Siete lágrimas por la reforma fiscal

Intriga, desconfianza, miedo, hasta llanto provoca. Aquí las principales excusas de por qué no se
Carlos Mota*

La primera. Porque todos los impuestos molestan. Cuando a inicios de noviembre el secretario de Hacienda, Francisco Gil, anunció a los diputados la reforma del gobierno, los sectores intransigentes se manifestaron como si se tratara de la primera vez que escuchaban que era necesario fijar el IVA en 10% sin excepciones. En otros países la homologación de la tasa impositiva al consumo es una discusión superada. Aquí todavía rinde dividendos políticos.

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La segunda. Porque el debate fiscal en México es confuso y pretencioso. Resulta curioso que aunque los legisladores no son expertos en la materia, muchos se cuelgan de dos argumentos para defender su ideología de partido. Memorizan un par de cosas: que el gobierno debe mejorar la cobranza y que no es admisible cargar más impuestos al pueblo.

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La tercera. Porque no hay futuro fiscal sin sencillez. En países prácticos, es fácil pagar tales obligaciones. En Estados Unidos, por ejemplo, llenar un formulario es pan comido, pues a la par de éste hay un documento que guía de la mano al contribuyente para rellenar cada renglón y obtener el monto a pagar. En México se dio un gran paso con el servicio tributario por internet. Debe reconocerse el esfuerzo y seguir avanzando para que los evasores paguen de forma sencilla.

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La cuarta. Por ser tan desconfiados. Traducir los ingresos del erario en beneficios concretos sigue siendo un sueño. Si no depositamos un voto de confianza en el gobierno –que consista en que a mayor dinero recaudado tendremos mejores escuelas, caminos, hospitales y transportes– difícilmente lograremos una reforma integral. Al recelar, eliminamos la posibilidad de que el Estado materialice las promesas.

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La quinta. Por el miedo. Vicente Fox se contuvo para incluir una propuesta sobre el ISR desde el inicio. Debió partirse de una iniciativa concreta; por ejemplo, 25% para personas físicas y morales, sin excepción, con reducciones graduales de un punto porcentual hasta colocar la tasa en un nivel muy competitivo en relación con otros países.

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La sexta. Por el desinterés. Cualquier asunto fiscal que se debata, por simple o complicado que parezca, escapa de la conciencia del ciudadano promedio. En México no existe una correlación directa entre política fiscal y los resultados electorales. ¿Alguien lo duda? Cuente el número de veces que en un restaurante se quejan los comensales porque el 15% de la cuenta se va para el gobierno. Seamos realistas, nadie lo hace.

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La séptima lágrima. Porque todo permanecerá igual. No creo que aunque el gobierno recaude más, México se convierta en punta de lanza del desarrollo mundial en las siguientes dos décadas. La reforma fiscal es el aborto amorfo de la verborrea partidista, no el resultado inteligente de un cuerpo colegiado en la materia.

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Llorar y llorar, dice la canción. Lo merece esta reforma fiscal. Y eso que se trata de nuestro futuro como nación.

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*Retroalimentación: motacarlos@aol.com.

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