Respuesta a Carlos Salinas. La crisis ec

Más allá de la justificación o condena de una estrategia económica, el debate en torno al conten
José Luis Calva

En este México que parece asumir trágicamente en serio la teoría de la reiteración de los ciclos históricos, es crucial, para escapar de esta fatalidad, esclarecer cómo fue que el país se hundió, durante los años 1994-1995, en el peor desastre financiero de su historia y en la más grave crisis de su economía real desde la gran depresión de 1929-1932. “Estudiar el pasado para aprender el futuro”, reza el adagio japonés.

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Desde luego, si alguien esperaba encontrar en el libro del ex presidente Salinas (México. Un paso difícil a la modernidad, Plaza y Janés, Barcelona 2000) un análisis realmente objetivo de su gestión, lo que habría implicado una autocrítica serena de su estrategia económica, cerrará el libro decepcionado. Si bien no le está absolutamente negada cierta capacidad autocrítica (puesto que reconoce fallas secundarias), su libro es, más bien, una justificación arrogante de su estrategia, una auto exculpación y una condena del presidente Zedillo como el verdadero culpable de la macrodevaluación y la terrible crisis financiera (amén de ser, desde luego, el único responsable de la crisis de la economía real, cuyos costos económicos y sociales gravitan aún pesadamente sobre las mayorías nacionales).

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Crónica de un desastre anunciado

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En su Sexto informe de gobierno, el presidente Salinas afirmó: “En materia económica, el reto que asumí al iniciar mi mandato fue claro: reducir la inflación y recuperar el crecimiento sobre bases perdurables”. “Hoy, al realizar un balance [...] podemos sentirnos alentados por la solidez de nuestros logros [...]. Comenzamos una etapa de crecimiento gradual y sostenido [...]. Atrás quedaron los problemas de deuda, de déficit, de inflación y de crisis”. Cincuenta y dos días después sobrevendría el colapso financiero y cambiario, la inflación galopante, la peor crisis de la economía real desde la gran depresión de 1929-1932 y el mayor desastre del sistema bancario jamás conocido en México.

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En la tradición mexicana de las últimas décadas, el contraste entre la halagüeña autoevaluación presidencial y la realidad no es sorprendente. Lo realmente singular estriba en que el expresidente Salinas tenga, hoy día, la misma visión del México de 1994 que tenía entonces: “El desastre económico y social de 1995 –escribe Salinas– fue producto de un gran error que convirtió en crisis un problema manejable” (p.1080). “El país se encontraba listo para el crecimiento sostenido. No había razones para pensar en una crisis financiera; sólo un golpe contra la confianza en la solidez de la economía podía provocarla” (p. 1106).

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Por desgracia, el acendrado triunfalismo de Salinas estaba montado en una bomba de tiempo que él mismo construyó. De hecho, los focos rojos encendidos en el sector externo fueron oportunamente señalados por economistas mexicanos, que también sugerimos las medidas correctivas pertinentes. Por lo menos desde 1992, cuando el déficit comercial ascendió a $20,776 millones de dólares (mdd) y el desbalance de la cuenta corriente alcanzó los $24,804 mdd, estaba indicada a todas luces la necesidad de realizar cambios relevantes en la estrategia económica, incluyendo una prudente correción cambiaria, también recomendada desde fines de 1992 y principios de 1993 por los profesores Dornbush y Krugman. Sin embargo, estas voces de alerta fueron desestimadas.

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En vez de admitir que el enorme déficit de cuenta corriente, con el consiguiente crecimiento vertical de los pasivos externos configuraba una bomba de tiempo que debía ser desactivada, el presidente Carlos Salinas, su secretario de Hacienda y su gobernador del Banco de México festinaron ambos procesos presentándolos como logros o cartas de triunfo de su estrategia económica. Así, a escasos días del colapso financiero y cambiario, Miguel Mancera afirmó: “el tamaño del déficit [de cuenta corriente] es un poco la medida del éxito del país y no del fracaso” (Tendencias Económicas y Financieras, Grupo Editorial Expansión, México, 12/xii/94).

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El problema estribó, precisamente, en que la tecnocracia neoliberal jugó a los dados a México, apostando a la sostenibilidad de los flujos de ahorro externo. Como señalamos en nuestro libro El modelo neoliberal mexicano. Costos, vulnerabilidad, alternativas (Fontamara, 1993): “El enorme déficit comercial y el desbalance de la cuenta corriente colocan a la economía mexicana en una situación altamente vulnerable: los precarios equilibrios macroeconómicos pasaron a depender de una variable exógena: El flujo creciente de ahorro externo y la retención en el país del capital extranjero previamente ingresado, colocado en los mercados accionarios y de dinero caliente”. “La vulnerabilidad externa es mayor ahora que en los días previos a la crisis de la deuda que estalló el 20 de agosto de 1982. Entonces, los pasivos globales de México con el exterior ascendían a $88,935 mdd: $78,149 de deuda externa (de los cuales $57,400 eran deuda pública y $20,749, deuda privada y bancaria) más $10,786 millones de inversión extranjera directa; mientras que a diciembre de 1993 los pasivos globales de México con el exterior –que crecen aceleradamente– ascienden a $245,642 mdd: de los cuales $127,146 son deuda externa ($78,747 de deuda pública y $48,398 de deuda privada y bancaria), $41,930 millones de inversión extranjera directa (sin incluir revaluación de activos), y $76,567 mdd son inversión extranjera de cartera (incluyendo las colocaciones extranjeras en mercado de dinero)”. “Así, la economía mexicana se encuentra en riesgo de una crisis financiera más profunda que la de 1982, no sólo por la magnitud de nuestros pasivos externos, sino por la volatilidad de las inversiones extranjeras de cartera, que no teníamos al principiar la década pasada”.

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Fue un resultado natural de la estrategia macroeconómica de mediano plazo desplegada bajo el gobierno de Salinas (y, de hecho, puesta en marcha a partir del llamado Pacto de Solidaridad Económica, decretado en diciembre de 1987), que erigió la estabilización de los precios en su objetivo prioritario a toda costa, utilizando como instrumentos centrales de política económica:

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1) la aceleración de la apertura comercial (de manera que los precios de los productos importados sirvieran de techo a los precios internos);

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2) una política cambiaria subordinada al abatimiento de la inflación, que utilizó el tipo de cambio como ancla de los precios, primero mediante la fijación de la paridad peso/dólar (durante 1988) y, después, mediante el deslizamiento del peso frente al dólar estadounidense a un ritmo que resultó siempre inferior (excepto en 1994) a la diferencia entre las tasas inflacionarias de México y Estados Unidos, lo que produjo la sobrevaluación creciente de nuestra moneda;

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3) una política fiscal tendiente a eliminar la brecha ingreso-gasto público, pero no a través del incremento de los ingresos tributarios del gobierno federal, sino a través del achicamiento de la participación del Estado en la promoción activa del desarrollo económico, lo que trajo consigo la reducción o supresión de programas de fomento general y sectorial, contribuyendo al debilitamiento de numerosas ramas de la planta productiva mexicana.

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La liberalización de los mercados financieros (que incluyó la reforma de la legislación bursátil y regulatoria de la inversión extranjera, así como la apertura parcial del sistema bancario al capital extranjero), se convirtió en instrumento complementario esencial para atraer el ahorro externo requerido para cubrir la brecha de divisas en la cuenta corriente, que resultaba de la combinación venenosa entre apertura comercial abrupta y política de peso fuerte a ultranza, dando lugar a una especie de reaganomics salinista: endeudar al país y enajenar activos nacionales para comprar en el exterior mercancías que compitieran con las nacionales y presionaran la inflación a la baja.

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Por ello, el colapso financiero y cambiario que estalló en diciembre de 1994 no es un suceso extrínseco a la estrategia económica desplegada por Salinas, sino su desenlace natural. La sobrevaluación cambiaria combinada con la apertura comercial abrupta y con el desmantelamiento de los programas de fomento, produjo, naturalmente, un crecimiento vertiginoso de las importaciones a un ritmo muy superior a las exportaciones (véase cuadro 1), de manera que se generó un déficit comercial dramáticamente creciente y un desmesurado déficit en la cuenta corriente, con la consiguiente adicción frenética a la acumulación de pasivos externos (véase cuadro 2).

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Formalmente, el modelo macroeconómico de Salinas sólo ajustaba mediante una variable exógena: los flujos crecientes de ahorro externo que financiaran el gigantesco déficit de cuenta corriente. La ilusión de que esta variable exógena se iba a comportar puntualmente conforme a lo previsto en el modelo econométrico, cubriendo rigurosamente la brecha de divisas a través de canalizaciones constantes y suficientes de ahorro externo, constituye la falla intrínseca fundamental de la estrategia macroeconómica de mediano plazo de Carlos Salinas.

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Bajo este modelo, la sola interrupción de los flujos de ahorro externo para financiar el déficit de cuenta corriente, o su reducción a un nivel inferior a éste, conduciría a un vaciamiento progresivo de las reservas del banco central. Desde luego, el modelo podía también colapsarse por importantes retiros de dinero caliente previamente ingresado y por fugas de capitales mexicanos que invariablemente acompañan las crisis de balanza de pagos.

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De facto, el derrumbe del modelo macroeconómico salinista se inició al registrarse un giro en las tendencias financieras internacionales a partir de febrero de 1994, cuando la Reserva Federal estadounidense decidió subir las tasas de interés de los instrumentos líderes; y los inversionistas estadounidenses decidieron retirar, suspender o reducir sus colocaciones en los mercados emergentes (véase la entrega de Kenneth N. Gilpin en The New York Times, 28/vi/94). Como resultado de estas nuevas tendencias, la variable exógena que ajustaba la ecuación de la estrategia mexicana se hizo inviable.

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Desde el segundo trimestre de 1994, los saldos en la cuenta de capital, aún siendo positivos, se tornaron insuficientes para financiar el elevado déficit de la cuenta corriente (véase cuadro 3), de modo que la brecha de divisas comenzó a cubrirse succionando las reservas del banco central. Como resultado, se afectaron las expectativas de que la paridad cambiaria pudiera ser mantenida. Por eso, diversas firmas calificadoras estadounidenses (como Goldman Sachs y Standard & Poor) señalaron que México no podría pasar de su calificación vigente de riesgo-país de especulación a país con grado de inversión, mientras no disminuyeran sustancialmente los enormes déficits de cuenta corriente. Bajo estas condiciones de incertidumbre, se produjo la acelerada conversión de las inversiones de renta fija en tesobonos cuya mayor emisión se realizó por presión del Weston Group, principal manejador de fondos de pensión invertidos en CETES mexicanos (The Wall Street Journal, 15/06/94). Asimismo, se produjo una considerable salida de capitales mexicanos, cuyos tenedores prefirieron cubrirse en dólares. Los depósitos de mexicanos en bancos del exterior alcanzaron la cifra de $2,134.6 mdd durante los dos primeros trimestres de 1994 (véase cuadro 3); y las fugas de capitales, contabilizadas en el renglón de errores y omisiones, ascendieron a $8,435.4 mdd durante el mismo lapso. Las inversiones extranjeras de cartera, en cambio, mantuvieron sus saldos positivos en cuenta de capital hasta el tercer trimestre de 1994, pero en montos dramáticamente decrecientes, hasta que comenzaron a abandonar el barco en el cuarto trimestre.

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Frente a estas realidades, resulta sorprendente que a estas alturas el ex presidente Salinas  mantenga las ilusiones inherentes a su modelo macroeconómico. “Se  ha dicho –escribe Salinas– que el tamaño del déficit en cuenta corriente exigía operar la macrodevaluación” (p.1104). “Sin embargo, en 1992 había sido de 7.5% y en 1993 de casi 7% y no hubo devaluaciones bruscas”. La ilusión del eterno financiamiento externo de un descomunal déficit de cuenta corriente resulta ser, en efecto, increiblemente resistente.

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Ciertamente, Salinas aduce casos de algunos países asiáticos que operaron con altos déficit en cuenta corriente durante varios años sin caer en crisis de balanza de pagos. Sin embargo, estos casos no son regla general. Experiencias contrarias de adicción al ahorro externo-crisis financiera abundan en el mundo, especialmente en América Latina.

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De hecho, el tiempo óptimo para una certera reformulación de la estrategia económica, que incluyera la indispensable corrección cambiaria, se prolongó más de dos años (desde 1992 hasta principios de 1994); pero se escurrió de las manos del gobierno de Salinas entre la segunda quincena de febrero y la primera de marzo de 1994, precisamente cuando –antes del asesinato de Colosio– se configuró y consolidó la tendencia alcista en los rendimientos estadounidenses, que modificó la orientación de los flujos financieros internacionales. En vez de realizar los ajustes urgentes en la estrategia económica, aprovechando la posición de fuerza en la reserva del banco central, que al 15 de febrero ascendía a $29,228 mdd, el gobierno mexicano adoptó medidas económicas de corto plazo que agravaron la situación: 1) Para retener el ahorro externo previamente ingresado, el gobierno reemplazó títulos de deuda pública “interna” nominados en pesos por los tesobonos, nominados en pesos pero indizados a la paridad peso/dólar, con lo cual simplemente pospuso el colapso financiero; 2) para crear una apariencia de prosperidad con vistas a las elecciones de agosto, el gobierno expandió el gasto público, acrecentando así el déficit de cuenta corriente.

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Como resultado de acciones y omisiones se puso a punto la bomba de tiempo financiera y cambiaria que estalló a finales del año. Por consiguiente, no fue el gobierno del presidente Zedillo el que quitó los alfileres de los que colgaba la economía mexicana. Los alfileres vinieron desprendiéndose a lo largo de 1994.

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Sin embargo, tanto el estilo de manejo de la macrodevaluación, como la estrategia desplegada para enfrentar la crisis financiera y sus efectos en la economía real de la nación, son por completo responsabilidad del gobierno del presidente Zedillo.

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Los verdaderos “errores de diciembre”

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En vez de enfrentar el problema cambiario desde el primer día de su gobierno, enmarcando la modificación del régimen cambiario en un paquete integral de políticas económicas, el presidente Zedillo conservó –por lo menos en sus mensajes públicos– la ilusión de que las cosas podían seguir indefinidamente como iban. En su discurso inicial como presidente de México, afirmó: “Hoy ante nosotros se presenta una oportunidad sin precedente para conseguir el crecimiento económico que demanda la población”. Y todavía 10 días antes del colapso, en sus Criterios Generales de Política Económica para 1995, remitidos al Congreso de la Unión el 9 de diciembre de 1994, el presidente Zedillo mantuvo esa ilusión: “Ante las perspectivas favorables de la economía, el país ha atraído montos importantes de ahorro externo durante los últimos años”. “Durante 1995, el sector externo proporcionará un fuerte impulso a la transformación y al crecimiento de la economía”. “Se estima que el déficit de la balanza comercial equivalga a 4.6% del PIB y el déficit de cuenta corriente al 7.8%, también del PIB. Se registrará un superávit en la cuenta de capital en 1995 que será la contraparte de un saldo deficitario en la cuenta corriente”.

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No fue sino hasta el 19 de diciembre, día en que las reservas internacionales del banco central alcanzaron su nivel crítico de $10,457 mdd (contra los $29,228 millones del 15 de febrero), cuando el nuevo gobierno se decidió por fin a realizar el ajuste cambiario, pero –como señalamos en El Universal, 14/viii/95– lo hizo con una extraordinaria torpeza y bisoñez.

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En primer lugar, no hizo acompañar la macrodevaluación de un paquete convincente de políticas económicas para superar la crisis financiera y sus efectos en la economía real.

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En segundo lugar, incurrió en el error de consultar, con los magnates integrantes del Pacto, el acuerdo de la Comisión de Cambios de abandonar el régimen de banda cambiaria para pasar al régimen de libre flotación; y se dejó convencer por los líderes empresariales presentes de optar por la elevación de 15.3% en el techo de la banda de flotación.

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Por esta causa, se perdieron $4,543 mdd adicionales en las reservas internacionales del banco central en un solo día (21 de diciembre), sea por empresarios asistentes a la reunión del Pacto, que aprovecharon el tiempo ganado para realizar enormes adquisiciones de dólares, como fue denunciado en diversos medios, sea simplemente por la incertidumbre de los inversionistas acerca de la viabilidad de la nueva banda cambiaria, los cuales, por tanto, aprovecharon  los últimos dólares disponibles a precio de ganga.

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Finalmente, al día siguiente el Banco de México tuvo que retirarse del mercado de cambios, dejando al peso en libre flotación.

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En tercer lugar, cometió el error de echarle la culpa de la macrodevaluación al subcomandante Marcos. Para quien haya creído esa historia infantil, en vez de configurar un cuento medieval tranquilizante, era una historia de brujas y demonios, que atizaba la alarma sobre la incierta fortaleza de la economía mexicana. Para quienes no compraron la historia, que casi nadie creyó, el asunto era peor: el nuevo gobierno mexicano se presentaba como un gran tomador de pelo a los ojos de temblorosos e irritados inversionistas nacionales y extranjeros que tenían fuertes exposiciones en México.

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En cuarto lugar, asociado a lo anterior, se descuidó la diplomacia elemental respecto a los grandes inversionistas que tenían fuertes colocaciones en México. Desde luego, no se trataba de avisarles previamente de la macrodevaluación (que, en general, nunca se preanuncia), sino de explicarles, inmediatamente después de anunciada la decisión cambiaria, cómo se iban a salvaguardar, en lo factible, sus intereses y los compromisos de pago contraídos.

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En quinto lugar, a partir del 3 de enero de 1995, el gobierno mexicano, en vez de adoptar una estrategia económica de corto, mediano y largo plazos tendiente a rescatar la economía real de la nación, optó por una estrategia salvajemente recesiva, que cargó inmisericordemente sobre los empobrecidos trabajadores los costos del ajuste, y hundió a la economía real mexicana en la peor crisis desde la gran depresión de 1929-1932.

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