Siete

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Antonio Puertas

“No hay mayor tristeza que la de no haber sido santo.” Si la sentencia de Leon Bloy es cierta, Siete (Seven) es una película profundamente triste. A pesar de la tensión que genera y del impacto final que la historia provoca, David Fincher, su director (Alien 3), se muestra más preocupado por demostrar que el género humano está condenado a padecer y a ejercitar el mal, en un juego donde a veces hay que ser víctima y otras, verdugo.

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Armada como un thriller, en el que se registran los intentos de David Mills (Brad Pitt) y William Somerset (Morgan Freeman), para atrapar a un asesino múltiple (Kevin -Spacey), esta cinta acaba por rebasar los límites propios del género y se convierte en una exploración de los motivos que alimentan la tarea del criminal y la del justo. Fincher echa mano de una excelente edición y banda sonora para insinuar cómo, sin la caridad y la fraternidad entre los hombres, ni la búsqueda del bien ni el combate al mal tienen sentido.

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Contra lo que a veces sucede con las historias -policíacas (donde el policía saca de su chistera al asesino al son de “elemental, mi querido Watson”), en Seven la captura del criminal no es ajena a la intervención del azar y en la trama existen suficientes huecos como para volver a contar la historia en uno u otro sentido.

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Siete son los pecados capitales, siete las víctimas, siete las virtudes cardinales, siete los días para que el detective Somerset pueda por fin jubilarse. Sin embargo, el destino de los protagonistas no cabe en el orden de estas cifras y será duro e inflexible como el infierno. “La geometría —dice Octavio Paz— es la antesala del horror.” El horror de Siete no es tal por su perfecta organización, sino porque es real y cotidiano. Cualquier ciudad moderna puede ser esa misma Sodoma ruidosa y en tinieblas.

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