Razones para gozar Oaxaca

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Luca Manterola

Sobran motivos para visitar esta tierra mágica, llena de bellezas y atractivos. Oaxaca es un baúl de tesoros que ofrece a visitantes nacionales y extranjeros historia, arte, gastronomía, clima, así como una respetable infraestructura turística. De modo que pretextos para dedicarle unos días a esa maravillosa entidad sobran. Por razones de espacio, aquí simplemente se proponen convincentes motivos para visitar la capital, la señorial Antequera, y sus alrededores, zona que por sí sola amerita una gira de, al menos, un fin de semana.

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Oaxaca es un lugar que atrapa por su arquitectura, su comida, su paisaje, su orgullosa gente, su rica tradición. Sirva de consuelo saber que muchos deben hacer un largo vuelo y molestas conexiones para rendirle culto a esta ciudad, mientras que uno la tiene al alcance de la mano.

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¿Le gusta comer bien? ¿Es aficionado al buen mezcal? ¿Es de los que no cambian por nada el explorar, palmo a palmo, ruinas arqueológicas y estudiar a fondo las culturas prehispánicas? ¿Le fascina fotografiar arquitectura colonial? ¿Usted y su esposa gozan al máximo meterse a los mercados, para comprar artesanías y comida típica? ¿Es de los que cuando viajan se instalan en concurridos cafés al aire libre, a ver pasar gente y gozar del improductivo y disfrutable dolce fare niente?

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Oaxaca se precia, entre tantas cosas, de su variada y suculenta gastronomía. Sus platillos pueden resultar algo grasosos y no aptos para quienes vigilan el contenido de colesterol en su alimentación, pero al vacacionar uno suele concederse ciertas licencias. Qué decir del mezcal, bebida menos popular que el tequila, que puede disfrutarse en exquisitas presentaciones y variedades. En Santa María del Tule hay una popular tienda de dicha bebida que se llama El Cielo (por algo ha de ser).

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Desde artesanías textiles o de piel, hasta delicias para comer (quesos, moles, tasajo, panes, dulces ... ), el surtido que ofrece en variedad y precios el concurrido mercado de la capital no tiene comparación. Se vale regatear: si gordas matronas de Wisconsin o adustos viajeros alemanes lo hacen, usted bien puede ejercitarse en estas artes de la mercadotecnia con los astutos marchantes.

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Después de perderse dos o tres horas en los pasillos del mercado y llenarse de obsequios para usted y los suyos, regálese un café en los portales, frente al zócalo (por fortuna, ya cerrado al tráfico vehicular). Deje que sus pies descansen, recupere fuerzas, y dedíquese a ver pasar gente o deléitese con las gracias de un ocurrente mimo.

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Aún hay más. A un paso del corazón de la ciudad, se encuentra un disfrutable andador peatonal para recorrer el centro histérico. Galerías, boutiques, museos, restaurantes... el abanico se extiende a los ojos del curioso visitante. Pero hay que reservar tiempo y ánimo para visitar las joyas y monumentos arquitectónicos que ofrece esta ciudad, catalogada por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad. De entre las maravillas para visitar, destaca por méritos propios el templo de Santo Domingo de Guzmán. Abierta al culto desde 1608, esta soberbia muestra del barroco dejará estupefacto al menos sensible. Al lado de Santo Domingo, se encuentra el Museo Regional. Por ningún motivo se prive de tal placer; no se arrepentirá. Y si se habla de museos, hay otros también excelentes, como el Instituto, de Artes Gráficas, el Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca y el Rufino Tamayo de Arte Prehispánico.

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Por esos rumbos, se encuentra el ex convento de Santa Catalina de Siena, edificio que data del siglo XVI. En su accidentada vida, ha sido lo mismo sede del ayuntamiento, que cárcel municipal, escuela y sala de cine. Actualmente, sirve como hotel, y desde hace unos meses es operado por la cadena Camino Real. Si bien sus 91 habitaciones pueden resultar insuficientes para recibir a tanto turista (entre sus visitantes se encuentran los Reyes de España), no está de más ir a comer a su restaurante o a echar un trago en sus bares, y gozar de sus jardines y pasillos. Gánese la confianza de algún empleado y quizá le cuente del fantasma que, se dice, merodea por el hotel todas las noches.

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A un paso de la capital están -por rumbos distintos- dos importantes zonas arqueológicas: Monte Albán y Mitla. Centro zapoteca, Monte Albán se ubica a 10 kilómetros de la ciudad y está muy bien conservada. Además, cuenta con un cómodo museo y aceptables servicios. Agénciese un buen guía -los hay de sobra- y podrá llenarse de historia. Mitla, construida por mixtecos y zapotecas, está más retirada (46 kilómetros) y muestra claras señales de abandono y deterioro. Sin embargo, tiene una gran ventaja para el viajero: un buen mercado de artesanías. Además de la variedad y calidad de los artículos, no dejan de llamar la atención los precios irrisorios con que las vendedoras ofrecen sus mercaderías: manteles, ropa, joyería, figuras decorativas, artículos de piel...

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Tirano implacable, el espacio obliga a poner un alto a estas líneas salpicadas de adjetivos bien merecidos por Oaxaca. Y eso que no se habló de festividades como la Guelaguetza, de la infinidad de poblaciones aledañas, y de tantas cosas que deben mencionarse de esta mágica tierra.

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