Sello letal

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Andrés Piedragil Gálvez

Hace 20 años, como se cuenta en el artículo de portada de la edición número 373 de Expansión (agosto 31 de 1983), la industria mexicana del vestir ya presentaba los síntomas de una grave enfermedad: la piratería y el contrabando de ropa. Según estimaciones de las fuentes consultadas por la publicación en los años 80, el sector informal vendía al mes hasta 70,000 prendas de origen ilícito (que ostentaban sellos como Jordache, Chemise Lacoste y Gucci, entre otras marcas). Durante el mismo periodo, un establecimiento legal apenas comercializaba 12,000 unidades de ropa original o importada legalmente.

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Dos décadas después, este sector de la economía nacional sigue infectado por el virus de la calavera. Según datos de la Cámara Nacional de la Industria del Vestido (Canainves), 58% de la ropa que se vende en México es de origen ilegítimo, lo que representa una pérdida de $15,000 millones de pesos en términos de recaudación del impuesto al valor agregado (IVA). Asimismo, la organización asegura que, actualmente, las ventas en el país de los piratas y contrabandistas de tela alcanzan la cifra de $9,800 millones de dólares. Por su parte, las tiendas formalmente establecidas comercializan alrededor de $5,000 millones de dólares en mercancía. Y el avance de los piratas no ha ocurrido sin víctimas: entre 2001 y principios de 2002 las empresas de confección de ropa perdieron 650,000 empleos.

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