Ratones con ínfulas de león

Mientras los bancos del mundo se consolidan en tamaño, los mexicanos parecen cada vez más rezagado
Joaquín Fernández Núñez

El sector financiero mundial se está moviendo a velocidades nunca vistas desde hace, por lo menos, 20 años: la feroz competencia, propiciada por la globalización y la apertura de los mercados está forzando a los protagonistas del sector a adquirir cada vez mayor tamaño para competir fuera y dentro de sus tierras de origen.

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Así, cuando en 1995 la clasificación de los 10 bancos más grandes del mundo mostraba una notable hegemonía de las entidades japonesas, los resultados de un año después reflejan un mayor equilibrio de fuerzas entre las entidades asiáticas, estadounidenses y europeas. Ésta es una de las principales conclusiones que se pueden extraer al contemplar la lista correspondiente a 1996 de los 1,000 principales bancos del mundo que publica anualmente la revista -Institutional Investor.

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La razón de esta súbita defenestración de los japoneses de los principales puestos de la clasificación se debe, en gran parte, al impresionante avance registrado por los bancos estadounidenses. Basta con reseñar los casos del Chase Manhattan Bank –que pasó de estar en la posición 44 a la tercera en la tabla– o de Wells Fargo & Co. –que avanzó de la 92 a la 14–, ambos fruto directo del intenso proceso de fusiones que vivió el sistema financiero estadounidense a lo largo de 1996.

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Esta tendencia, aseguran los analistas, proseguirá gradualmente a lo largo de los próximos años en todos los continentes. Y es que, como ya ocurre en otros muchos sectores de actividad, en el ámbito financiero recurrir a una frase como “la unión hace la fuerza” nunca había adquirido tanto sentido como hasta ahora.

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Por la misma razón, el sector financiero mexicano sale bastante maltrecho en esta clasificación. En un año en el que la enorme crisis que arrasó con la actividad en México daba ya sus últimos coletazos, el principal banco del país, Banamex, apenas llegó a ocupar el lugar 162 en la clasificación, situándose como el cuarto banco de América Latina, muy por detrás de los brasileños Banco do Brasil, Bradesco e Itaú, ubicados en la posición 68, 69 y 100, respectivamente.

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En peso relativo, la suma total del capital principal de los nueve bancos mexicanos que figuran entre los 1,000 más importantes del mundo apenas alcanza 25% del capital del décimo de la clasificación, Union Bank of Switzerland.

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Así pues, es claro que las entidades mexicanas prefieren, por el momento, contentarse con ser cabeza de ratón y no cola de león. Salvo Inbursa, que intensificó su actividad en banca de inversión, ninguna de las instituciones mexicanas parece haber ganado posiciones significativas en la clasificación. Serfin, debido a sus enormes problemas de capitalización, pasó de la posición 356 a la 445.

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Y es así como se impone la pregunta de los muchos millones de dólares –para beneficio del sector–: ¿Cuándo se empezará a ver en el sistema financiero mexicano un proceso de grandes fusiones similar al que está aconteciendo en el resto del mundo? Algunos analistas vaticinan que, debido al afán de individualismo que todavía albergan muchos de los banqueros del país, habrá que esperar, cuando menos, cinco años. Sin embargo, ya existe una gran mayoría de especialistas que se aventura a pensar que pasará mucho menos tiempo para atestiguar asociaciones “sorpresivas” entre las principales instituciones del país.

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La reventa de bancos a otras entidades con serios problemas como Inverlat, Banco Unión, Banpaís o Confía a instituciones de mayor peso como Bank of Nova Scotia, Probursa, BBV y Citibank; o bien la participación del Hong-Kong Shanghai Bank (HSBC) y el Bank of Montreal en bancos del tamaño de Serfin y Bancomer, podría ser un discreto preámbulo de lo que habrá de acontecer más pronto que tarde en el sector.

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En la tabla adjunta se reproduce un extracto de la lista publicada por -Institutional Investor, con los 10 principales bancos en el mundo durante 1996, así como todos los bancos mexicanos incluidos entre los 1,000 más grandes. La clasificación se efectúa por capital principal (contribuciones, provisiones por riesgo bancario, participación accionaria, excedentes de capital, ganancias retenidas, utilidad neta, reservas y ajustes por movimientos de divisas) y no por capital total porque, según la revista estadounidense, se trata de una variable más confiable.

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