Roberto García Navarro

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Jaime Santiago

Es como el típico campeón de peso gallo, o el medallista de oro en caminata para más de un empresario con vestigios de nacionalismo. Más de uno ha seguido con interés la historia de la empresa mexicana que se ha puesto con multinacionales al tú por tú en mercados, tribunales y campañas de “periodicazos”.

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Fundada en 1925, Canel’s se dedicó desde el principio a fabricar chicles y golosinas. Siempre estuvo en San Luis Potosí; siempre en manos de la familia que hoy liderea Roberto García Navarro, presidente y director general de la firma (además de propietario de una constructora, un hotel y varias otras empresas).

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Grandote, con un peinado de esos que no parecen deshacerse nunca y ya llegando a los 48 años, García Navarro se ha ganado su fama a costa de no “sacarle” a ningún reto. Él fue quien allá a principios de los años 80 comenzó la internacionalización de la empresa que hoy ya vende chicles en más de 40 países, incluyendo Rusia y buena parte de Oriente.

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Administrador de empresas por el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey, merecería ser famoso nada más por ese detalle de ser altamente exportador, además de miembro de los consejos consultivos de Banamex, Banorte y Bancen, y uno de los dueños de los hoteles Quinta Real. Pero el lector sabe cómo es la gente: mata uno un perro y le ponen “el mataperros”. La historia ha sido contada en diversas partes, así que la brevedad manda: supuestamente, la notoriedad alcanzada por Canel’s por fin le causó ruido a la gigantesca empresa Warner Lambert, productora de los Chiclet’s Adams y las pastillas Halls.

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Un día de 1989, alega García Navarro, los extranjeros le hicieron una oferta de compra por su empresa. Como el se negó (“¿y luego qué vendo?”, se habrá preguntado, como en el cuento), los fabricantes de Adams habrían urdido todo un plan para acabar con su empresa, sacando al mercado la marca Clark’s, en un principio casi idéntica a Canel’s y a un precio mucho menor (la marca mexicana habría hecho algo parecido previamente con Chiclet’s).

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Pero el potosino no se dejó: demandó, habló, gritó, y primero consiguió que el diseño de los chicles de Warner Lambert se distanciara de su marca; luego, inició un largo juicio que todavía no termina en sus secuelas, para comprobar una depredación del mercado y un acto monopólico por parte de su competencia.

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Lo hizo con tal tino y, la verdad, hizo tan buena labor con los medios, que para 1995 el pobre de Edgar Vallejo, director general de Warner en México, era ya algo así como la bruja de Blancanieves, combinada con Scrooge.

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El asunto ha sido un show completo que incendia ánimos nacionalistas, a tal grado que nadie apoyó a la multinacional cuando demandó a Canel’s porque sus pastillas Ultra dieron en llamarse “lemonlyptus” como las célebres Halls.

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Bueno, a tal grado ascendió la fama de García Navarro, que más de uno se apresuró a ponerle los guantes, cuando Pepsico difundió una campaña con el eslogan “El sabor ganador”, una frase registrada por Canel’s años atrás. Pero como que aquí la templanza le vino de repente al empresario. Cuando ya se especulaba sobre demandas de hasta $1 millón de dólares, él dejo en claro que la única bronca que había tenido su empresa en la historia, y la única que quería tener, era la de Warner Lambert. Como que tener más de un gigante por enemigo no era su deseo.

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Hoy en día, Roberto García Navarro se está relacionando con un empresario más controvertido que él: es socio de Televisión Azteca (de Ricardo Salinas Pliego) en San Luis Potosí, con lo cual, aparte de un buen negocio, ha encontrado un bonito apoyo publicitario para sus productos.

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Como es lógico, su apellido es uno de los más famosos de San Luis Potosí. Él y su hermano Jaime han sido presidentes de la Canacintra local y de otras sociedades de empresarios locales.

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¿Por qué no es más famoso este empresario? Dejando de lado centralismos y esas cosas, acaso sea porque Canel’s no ha dejado de ser una firma familiar. Nada de presencia en la bolsa de valores que le permita crecer... y compartir sus ganancias. Esto ya no le queda: sus chicles están llegando a demasiadas partes del mundo como para seguir pretendiendo el anonimato de una empresa mediana.

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