Reaparece Camila <i>la neuras</i>

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“Hay personas, como la célebre sobrina del Gordo Basurto -(Camila, la neuras), que juzgan su propia vida con los mismos criterios con los que un potencial inquilino pondera las ventajas y las desventajas de alquilar un departamento. “Está bien la renta, pero el vecindario es repugnante” o, al contrario: “es un lugar adorable, lástima que sea tan caro”.

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Camila, como se recordará, es esa jovencita inestable que muda de parecer con facilidad asombrosa. Un día repite la predicación ecologista y al día siguiente entona las alabanzas del motor de combustión interna.

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Pues bien, Camila ha reaparecido sorpresivamente en la vida apacible del -Gordo Basurto. No se sabe si los padres de Camila han desistido de su tarea y la han despachado a los cuidados de ese tío de talante filosófico (mi amigo el -Gordo), o si espontáneamente Camila ha encontrado un consuelo en los consejos ligeramente enigmáticos de su pariente, Aníbal Basurto. Sea de ello que fuere (como decían los clásicos de hace 25 años), la jovencita acude ahora con regular frecuencia a solicitar el auxilio moral de su tío.

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De la volubilidad de opiniones, Camila ha evolucionado hacia lo que podríamos llamar la cavilación sistemática acerca de la vida. Esto no es lo mismo que la metódica duda de René Descartes, sino un mecanismo de razonamiento que se ejemplifica como sigue:

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“¿Compensan las ventajas de la juventud, los inconvenientes de la inexperiencia?”, “¿vale la pena sacrificar el frenesí de la discoteca por los placeres de la lectura?”, “¿ser novia de Juan vale lo suficiente como para dejar de coquetear con Pedro?”, “¿el fervor del nacionalismo revolucionario compensa los inconvenientes de abandonar el liberalismo social?”

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La última pregunta, motivada desde luego por la reciente asamblea de los priístas, podría ser el punto de partida para que la cavilación sistemática de Camila se transforme en célebre metodología de análisis político. No se trata de una cuestión que pueda resolverse con el tradicional método de verdadero o falso (algo al parecer poco relevante para los políticos), sino con la brújula del pragmatismo: ¿Dónde hay mayores ventajas?

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Veamos primero las desventajas del liberalismo social: 1. Está asociado con Carlos Salinas de Gortari y eso en estos días “no se lleva”, es tan impopular como usar abrigo en la playa. 2. De suyo el liberalismo social es una mezcla difícil, es tanto como ser -yuppie lunes, martes y miércoles y “morralero” el resto de la semana (o modernizar al país un día, para al siguiente disfrazarse de Santa Claus con el logotipo de “Solidaridad”). 3. Cierra el abanico de posibilidades para encontrar una “chamba” bien pagada en la que no se hace nada, es decir en el sector público, en un sindicato o en una empresa paraestatal.

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También tiene sus ventajas: 1. Estimula la iniciativa individual. 2. Abre las ventanas del país al mundo, lo que permite que entre cierto aire fresco que buena falta nos hace. 3. Favorece la competencia, lo que beneficia a los consumidores. 4. Propicia la sensatez en la economía, en lugar de los dogmas que nos han llenado de reglamentos y prohibiciones en nombre de una etérea justicia social, y 5. La igualdad es su punto de partida (igualdad de oportunidades en un mercado libre), en lugar de que sea el siempre prometido y nunca alcanzado punto de llegada de las utopías socialistas.

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Por su parte, el nacionalismo revolucionario tiene sus desventajas: 1. Sólo funciona en beneficio de los dueños de la retórica nacionalista y revolucionaria (es decir, ¿de qué me sirve que el gobierno siga siendo propietario de las plantas petroquímicas si no cobro mi sueldo en Pemex, ni pertenezco a su sindicato?). 2. Es aburrido y reaccionario. 3. Propicia la corrupción en nombre de los grandes ideales revolucionarios. 4. Estorba la iniciativa individual. 5. Requiere que el atraso y la pobreza sean permanentes para que el concepto de nacionalismo revolucionario funcione.

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Por supuesto, el nacionalismo revolucionario tiene sus ventajas: 1. Permite lavar un pasado salinista que hoy es causa de bochorno. 2. Podría ser el acceso más expedito a un puesto público sin cursar el penoso expediente de una votación libre. 3. Proporciona una coartada a la conciencia: los privilegios que hoy disfruto sólo son un anticipo de los que disfrutarán un día todos los mexicanos, yo sólo soy la vanguardia revolucionaria. 4. Evita los riesgos de la competencia, en la que uno puede perder si es menos capaz, menos preparado o menos diligente. 5. Es tal vez la única garantía de que este terruño seguirá siendo único en el mundo (“como México no hay dos”), el único, por ejemplo, en el que las funciones públicas son patrimonio privado de los funcionarios.

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Llegados a este punto hay que escoger. Ese es el problema. ¿Entienden ahora por qué Camila sufre?

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El autor es director editorial de noticiarios de TV Azteca y colaborador de El Economista.

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