Retos del 2002

&#34No podremos avanzar mientras no saldemos cuentas con quienes delinquieron en el pasado y abusaro
Alfonso Zárate

Concluido el periodo de gracia, resulta evidente que la administración Fox logró lo que parecía imposible: despojar a los mexicanos de la esperanza del cambio. Su signo es, hoy, la decepción.

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Aunque se reconozcan nuevos equilibrios entre poderes y la complejidad del escenario mundial, el mandatario empieza a mostrarse agobiado. El periodista Óscar Hinojosa lo dice: "El desánimo se deletrea en su propio rostro."

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En el país se respira un clima de libertad que no había conocido la presente generación, pero Fox no ha podido concretar ninguno de sus proyectos mayores, menos aún deslindarse del pasado (¿dónde están los que abusaron del poder?).

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El gobernante pretendió "humanizar" a la Presidencia, pero la banalizó; resultó un mandatario disfrazado de cowboy que placea por el mundo su precariedad cultural.

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Sus publicistas defienden un estilo que, dicen, "desacraliza a la institución presidencial": desenfadado, fresco. Poco saben de historia. No tiene nada de nuevo, es una regresión al tiempo de los viejos caciques irreverentes, ocurrentes y agrestes de principios del siglo pasado.

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Rumbo a su segundo año, dos preguntas caen por su peso: ¿hasta dónde es posible extender la "curva de aprendizaje"? y ¿cuáles son los límites de un gabinete con serias deficiencias? Lo evidente son los déficit del nuevo grupo gobernante, su impericia política, la lentitud para adoptar decisiones y su división. El equipo de Fox más bien parece un rompecabezas en el que prevalecen la incompetencia, el protagonismo y la ausencia de un proyecto común.

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Este año nos ha ofrecido lecciones: que los comicios se ganan con carisma, promesas y marketing, pero se gobierna con resultados; que la nueva vida política reclama a los actores el tendido de puentes, acuerdos y transformaciones estructurales. Nadie gobierna solo ni por decreto.

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Fox debe aprender que la Presidencia es una institución y no una chamba; que sus palabras tienen el peso de su investidura y que no puede seguir comportándose como ranchero de San Cristóbal; que la política massmediática es una navaja de doble filo; que su discurso y sus acciones deben responder a una visión que privilegie el interés del país y no las ocurrencias; que la democracia per se, sin eficacia, lleva al fracaso.

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El Presidente todavía puede recuperar el terreno perdido y enfrentar los desafíos en el corto y el mediano plazo.

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–El autor es director general de Grupo Consultor Interdisciplinario.

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