Rafael y Raymundo Gómez Flores

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Jaime Santiago

Cuando habían conquistado por fin a la muy cerrada clase empresarial de su natal Jalisco, los malos negocios, la caída en la economía, la traición de algunos socios y una colección de amistades desafortunadas los mandaron de nuevo al limbo. Hoy, el famoso Grupo de los 10 de la Perla de Occidente está desmembrado, con los Martínez Güitrón perdiéndolo todo y los Gómez Flores luchando por sacar adelante lo que les queda de su imperio. Casi como al principio.

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Cuando Raymundo Gómez Flores empezó a figurar, por ahí de 1989, nadie quería nada con él. Aficionado a las camisas de “luto hawaiano” (en pleno club de Industriales) y de lenguaje igualmente florido, era un recién llegado a las grandes ligas.

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Literalmente salida de la nada, la fortuna de los Gómez Flores empezó con una agencia de viajes y una lavandería para hoteles y moteles abierta por Alfonso Gómez, el padre. A partir de 1980 fue orientada al negocio inmobiliario y constructor, mediante Ararggo, empresa que se dedicó a levantar casas de interés social. El negocio de venderle a los pobres es bueno, pueden atestiguar varios pequeños millonarios en México, por lo que más o menos puede justificarse que al comenzar el sexenio de Carlos Salinas de Gortari, Raymundo formara un grupo para entrarle a uno de los primeros tesoros del gobierno: Dina, todavía propietaria de un gran segmento del mercado de camiones y autobuses en el país.

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Lo que después sembraría muchas suspicacias es que de ahí se siguió de largo. En 1991, mientras su hermano Rafael se dedicó casi por completo a Dina, él organizó la compra de Cremi, el primer banco en desincorporarse, pero lo más espectacular se dio en 1993, cuando el gobierno vendió la televisora estatal.

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Raymundo armó un borlote. Que si había gastado dos años y $20 millones de dólares en un magno proyecto Géminis para prospectar la televisora; que si buscaba asociaciones con multitud de empresarios nacionales y extranjeros; que si Paramount y Capital Cities/ABC estaban con él. Más de uno lo dio por favorito, a pesar de contender con gente de la talla de los Vargas, los Serna y los Sada. Es más, con cada uno de ellos buscó asociaciones, pero por alguna razón nadie le hizo caso. Tuvo que ir solo, quedando en último lugar en el concurso.

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Como para sacarse la espinita pujó entonces por la famosa Asemex y por las cinco plantas de Maíz Industrializado Conasupo (Miconsa). Volvió a perder en la primera, pero le concedieron la segunda, justo a tiempo para salvar su reputación.

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Sin embargo, ya por estas épocas empezaron las malas lenguas a referirse a los Gómez Flores. Alguien empezó a sembrar rumores sobre una supuesta relación muy cercana con el entonces poderosísimo José Córdoba Montoya. Otro dijo con mala leche que Dina tenía capital francés, y una versión más habló de que el hombre detrás de los Gómez Flores era Miguel de la Madrid. Todo se negó con vehemencia.

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Fue sólo el principio de una larguísima mala racha que aún no termina. Un buen día de 1993, Raymundo decidió que necesitaba dinero para otras cosas, así que “fusionó” su banco con Unión, del hoy prófugo Carlos Cabal Peniche. Dos años después, al descubrirse el gran escándalo del empresario del sureste, su participación de 20% en el grupo se volvió aire, su nombre quedó más enlodado que nunca y por esta causa terminó enfrentándose a las autoridades. Para 1996, Dina tenía como 70 auditorias recetadas directamente por el secretario de Hacienda. La investigación fue cumplida con alegría, dado que Raymundo se había dado el gusto de ser muy déspota con los mandos medios de esa dependencia. Su solicitud para abrir un nuevo grupo financiero fue archivada en el basurero. Como corona a todo esto, el Partido Acción Nacional (PAN) ganó en Jalisco, luego de que el Grupo de los 10 hiciera una abierta campaña en favor del priísmo.

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Si las cosas iban mal en lo político, la economía sí que les dio la puntilla. El error de diciembre terminó con los proyectos de expansión internacional de Dina, que ya estaba comprando empresas en Estados Unidos (MCII) y cerrando un jugoso trato con Fiat, que quedó congelado. Su socio tecnológico, Navistar, encontró que era el momento preciso para abrir su propia empresa en México… y la deuda del consorcio se elevó a $340 millones de dólares.

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Los Gómez Flores apenas se están reponiendo de tantos golpes. Para su fortuna, Minsa resultó ser todo lo buen negocio que esperaban, y es el changarro que los está sacando de la barranca. Claro que de ahí a volver al candelero, falta mucho tiempo…

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