Rafael Guzmán Mejía. Investigación Ap

La experiencia de este univesitario demuestra que los negocios no están reñidos con la investigaci
Guadalupe Rico Tavera

Para describir con una sola palabra la transformación de Rafael Guzmán Mejía, quizá no hay otra mejor que metamorfosis. Y es que, después de años de haberse dedicado a investigar la naturaleza, sin otro afán que no fuera el científico, se ha convertido en un hombre de empresa y ha descubierto que la investigación no tiene por qué estar peleada con los negocios.

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Nacido en Cihuatlán, hace 44 años, los primeros recuerdos de Rafael se relacionan con el entorno de ese poblado de la costa jalisciense. Quedó tan marcado por ellos, que terminó por estudiar agronomía en la Universidad de Guadalajara (U de G).

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Concluida su carrera, en 1980 inició una exitosa carrera como investigador. Baste decir que a él se debe la idea original de crear la reserva de la biosfera de la sierra de Manantlán. Este proyecto, señala Guzmán, ha sido considerado “como la experiencia en conservación biológica más importante del continente americano”. Además, también es el autor de un descubrimiento de enorme trascendencia para la agronomía: el maíz perenne.

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Preocupación ambiental
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Con esas experiencias en su haber — a las que dedicó nueve años—, Guzmán dejó el país, para estudiar en la Universidad de Wisconsin un doctorado en conservación biológica y desarrollo sustentable. Fue ese posgrado el que lo llevó a la conclusión de que el trabajo del investigador podía cobrar un nuevo sentido si se aplicaba en la solución de los problemas ambientales.

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Al regresar a Guadalajara, en 1993, y encontrar que los estudios de impacto ambiental que realizaban los consultores independientes dejaban mucho que desear, comenzó a pensar en la formación de una empresa dedicada a la investigación aplicada en ciencias ambientales, que fuera competitiva en calidad, tiempos y costos. El inconveniente era que no disponía ni de los recursos materiales ni humanos para montar un negocio de ese tipo. Sin embargo, sabía que la U de G los tenía y ahí buscó apoyo.

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Lo que Guzmán llegó a proponerle a Raúl Padilla López, entonces rector de la casa de estudios tapatía, fue crear una empresa que no sólo abriera una línea de trabajo para otros investigadores, sino que también contribuyera a hacer más eficiente el trabajo de la institución en su objetivo de vincularse con el sector empresarial. Tras varios meses de discusiones, Padilla aceptó la propuesta y, para mayo de 1994, el Centro de Ingeniería Ambiental (CIA) ya estaba instalado en una incubadora de empresas, nacida a iniciativa de la U de G: el Centro Universitario de Emprendedores Tecnológicos.

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Con tres investigadores auxiliares y Guzmán al frente de ellos, el CIA surgió como una célula pequeña. Pero, como empresa parauniversitaria, en cualquier momento puede echar mano de otros investigadores, técnicos y profesionistas de la U de G, así como de sus laboratorios en suelo, agua y aire. “Es una optimización inmensa de recursos humanos y materiales, con los que prácticamente podemos cubrir todos los campos de la ingeniería ambiental”, asegura su director ejecutivo.

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Respaldado por ese potencial, Guzmán y su equipo de trabajo se lanzaron a ofrecer sus servicios entre empresas públicas y privadas. Rápido hallaron respuesta, pues en julio ya estaban realizando un estudio de impacto ambiental para un grupo de porcicultores, que en Sayula, Jalisco, pretendía instalar un rastro. “Aunque fue un proyecto pequeño, nos dio trabajo para dos meses y la motivación para seguir adelante”, recuerda.

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La Secretaría de Pesca fue su siguiente cliente. -Esta dependencia les encomendó un estudio para elevar la productividad de la laguna costera de Chalacatepec. Se trató de un proyecto bastante complejo, que llevó tres meses y medio de trabajo, en el que participó un equipo formado por 30 expertos de distintas disciplinas.

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Aunque para 1995 ya se tenían “amarrados” algunos proyectos, la debacle económica los vino a derrumbar. Sin embargo, lejos de quedarse cruzado de brazos, Guzmán aplicó su mentalidad empresarial: “Si una cosa no funciona, hay que buscar otras de acuerdo con las circunstancias actuales del mercado.” Así, junto con su grupo —al que se habían incorporado tres auxiliares más— planeó e inició dos trabajos de carácter académico: un campamento de educación biológica para niños en el hotel Villa Primavera (otra empresa parauniversitaria), y un proyecto en coordinación con el Instituto Nacional Indigenista (INI) para el reordenamiento ecológico del Archipiélago de Revillagigedo.

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Así, lo peor de la tormenta ya pasó para el CIA. Durante el segundo semestre de 1995, arrancaron con el INI un proyecto para el manejo integral de los recursos naturales de la parte norte del estado. De igual modo, firmaron un convenio para realizar los estudios básicos de medio ambiente en cinco granjas camaroneras de la costa de Jalisco, al que se sumó un ofrecimiento para colaborar con Arregui Choice, un grupo que pretende incursionar en la generación eléctrica a partir de la combustión del bagazo de agave.

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La ciencia de los negocios
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Mientras que los dos proyectos que manejó el CIA en 1994 le reportaron unos ingresos por $175,000 pesos, para 1995 la expectativa era obtener ventas cercanas a $400,000 pesos. A los ojos de muchos, los resultados quizá puedan parecer magros. No para su director, quien por fin ha visto que sus investigaciones, además de ayudar a resolver problemas relacionados con la naturaleza, pueden tener una recompensa económica.

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En realidad, como él mismo explica, de la investigación pura a la investigación aplicada hay una enorme distancia: “En la investigación pura, si uno hace un proyecto, es igualmente válido e interesante encontrar lo que uno busca como no encontrarlo; y no pasa nada. En cambio, en los trabajos para las empresas, uno no puede equivocarse: a la primera hay que acertar y llegar a resultados que convenzan.”

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Pasar de uno a otro enfoque, empero, no ha sido fácil. Si como hombre de ciencia Guzmán contó con una formación académica que muchos envidiarían (entre los múltiples cursos que ha tomado están los de agronomía, ecología, antropología, aves, planificación y manejo de áreas silvestres), como aspirante a hombre de empresa desconocía el teje y maneje del mundo de los negocios.

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De hecho, acepta con franqueza que lo primero que tuvo que aprender fue a valorar su propio trabajo. “Cuando empezamos —relata—, no sabíamos cómo cobrar y casi le decíamos al cliente: ‘Usted díganos lo que nos va a pagar’. Pero el director de la incubadora nos orientó y nos enseñó que no teníamos por qué regalar un trabajo de alta calidad como el nuestro.”

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Por cierto, los servicios y las relaciones que ha encontrado en esta incubadora (donde también se desarrollan otros emprendedores tecnológicos) han sido para él un apoyo invaluable. Es más, Guzmán admite que, de no haber instalado la empresa aquí, no podrían haber sostenido ni los costos de operación ni las inversiones.

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Otro de los secretos que tuvo que aprender en su corta trayectoria al frente del centro parauniversitario, fue saber vender unos servicios que, hasta cierto punto, son vistos como un requisito, y que sólo causan molestias y dinero. “Si lo que más le interesa a un empresario es la eficiencia económica —dice—, nuestro planteamiento va dirigido a hacerle ver que los estudios no sólo van encaminados a prevenir el deterioro del medio ambiente, sino también a reducir sus costos de operación y a prever ciertas cosas, mismas que, si se evalúan con cuidado, eventualmente se van a convertir en una ganancia futura.”

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De cualquier forma, con todo y que Guzmán se siente más capaz y competitivo para desempeñar su nueva faceta, no deja de reconocer que todavía le falta “mucho camino por recorrer y muchas experiencias por tener”.

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