Se repite la historia

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Invitamos al lector a ubicarse en 1993, en la antesala del primer mundo salinista, en medio de la fiebre del consumo y del crédito, con inflación a la baja y sueños de grandeza al alza... pero con un creciente déficit en cuenta corriente.

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Ubíquese ahora en mayo de 1998. Qué coincidencias, ¿no? Otra vez los focos rojos se encienden sobre el ritmo de crecimiento del déficit, situación sobre la que, desde hace mucho tiempo, los analistas económicos vienen alertando. A esto, el Banco de México responde con una tímida advertencia para que los agentes económicos “frenen el consumo”. De no ser así, dicen los funcionarios del banco central, tendrá que haber una reacción de la política monetaria (restrictiva, por supuesto) para mantener el déficit de cuenta corriente “en niveles razonables”. De lo que no hablan, por supuesto, es de que esa propia política es la que ha fomentado la expansión del consumo, y lo grave es que éste creció ya durante el primer trimestre muy por arriba de los ingresos. Y también es evidente que no toda la población cuenta con la liquidez necesaria para incrementar de manera tan notable su gasto. La fuerza del consumo de un pequeño segmento de la sociedad puede apreciarse en el acelerón de las ventas de automóviles, ya que el incremento promedio de los ingresos de los autoservicios –por ejemplo– ha sido bastante marginal. Ahí están las cifras evidenciando, nuevamente, la muy desigual distribución de la riqueza en México.

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Sin embargo, como lo señala con claridad el semanario Tendencias Económicas y Financieras, las autoridades parecen olvidar que “el problema fundamental del crecimiento del déficit de la cuenta corriente no se encuentra en el nivel de consumo de la economía, sino en la calidad de los recursos externos captados, así como en la propia incapacidad de las autoridades para orientar el financiamiento externo hacia proyectos productivos”.

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Está dibujándose, otra vez, el síndrome sexenal del catastrofismo económico. Mientras la estrategia gubernamental continúe centrada en caprichosos movimientos de los frágiles hilos de la macroeconomía, en legítima búsqueda, sí, de la necesaria estabilidad, pero lejos de un auténtico impulso a la inversión y desarrollo de cadenas productivas que generen una competitividad real, el país seguirá siendo una marioneta de los capitales especulativos y víctima fácil de cualquier distorsión en los mercados internacionales.

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El asunto es delicado, porque los márgenes de maniobra son escasos. La historia, pues, se repite. Lo único evidente es que la actual política económica no es el arma adecuada para alejar el fantasma de otra crisis al final del sexenio y, mucho menos, para garantizar el crecimiento sostenido de la economía mexicana.

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Si las lecciones de la historia no se aprenden, ¿de qué ha servido entonces tanto sacrificio de la población?

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