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Pocos críticos tiene el presidente Ernesto Zedillo como Raymundo Riva Palacio. Emparentado en espíritu con Daniel Cosío Villegas, Manuel Buendía y Lorenzo Meyer, el robusto autor de “Estrictamente personal”, que se publica todos los lunes en el diario -Reforma, está convencido de que es mejor señalarle a un primer mandatario sus errores -durante su gobierno “y que no nos suceda como con Salinas, De la Madrid y López Portillo, en donde las críticas llegaron de manera canibalesca ya que habían dejado la presidencia”.

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Premio Nacional de Periodismo 1985, becario de la Fundación Nieman en la Universidad de Harvard, y actual subdirector de Investigación y Reportajes Especiales de -Reforma, Riva Palacio habló con EXPANSIÓN sobre el primer año del presidente Zedillo.

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La charla se realizó días antes de que se anunciaran cambios de titular en las secretarías de la Contraloría y de Energía, y en la dirección general de Comunicación Social de la Presidencia. El periodista ya cuestionaba entonces a Ignacio Pichardo y a Carlos Salomón. Y señalaba: “Si no hay una reorientación de la política es irrelevante un cambio de gabinete”. Esta es una versión abreviada de la conversación.

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A partir de lo visto en el primer año de Ernesto Zedillo, escribía usted que “su presidencia ha sido coyuntural, inmediatista y de corto plazo”. ¿Puede abundar al respecto?
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En el discurso tiene una ruta de largo plazo. En la práctica, esta presidencia ha sido reactiva a lo que ha venido sucediendo; impulsiva, temperamental, emocional. Es una presidencia que, aunque ya estamos a principios de 1996, no ha terminado 1994; ha ido actuando de manera inmediatista en función de los movimientos internos del gabinete. Si en un momento dado una fuerza presiona por una solución militar en Chiapas, el presidente Zedillo ha cedido, ha iniciado la acción, ha visto la reacción, y entonces otra fuerza política dentro del gabinete le ha dicho que esa no es la opción, lo ha convencido, y él ha dado un giro de 180 grados.

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Es un presidente de discursos y de eventos consecutivos, y no ha permitido que la gente los asimile. No ha fortalecido los programas que ha anunciado. Además, con una confusión sobre lo que es la autoridad —al hacerla igual a autoritarismo—, se ha retraído de la tarea de un Presidente, que sería fijar los parámetros de una arena política, y en el vacío que ha dejado ha propiciado que choquen las fuerzas.

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¿Ese modo personal de gobernar responde a su carácter de candidato emergente?
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Va más allá. Responde a su carácter, no a su circunstancia. Por su carácter, él es un gran técnico, un gran burócrata. Es una persona que se maneja perfectamente bien en su universo de cubículo. No es una persona que le invierta tiempo a la negociación política, a estar hilvanando a las diferentes fuerzas, a estar desactivando problemas. Es capaz de meterse a escribir el capítulo económico en los días previos al informe presidencial. Eso lo haría un burócrata, un asesor, pero no un Presidente. Es un Presidente que no está en el faje político diario, que cuando va a giras en el país se encierra en el avión y no habla con los miembros de su equipo, ni con sus invitados. Es un Presidente que rehuye al público; que está proyectando, por decisión propia, la imagen de un hombre que está de rehén en Los Pinos, una imagen de cobardía frente a las realidades y un enorme miedo de volver a equivocarse. ¿Es cierto o no es cierto? Sólo él lo sabe, pero ésa es la percepción. Él ha cometido el terrible error, que cometen quienes son ingenuos en política, de no comprender que un presidente de la República no se construye sobre hechos, sino sobre percepciones. Los hechos los tiene que hacer su equipo; él tiene que cambiar las percepciones, pero no lo quiere hacer.

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Las condiciones que lo llevan a la presidencia —un puesto para el que no se había preparado, al que no aspiraba y no quería— acentúan estas características. Él es Presidente aún en contra de su propio deseo. Es una víctima de las circunstancias y una pieza de relevo cuya función es consolidar una profunda reforma económica que se viene dando desde el gobierno de Miguel de la Madrid. A esto se le añaden dos asesinatos políticos, una descomposición general del sistema, un desmantelamiento del régimen, la ausencia de una alternativa de desarrollo y la falta de un equipo que le dé el apoyo suficiente para que él pueda dirigir.

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¿Las inconsistencias en la conducción del presidente Zedillo responden a la conformación original de su gabinete?
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No responden, pero sí acompañan a una conformación errónea del gabinete. En el curso de los seis primeros meses el Presidente perdió a sus tres más cercanos colaboradores: el secretario de Hacienda, el de Educación y el de Gobernación. Cuando menos en dos casos —Hacienda y Gobernación— tiene que ver con un cambio o una ausencia de señales. En el caso de Esteban Moctezuma, fue el propio Presidente —sin que yo piense que lo hizo deliberadamente— quien fue socavando su autoridad. Moctezuma fue un secretario al cual le cambiaba señales y le quitaba capacidad de negociación y legitimidad frente a las fuerzas políticas. Jaime Serra Puche se metió a la cabina del -Boeing 747 a manejar un problema, él no se subió de copiloto y el secretario se estrelló. Y a Fausto Alzati fue incapaz de decirle que se callara, que asumiera el costo político que estaba significando el escándalo de su no titulación y que buscara trabajar de otra manera para salvar su prestigio.

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Pero también hay funcionarios que estuvieron mal ubicados. El caso más claro es el de Herminio Blanco, en Comercio; una persona a la cual lo metieron en una contradicción existencial: durante seis años le pidieron acelerar la apertura de la economía y en el actual sexenio le piden reducir la aceleración y cambiar de orientación.

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Otros secretarios fueron incluidos por compromiso, como Ignacio Pichardo. Antítesis de secretarios, como José Ángel Gurría. La diplomacia requiere discreción, que es exactamente lo que no tiene Gurría. No ha habido más conflictos diplomáticos con otras naciones porque el peso de los acontecimientos políticos nacionales es tan grande que esconde las enormes torpezas verborreicas del canciller.

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Usted opinó que el presidente Zedillo “está obligado a una reorganización interna de su equipo”. ¿A quién reemplazaría y por qué?
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Si no hay una reorientación de la política es irrelevante un cambio de gabinete. Yo no me iría tanto a señalar a quién, sobre todo porque no tengo la información suficiente, como la tiene el presidente de la República, para poder hacer ese tipo de evaluación. Pero quizá sea un asunto de ver quiénes son los que se agotaron en su interlocución política con las fuerzas con las que tienen que ver y de qué manera se puede tejer nuevamente esa relación. Cuando a un Presidente le llegan directamente los problemas que suceden en un país, como es el caso, significa que su equipo ya no está sirviendo de amortiguador. Un Presidente debe ser la última instancia de decisión, no una de las primeras, porque entonces él es quien se desgasta.

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¿A quién reacomodaría?
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Me parecería poco serio empezar a soltar nombres. Aunque sí creo que se puede hablar en términos de desgaste, y en este sentido creo que es indudable que el del gobernador del Banco de México ha sido enorme, y al negarse el presidente Zedillo a que se dé un relevo ese desgaste ya se le está endosando a él. Pienso que el desgaste de su director de Comunicación Social (el entrevistado se refiere a Carlos Salomón, quien ya fue relevado en ese puesto) es tan grande que ya dejó de ser una pieza valiosa para el presidente y se está convirtiendo en un lastre.

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Usted es de los que no se han creído lo del “presidencialismo acotado”. ¿Por qué ?
-Porque no es cierto. Creo en una presidencia acotada, pero no en función de un decreto o de lo que quiera hacer el Presidente, sino acotada en el sentido de que los otros poderes —el Legislativo y el Judicial— sean fuertes. Eso es lo que establece pesos y contrapesos, lo que lleva a mecanismos de rendición de cuentas.

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La presidencia acotada tiene como espejo que la desmiente las presiones que se hicieron sobre los diputados del PRI para aprobar el incremento al IVA. Recuerdo la frase de un diputado que me refleja perfectamente lo que es este sistema político: “Yo no voy a ser presa de las presiones de mis representados”. Es decir, los representados son los que le entregan su mandato para que tome decisiones y él dice que no les va hacer caso, sino que le hará caso al presidente.

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Creo, sin embargo, que el de Zedillo no es el presidencialismo de Gustavo Díaz Ordaz o de otros presidentes, pero no porque yo no piense que tiene en su temperamento las mismas raíces, sino porque las condiciones tampoco se lo permiten.

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A los que hablan de la debilidad del presidente Zedillo para encabezar un esfuerzo nacional se les ha acusado de añorar el viejo y férreo presidencialismo. ¿Qué piensa de eso?
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Es una chicanería semántica. Es producto de la confusión y de la ingenuidad. Yo no creo en el autoritarismo, pero sí en un presidente que sea el jefe del Estado, que establezca a través de una autoridad los grandes parámetros en los cuales se va a dar la vida política de este país. Que diga: “Señores, éste es el gran rumbo por el cual queremos transitar, ésta es la idea de nación que tengo. Discutámosla.”

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A mi me gusta mucho hacer la analogía de Zedillo con Mijail Gorbachov y con Frederik De Klerk. Gorbachov, en la hoy extinta Unión Soviética, hizo exactamente lo que está haciendo Zedillo; es decir, propiciar un cambio, abrir todo. Lo que hizo, y lo decía en privado, fue dejar que las cosas se fueran acomodando de manera natural. Lo que De Klerk hizo en Sudáfrica, con una visión mucho más autoritaria que la de Gorbachov, fue forzar a la minoría blanca a abrirse políticamente porque las condiciones internas y externas así lo exigían. ¿Cuál es el resultado? Sudáfrica es gobernada hoy por Nelson Mandela y está en un proceso de transición menos sangriento que el que se preveía. La Unión Soviética se desintegró cuando se dijo: “Señores, dejemos todo a las fuerzas naturales”. Las fuerzas naturales no se acomodan democráticamente en una sociedad que no es democrática.

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Estoy convencido de que entramos a una transición democrática. De lo que no estoy seguro es de cómo vamos a salir de ella, porque al no utilizar el poder que tiene la presidencia para llevar a cabo un proyecto que tiene en el discurso, lo que provoca es que otros grupos quieran ese espacio, y en este país los que pueden llenarlo son los viejos grupos que quieren regresar al pasado.

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En el primer año del presidente Zedillo sobresalió un rumor: el de un golpe de Estado. “Históricamente —escribió usted—, los rumores han molestado porque contienen dosis de verdad.” Y dijo que hay malestar en círculos militares por “el rumbo dogmático del modelo económico”.
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La molestia en estos sectores es por la forma como se están haciendo las cosas. Lo que no quieren es que esto culmine con problemas en la calle, porque saben que si esto se da, ellos serán los que tendrán que entrar a resolver un problema de orden público. Y no quieren pagar el costo político de 1968; no quieren que se genere una crisis que termine con la intervención de los militares, aunque no necesariamente con la toma del poder.

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Un asunto en donde hubo intervención militar y que usted abordó fue la detención de Fernando Yáñez Muñoz, “Germán”; una detención cuyo primer afectado, opinó usted, fue el propio Presidente, pues hay una “creciente percepción de que no tiene realmente el control de lo que pasa al interior del gobierno”.
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En efecto, lo que señalé fue un problema en la comunicación política; en cómo se estaba expresando el Presidente hacia el interior de su gabinete. Él lo dijo públicamente: “Lo que yo digo como Presidente tiene diferentes interpretaciones”. Por supuesto. El Presidente cuando sugiere, ordena. Cuando expresa un deseo, sus colaboradores lo interpretan como una instrucción. Esto es lo que yo he tratado de explicar: la manera como el Presidente se está comunicando hacia el interior de su gobierno es errónea, porque no es clara. No usa un lenguaje presidencial, sino uno de funcionario del Banco de México. No puede haber mensajes cruzados. Esto fue lo que le pasó con Moctezuma. Esto es lo que le está sucediendo con “el caso Colosio”, que a fin de cuentas se está convirtiendo en “el principio de Peter” de México: todos estamos llegando a nuestro nivel de incompetencia.

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Con respecto a las revelaciones de corrupción en la administración anterior, usted señaló que Zedillo tiene poco margen de maniobra, “pues el sistema corrupto que combate, es el mismo que lo puso en el poder”.
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Yo quiero pensar que el presidente tiene cinco años por delante. Él puede hacer una corrección, y lo ha hecho. Sus hijos, por ejemplo, ya no hacen fiestas en Los Pinos. Me parece perfecto: que las hagan donde no sea patrimonio de la Nación, donde no paguemos el mantenimiento con nuestros impuestos. Éstos son los momentos en los que uno puede ayudar a los líderes a saber lo que piensa la gente, aunque suene terrible lo que escribimos. A Salinas lo crucifican ahora y no sabemos qué pasará cuando venga la revancha contra Zedillo. Él puede componer esto empezando desde ahora.

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¿Usted sabe si lo lee el Presidente?
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Me imagino que al menos sí lee algunos textos. No sé que tanto tiempo le dedique a la lectura de periódicos.

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¿No ha llegado a comentarle algún artículo?
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No he platicado con él desde junio. Los ha comentado con otras personas, en diferentes tonos; el de la corrupción, por ejemplo, en un tono muy airado. Pero hay algo que debo reconocerle: hasta hoy no ha sido irrespetuoso con las ideas.

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Usted cuestiona duramente varios aspectos de la presidencia actual, pero no ha llegado a escribir un “renuncie, señor Presidente”. ¿Cree honestamente que Zedillo puede mejorar su gestión con la crítica?
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Absolutamente. El día que pensé que una persona debía renunciar lo escribí: “Que se vaya Serra”. No es el caso de Zedillo. Lo peor que puede pasarle a México como país, y a nosotros como mexicanos, es que renuncie. Si se va por cualquier razón, carecemos de la experiencia para transitar en una situación así. Somos una sociedad convulsionada. Hay que ayudar para que se expanda lo bueno y apoyar a un Presidente que, cuando menos a nivel de pensamiento, quiere intentar el cambio. La crítica no es ni para quitarle poder —finalmente nadie en los medios puede hacerlo—, ni para ir mermando su autoridad, sino para ir diciendo las cosas durante su gobierno y que no nos suceda como con Salinas, De la Madrid y López Portillo, en donde las críticas llegaron de manera canibalesca ya que habían dejado la presidencia. Somos ciudadanos de un país porque reconocemos una autoridad, pagamos impuestos y convivimos en grupo, y tenemos derecho a exigir una mejor sociedad y mejores líderes.

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