, porque en ellas hay todos los climas, suelos e hidrologías y en muchas abundan los recursos naturales. Sus gobiernos actuales cubren una gama que abarca desde la dictadura comunista cubana hasta democracias más o menos funcionales. Han tenido regímenes mili­tares, populistas y fascistoides, y sus ideologías económicas han sido estatistas, libre-mercadistas y mezclas de ambas.

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Si ninguna nación latinoamericana se ha hecho “primermundista” es porque una característica casi general es la existencia de barreras internas que han dificultado el desarrollo integral de su economía y la modernización de su estructura productiva. Prevalecen la marginación étnica, la falta de una lengua común, el aislamiento geográfico y la ausencia de homogeneidad educativa. Chile y Argentina tienen ingresos de $8,000 dólares al año per cápita, los más altos de América Latina, pero todavía lejos del nivel necesario. Chile es el único que ha logrado una tasa adecuada de ahorro, medida como porcentaje de su Producto Interno Bruto (PIB). Al formular un programa de desarrollo para México es importante notar que estos dos países son los de mayor homogeneidad lin­güística y cultural.

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En tiempos de alta inflación, fuertes devaluaciones y flotaciones -cambiarias es difícil calcular el equivalente en dólares del PIB de México, pero la cifra de $2,800 dólares anuales por persona probablemente esté cerca de la marca. El ingreso medio de un habitante del primer mundo es siete veces mayor que el de un mexicano. Esta realidad es -preocupante en sí, pero la colindancia geográfica, económica y visual con Estados Unidos hace a nuestros habitantes más conscientes del rezago y por eso aumenta su insatisfacción. Es válido preguntar qué ha frenado nuestro desarrollo, quiénes nos han fallado, qué modelos económicos han sido inadecuados y qué debemos hacer para corregir el rumbo. En 1995 nuestro PIB por persona tuvo un descenso de 8.6%, el mayor de América Latina. Las perspectivas para 1996 indican que la contracción será menos fuerte, pero que probablemente terminaremos el año con otra baja real del PIB por habitante.

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¿Qué tasa de aumento anual del PIB necesitamos?
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Existe consenso entre empresarios, políticos y economistas que ante la grave situación de México el crecimiento económico sostenido merece la más alta prioridad. Las estimaciones de la tasa anual necesaria varían del 5 al 8% del PIB. La cifra más baja es la oficial; las intermedias son del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), la Comisión Económica Para América Latina (CEPAL) y de economistas privados. La más alta es la propuesta por los grupos industriales muy perjudicados por la depresión que vivimos.

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Si las relaciones econométricas entre gasto, inversión y empleo del pasado reciente continúan, cosa no segura por el aumento de la violencia rural y urbana, necesitamos que nuestro PIB crezca al 7.5% anual. Requerimos un 2.5% para dar ocupación productiva a quienes anualmente llegan a la edad de ingresar a la fuerza de trabajo. Otro 2.5% es indispensable para absorber cuando menos la décima parte de los actualmente desocupados por falta de crecimiento económico en los últimos 15 años.

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Finalmente, y esto es lo esencial, necesitamos otro 2.5% de aumento anual para tener recursos suficientes para modernizar nuestra economía al ritmo que impone la competencia internacional y generar el ahorro interno que, invertido producti­vamente, puede acelerar el crecimiento, el -desarrollo y asegurar mayor ingresos futuros.

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No hay acuerdo respecto del periodo de tiempo que implica un crecimiento “sostenido”. Cabe notar que las estimaciones varían entre 10 y 20 años, y que -todas son transexenales e implican continuidad en los programas.

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Hay profunda divergencia respecto de la prioridad del crecimiento y -desarrollo con relación a otros objetivos tales como control de la inflación, -estabilidad cambiaria y el cumplimiento de obligaciones internacionales. No ha sido posible definir, y menos consensar, las responsabilidades futuras y áreas de acción del gobierno y la iniciativa privada en el -desarrollo; o sea, en hacer los cambios cualitativos que nuestra economía requiere. Tampoco hay acuerdo sobre la suficiencia del esquema -neoliberal-economía de mercado, ni acerca de si es necesario complementarlo con estímulos al empresarismo innovador o fórmulas de estatismo indirecto tipo asiático para obtener la tasa y calidad de desarrollo que la nación necesita.

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Hay un tema, vital para el desarrollo de México, que no ha sido analizado por nuestros gobernantes, técnicos y organismos empresariales. Considerando las enormes diferencias internas de ingresos y productividad, hay que decidir si bastan la política macroeconómica y la enunciación de una política de desarrollo, o si la realidad nacional exige además programas enfocados a combatir nuestros estancamientos históricos, a desmarginar y así incorporar al progreso a los grupos que hoy son disfuncionales en la economía moderna. La necesidad de un plan de integración nacional y de -desarrollo cualitativo son el eje de este artículo.

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El misterio del desarrollo económico
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Una vez que empieza el crecimiento es fácil ver cómo se acelera, retroalimenta y recicla. También es obvio que una disminución de ingresos propende a continuar y perpetuarse. Pero el gran misterio es cómo se inicia el desarrollo, el proceso de grandes cambios cualitativos y tecnológicos en la estructura económica, y por qué en algunos países, o en ciertas partes de un país, nunca arranca. Las economías de los países ricos crecen y se tecnifican más rápidamente que la de México. En términos relativos la población mexicana es hoy más pobre que hace una generación. La brecha entre países ricos y pobres es hoy mayor que en cualquier época de la historia. Hay una asimetría creciente. Por ello, conocer las causas del crecimiento y -desarrollo, y también de la falta de ambos, es la tarea más importante en la ciencia económica.

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En México la pobreza continuada es el problema político más -urgente. El crecimiento puede crear sus propios problemas, tales como -contaminación ambiental y congestión urbana, pero estos males son insignificantes en comparación con los daños que causa la perpetuación de la pobreza. Extraña que los economistas den tan poca importancia al crecimiento y aún menos al desarrollo. Estudian con mucho detalle problemas microeconómicos tales como el uso eficiente de recursos en una empresa, y también analizan ciertas relaciones macroeconómicas, pero pocos han dado prioridad al crecimiento y modernización y -al peligro político de no lograrlos. Sin embargo, una vez que visualiza esta situación es difícil para un economista pensar en otras cosas.

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Analizando la problemática de México salta a la vista que necesitamos nuevas fórmulas para lograr la tasa de crecimiento indispensable y modernizar la economía. Además de un programa de integración económica, tenemos que buscar la -convergencia cultural acelerada entre los grupos rezagados y los que crecen y se modernizan. La nueva teoría económica del desarrollo difiere de las expuestas en los textos tradicionales. En las antiguas teorías se suponía que las fuerzas del desarrollo vendrían de afuera hacia adentro. Visualizaban una modernización exógena impulsada por la entrada de capitales, de tecnología extranjera y de empresarismo importado. Por lo que toca al desarrollo interno de cada país, se suponía que habría una expansión automática de las zonas modernas hacia las rezagadas. El desarrollo económico espectacular de algunos países asiáticos indica lo mucho que se puede lograr encauzando las fuerzas interiores sin depender de un influjo de capital externo y sin confiar solo en la economía de mercado. En ello hay lecciones para México.

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La magnitud de nuestro estancamiento
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Las proyecciones económicas indican que la agricultura no podrá ser el eje de nuestro desarrollo futuro. El campo está sobrepoblado y es poco probable que a nivel nacional la producción de granos básicos pueda ser suficiente para satisfacer la demanda de una población en constante aumento. En las naciones adelantadas la agricultura ocupa sólo del 5 al 10% de su población, pero en México el campo alberga a más del 25%. Es indispen­sable para el progreso del país lograr que esta sobrepoblación campesina encuentre ocupaciones alternativas dentro del territorio nacional. La demanda interna de mano de obra no calificada disminuye por el avance tecnológico. Los antiguos colchones que amortiguaban y disfrazaban la crisis del campo ya no son suficientes. La economía informal está repleta, la familia ampliada se ha llenado y la emigración a Estados Unidos es puerta que se ha cerrado violentamente. La conjunción de estos factores hace urgente el establecimiento de agroindustrias o industrias nuevas que ofrezcan alternativas reales para absorber el excedente demográfico rural.

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La meta es que los segmentos marginados de la población rural evolucionen del autoabasto al tianguis, luego amplíen a través de empresas su radio de acción al mercado nacional y finalmente a la economía internacional moderna. Es indispensable reconocer que en un sistema de autoabasto -familiar en minifundios los individuos viven en una esclavitud sin cadenas visibles. Atados a una economía -rudimentaria carecen de la movilidad geográfica y vertical para progresar. Cuando tengan la libertad de movimiento podrán encontrar ocupaciones alternas o convertirse en asalariados con todas las ventajas de seguridad social y servicios médicos que esto implica.

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En los 180 años que llevamos de vida independiente, la “economía de mercado” que fascina a tantos tecnócratas no ha tenido fuerza suficiente para vencer las barreras estructurales que frenan nuestro desarrollo. De los 28 millones de mexicanos que viven en poblaciones menores de 5,000 habitantes, unos 10 millones están marginados de la vida económica moderna por razones geográficas, étnicas, -lingüísticas o culturales. Integrar, incorporar o desmarginar a esta décima parte de la población nacional es la tarea política y económica pendiente. Considerando la realidad de la sobrecarga poblacional existente en el campo, la mayor urgencia es lograr la -sustitución de producciones y la eventual industrialización de lo que hoy son zonas exclusivamente agrícolas. La fórmula pretérita de -sustitución de importaciones que en los años 50 y 60 nos dio crecimiento sostenido se agotó. Hoy necesitamos una sustitución selectiva de producciones y exportaciones.

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Desmarginar y modernizar
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Suena paradójico, pero lo que más requiere nuestro campo es una política de industrialización. La base es establecer empresas que ofrezcan ocupaciones y empleos alternativos a la simple actividad agropecuaria. Los cambios que implica la -sustitución de producciones en el sector agrícola no llegarán fácilmente. Si Hegel viviera en el México actual sería un hombre feliz. Vería que hay quienes propalan como tesis la modernización, que existe como antítesis la fuerza de grupos y partidos políticos que se oponen a todo cambio, y que falta lograr una síntesis hegeliana que nos lleve a la modernidad conciliando las fuerzas hoy opuestas. México vive una situación curiosa donde los nuevos reaccionarios, los que se oponen al cambio, no son los capitalistas o empresarios, sino caciques que quieren conservar su fuerza local, campesinos y grupos étnicos que no visualizan la necesidad del cambio y le temen, tecnócratas y gobierno que se han fijado prioridades sexenales cortoplacistas, así como partidos de oposición que con tal de crear problemas al gobierno azuzan y promueven oposiciones a la modernización. La lógica y la racio­nalidad son fuerzas implacables que eventualmente triunfarán. Falta ini­ciar una política económica que les ayude.

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Nos falta un nuevo enfoque ideológico que motive a dejar atrás el tradicionalismo y el continuismo para entrar de lleno a una -cultura de crecimiento que acepte y promueva los cambios que nuestra realidad exige. No nos bastarán el zapatismo histórico, el etnoromanticismo, o llegar a un -capitalismo preindustrial. El tránsito a la economía moderna requiere un cambio radical de visión y nuevas fórmulas. La migración del campo a las ciudades y la emigración han permitido posponer la solución de los problemas estructurales y de estancamiento histórico en nuestro sector agrícola y zonas marginadas. La depresión que padece nuestra economía general, la falta de crecimiento adecuado del PIB en los últimos 15 años y la contracción alarmante de ingresos en 1995-1996 nos obligan a pensar en fórmula activas y realistas, no románticas, para resolver el problema de la pobreza.

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Eliminar los frenos y descongelar la ideología
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El mundo del siglo XXI será forjado por nuevas tecnologías y fuerzas económicas. Pero la necesaria modernización de muchas zonas de México sigue frenada por barreras raciales y culturales, religiosas y políticas. La Nueva Revolución Mexicana, la del siglo próximo, consistirá en lograr en sólo una generación lo que algunos países hoy desarrollados hicieron en un siglo. El éxito económico a veces ha legitimado a gobiernos no muy democráticos, y el fracaso económico deslegitima aún a los elegidos democráticamente. En México el gobierno, no el Estado, creó un partido dominante que logró consenso político y épocas de crecimiento económico continuo. Las presiones políticas actuales y el crecimiento inercial de nuestra estructura demográfica, exigen que el gobierno logre pronto un nuevo consenso. Urge activar un programa que integre internamente al país y modernice la economía de las zonas reza­gadas.

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Necesitamos ofrecer una tercera vía económica y política. Ésta tiene que ser primero la imagen proyectada, luego una expectativa -creíble , y pronta acción para convertirlas en realidad. Es lamentable que para nuestros políticos sea más importante sobrevivir el sexenio que actuar para el futuro, más urgente apagar incendios que funcionalizar el papel del gobierno y la iniciativa privada para el largo plazo. La historia de México en el siglo XXI será escrita por los cambios que hoy hagamos o -dejemos de hacer. El factor tiempo es vital; el reloj y el calendario son implacables. En la vida de una nación no hay segunda vuelta. Viejos saldos pendientes, rezagos y brechas, enclaves reacios o temerosos del cambio frenan nuestro desarrollo. Ante los problemas reales acumulados la tarea de modernización es difícil pero no imposible.

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Resucitar a Schumpeter
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Dos grandes economistas, Adam Smith y Karl Marx, nos han fallado. Hay que mantener vivo al moribundo Keynes y -resucitar al muerto Schumpeter. Adam Smith, padre de la economía de mercado, posiblemente fue el economista más importante del siglo XVIII, pero sus teorías no han resuelto los problemas de todas las áreas subdesarrolladas. Marx, con su visión del colapso inevitable del capitalismo y de que la economía socialista resolvería para siempre los problemas del mundo, fue el más importante del siglo XIX. Sin embargo, las consecuencias reales no han sido las que él esperaba. John Maynard Keynes, y su tesis de que el Estado tendría que contrarrestar las variaciones de la demanda agregada, fue el más importante del siglo XX. Aun cuando estas tres eminencias nos han enseñado mucho, ninguna de sus teorías es suficiente guía para resol­ver los problemas estructurales de México.

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La economía de mercado y sus beneficios no han penetrado a todas las áreas del país. El marxismo como fórmula de desarrollo y reducción de la pobreza ha fracasado. Aquí tenemos no sólo el -lumpen proletariat descrito por Marx sino que le hemos agregado un lumpen ejidatariat nativo. Las recetas de Keynes para salir de la depresión cíclica y poner en marcha los -poderosos multiplicadores reciclantes de ingresos, ahorro e inversión siguen vivas, aunque es un misterio por qué no han sido aplicadas en nuestra situación actual. Keynes no dio fórmulas adecuadas para vencer el estancamiento histórico. Para ello tenemos que resucitar a -Schumpeter, quien en 1911 escribió su clásica Teoría del Desarrollo Económico. Esta obra, traducida al inglés en 1930 y al castellano en 1946, contiene ideas fundamentales aplicables al caso actual de México. Indican cómo se inicia y extiende el desarrollo y son aptas para lograr la modernización e integración de zonas atrasadas dentro de un país.

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En 1883 nació en Austria Joseph Alois Schumpeter. Por coincidencia fue el año en que murió Karl Marx, economista y politólogo, quien también consideró la interacción de estructura social, ideología política y -economía como motor de los grandes cambios. Schumpeter sostuvo que la teoría económica sola no basta para explicar la realidad total de un país ni por qué ocurren los grandes cambios cualitativos en su sistema productivo. Al usar -repetidamente el concepto de Sozialöekonomik, enfatizó las ligas funcionales entre sociedad, política y economía. Algunos estudiosos han llamado a Schumpeter el “Marx burgués” porque las ideas de ambos constituyen un análisis profundo del desarrollo económico y las transformaciones sociales derivadas de la industrialización capitalista. Marx consideró que las “contradicciones internas” del -capitalismo, el conflicto entre propietarios trabajadores, y las luchas sociales resultantes, eran la fuerza motriz de los grandes cambios e incluso acabarían con el capitalismo. Schumpeter, por el contrario, sostuvo que la libre empresa era la forma más eficiente de manejar la economía y que en ella el empresario -modernizador era el elemento más importante para mejorar el nivel de ingresos, tanto de capitalistas como del factor trabajo. La -experiencia histórica de la parte final del siglo XX parece dar la razón a -Schumpeter. El socialismo puro y el estatismo real se han vuelto opciones menos atractivas que el capitalismo. Este sistema, pese a sus imperfecciones, es el que ha logrado niveles de vida más altos que cualquier otro.

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La relevancia de Schumpeter para México
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La modestia no era caracte­rística principal de Schumpeter. Recuerdan sus alumnos que en cierta ocasión comenzó una conferencia diciendo: “Mis ambiciones en la vida fueron ser un gran economista, un gran amante y un gran jinete. Nunca logré ser gran jinete.” Como -economista no hay duda de que fue grande; como amante tuvo tres esposas jóvenes, bellas, elegantes y de la alta sociedad. En la equitación, empero, jamás ganó un premio.

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Conviene analizar la obra de Shumpeter con la -perspectiva de su relevancia actual para México. Él visualizó el sistema económico conformado por tres partes. La primera es un “flujo circular”, que tácitamente postula un proceso continuo de reciclaje estable y repetitivo de gastos-ingresos-gastos-ingresos. La segunda parte consiste de cambios cualitativos -esporádicos inducidos por las innovaciones que engendran el desarrollo económico. La tercera parte es cuando los nuevos sistemas de producción se vuelven elemento permanente de un nuevo “flujo circular” con mayor nivel de prosperidad e ingresos.

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La visión de Schumpeter de un “flujo circular” con repetición continua sin grandes cambios, es importante para analizar la situación de México que tiene zonas donde, por aislamiento geográfico, marginación étnica o cultural no se han logrado niveles de vida adecuados. Esta tesis de Schumpeter sobre estancamiento en cierta forma coincide con la de Keynes, quien postuló la posibilidad de equilibrio económico permanente o largoplacista con menos de la ocupación plena de los recursos económicos disponibles. Keynes concluyó que corregir este fenómeno requeriría intervención macroeconómica para estimular la demanda cuando fuera necesario. Pero a diferencia de Schumpeter, no relacionó este caso de equilibrio con menos de ocupación plena en las naciones desarrolladas, con la situación de estancamiento histórico que padecen los países atrasados.

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Schumpeter expuso con exactitud el papel vital del empresario en el desarrollo. En su opinión el capitalismo es un proceso de evolución que por naturaleza y forma no es automático. Enfatizó que las grandes aceleraciones en el desarrollo económico, y las épocas de aumento general de ingresos, -no han provenido de las fuerzas del mercado solas, sino del impacto de los empresarios innovadores y sus nuevas tecnologías. La lección para los mercadólatras actuales, descendientes ideológicos de Adam Smith, es clara. Schumpeter reconoció que existen enormes obstáculos para iniciar o activar el desarrollo. El primero es la dificultad que enfrentan los empresarios para estimar la demanda potencial en zonas estadísticamente incógnitas donde no hay información. También consideró que en toda sociedad habría antagonismos a la modernización. Vio que se opondrían factores legales y políticos, hábitos, tradiciones y costumbres, sistemas de gobierno arcaicos, intereses creados y el temor individual al cambio. En cierta forma se anticipó a las tesis de Douglass North, Premio Nobel de Economía 1993, en su obra -Instituciones, Cambio Institucional y Desempeño Económico (FCE, México, 1993).

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La mala suerte persiguió al economista
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Tres años después de que publicó en alemán su Teoría del Desarrollo Económico empezó la Primera Guerra Mundial y puso en lista de espera toda idea de desarrollo. Cuando en 1934 apareció la traducción al inglés el mundo capitalista padecía aún los efectos de la Gran Depresión de 1929, la peor en la historia moderna. Gobernantes y políticos estaban más interesados en soluciones cortoplacistas, urgentes, de tipo keynesiano, para reactivar las economías, que en el desarrollo. Hoy gobernantes y políticos parecen dar más importancia a situaciones financieras inmediatas que a nuestro desarrollo.

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El entorno político y social de México en los años 90, y el que se visualiza para el próximo siglo, es totalmente distinto. El crecimiento demográfico extraordinario, la insuficiencia de la producción agrícola, la marginación persistente y las tensiones sociales dan prioridad a la búsqueda de políticas de desarrollo activas. Es el momento de ver las ideas de Schumpeter como base esencial de programas económicos para resolver los problemas -políticos de México. Urge acoplar internamente nuestra economía, modernizarla en áreas específicas, y hacerla apta para so­brevivir en la economía global.

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Los conceptos de Schumpeter respecto de la importancia del -empresarismo en el desarrollo son de actualidad. Recalcó que cuando se establece una nueva empresa en zona no -desarrollada crea además “un racimo de desarrollo”. La nueva empresa y su -tecnología generan demandas adicionales de insumos, amplían mercados, atraen proveedores, distribuidores y hasta competidores. El resultante es un núcleo de desarrollo con impacto mucho mayor que el de la empresa inicial.

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El uso por Schumpeter del llamativo término “capitalismo destructivo” como parte del proceso de desarrollo fue ideológicamente desafortunado. La idea de destruir algo existente genera reacciones viscerales opuestas. Hay que reenfocar y reexpresar sus ideas con un nuevo concepto de -capitalismo constructivo. La experiencia de los países asiáticos, cuyo desarrollo económico en los últimos 50 años ha sido espectacular, indica que existen nuevas fórmulas, a través de un neoestatismo indirecto o neoempresarismo con enfoque social, para promover un capitalismo constructivo capaz de modernizar rápidamente sus economías.

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El desarrollo sin inflación es posible
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Ciertos políticos actuales sostienen que todo plan de desarrollo tiene altas probabilidades de aumentar la inflación. Financiar sin inflación el desarrollo económico es tema de especial importancia para países como México con bajo nivel general de ahorro. Pero aquí existen muchas empresas prósperas con tecnología avanzada y recursos financieros suficientes enfocables al desarrollo de las zonas atrasadas. Para promover la expansión de estas empresas hacia las zonas más atrasadas es viable establecer sistemas para estimular e incentivar la transferencia interna de estos recursos. Es factible otorgar deducciones fiscales por periodos cortos que compensen el costo-región. Tampoco es inevitablemente -inflacionaria la creación de una infraestructura de servicios y comunicaciones que atienda las necesidades de las nuevas empresas y aumente su producción. Puede pensarse también en deducciones de impuestos para las nuevas empresas que establezcan sistemas de -capacitación. Así, sin gran financiamiento adicional, se podrá iniciar el aumento de ingresos y la creación de ahorro interno para continuar el proceso de desarrollo. La expansión del crédito para financiar el desarrollo, si se traduce en mayor producción, tampoco tiene por que subir los precios. La penetración de empresas a las zonas rezagadas no es necesariamente inflacionaria, ni lo es financiarlas para llenar “nichos” existentes en el mercado nacional o en el sector exportador. El desarrollo sin inflación es viable. No hay por que temer el uso prudente del crédito, sea nacional o internacional, cuando moderniza y aumenta producción e ingresos.

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La importancia política para México de la tesis básica de Schumpeter es que no es posible explicar el cambio económico, llámesele desarrollo o desenvolvimiento, sólo en función de condiciones preexistentes y de la acción de la economía de mercado. Históricamente el impulso al cambio, modernización y desarrollo no ha venido del mercado existente ni de las decisiones inmediatas de los consumidores. Por ello es necesario fomentar nuevas fuerzas complementarias.

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En una frase clave de Schumpeter, “el desarrollo económico no es fenómeno que se pueda explicar sólo económicamente”. Las fuerzas del desarrollo no provienen de las fórmulas y relaciones descritas en la teoría económica.

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La econometría, tan de moda entre los tecnócratas, y la -mercadolatría, que tanto atrae a los políticos, no han sido suficientes para lograr la integración, el cambio y la modernización general de México. Hoy incluso suelen ser pretextos para no hacer nada. Para los políticos es más fácil presumir de modernos, lavarse las manos y afirmar “dejémosle todo al mercado” que actuar. El desarrollo requiere planes y actitudes positivas, y sobre todo el valor de utilizar fórmulas complementarias a la economía de mercado. Schumpeter es más importante hoy que cuando vivía.

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La realidad económica de México, con sus lagunas y obstáculos, rezagos y presiones políticas, no es matemática ni matematizable. El énfasis de Schumpeter en la dinámica del desarrollo es su principal aportación, y de máxima importancia para México. Hoy, más que nunca, son vitales sus ideas. Usémoslas para complementar la economía de mercado con una política industrial activa, enfocada a nichos específicos. México necesita un estatismo indirecto. Urge actuar pronto, antes de que otras zonas rezagadas sigan los pasos de Chiapas y Guerrero y se vuelvan inatractivas a la inversión modernizadora.

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