¡Ricos abajo, pobres arriba!

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Cuauhtémoc Sánchez

Se preguntará usted ¿qué hace esta consigna aparentemente socialista en la principal revista de negocios de México? Pues bien: no es un eslogan; es nuestra realidad.

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Allá abajo, en el subsuelo, tenemos una verdadera fortuna. Pocos países han sido agraciados con una cantidad similar de petróleo bajo su territorio. México es una de las 7 principales potencias petroleras del mundo. Tenemos una riqueza económica enorme; dinero de veras. Sólo que está allá abajo.

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Acá arriba, la cosa es otra. Ese mismo país que nada en energéticos tiene a 53 millones de personas en la miseria. Para colmo, tiene también una de las distribuciones más desiguales del ingreso, a pesar de que el gobierno monopoliza la riqueza petrolera, supuestamente para distribuir sus beneficios entre todos los mexicanos. El estatismo petrolero en nada ha democratizado la riqueza. Es paradójico... y terrible.

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Pareciera sencillo. Si desenterráramos esa gigantesca riqueza con responsabilidad, y la combináramos con nuestra capacidad e inteligencia, deberíamos ser una de las naciones más prósperas del mundo. Nada más lejos de nuestra realidad.

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Y así como desperdiciamos nuestra riqueza geológica, por no saber traerla a la superficie con eficiencia y aplicarla con inteligencia, también malgastamos nuestra fortuna geográfica. Nos tocó vivir junto al mercado más poderoso del mundo. Ya quisieran Japón, Alemania, Corea, China o India. Nos tocó a nosotros. Y en vez de prepararnos para sacar ventaja de ello, añoramos mantenernos aislados del comercio mundial, que es creador de riqueza inagotable.

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Hemos fracasado en convertir toda nuestra suerte original en bienestar. Hemos creído en la mentira populista del socialismo y en las medias verdades ingenuas del neoliberalismo. Lo que no hemos intentado es la eficiencia y la productividad, sin complejos ni tabús arcaicos disfrazados de soberanía populista. Tampoco hemos intentado una verdadera política industrial que facilite nuestra participación exitosa en la competencia global. Esa es la vía real que otros ya han adoptado, y que nosotros, por razones incomprensibles, no hemos querido tomar.

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–El autor es maestro en administración de empresas y en administración pública por la Universidad de Harvard.

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