Sólo para perdedores

La historia nunca es escrita por los perdedores. Sin embargo, muchos de ellos sí merecen homenajes:
Javier Martínez Staines

se construyen imperios, blindados por la experiencia única que engendran los errores.

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Pero a nadie, se supone, nos gusta perder. ¿O sí? De repente hay quienes se regodean de sus propios fracasos, con notoriedad pública, como en busca de ese sabor agridulce que otorga la limosna de la lástima. Son como víctimas fatales de su coqueteo con la mediocridad, un “no doy más” y, por ende, “que alguien me rescate”. Herencias históricas complejas de estructuras sociales, raciales y religiosas, de la creencia en destinos fatales y en paternalismos estatales, explicadas hasta el cansancio por filósofos, historiadores y sociólogos, en México esta tentación de ser víctimas constantes –y rodantes– se ha traducido en una burda resistencia a reconocer el éxito de los demás: todo mexicano exitoso es, antes que nada, sospechoso de lavar dinero, robar del presupuesto público, aprovechar palancas, transar a los demás o heredar simplemente fortunas ya existentes.

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¿En algún otro país celebrarán tanto el derrumbe del prestigio, del poder o del patrimonio de sus conciudadanos? Hasta donde da mi propia experiencia, no conozco otra nación donde el fracaso sea un paradigma de tales proporciones. “Ya se ubicó este señor”, suele decirse aquí cuando alguien cae de las alturas. Lo peor de todo es que esa expresión, como muchas otras, vienen cargadas de placer.

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En realidad, detrás de los derrumbes de otros, lo que sí hay es aprendizaje. De ahí que resulte interesante la publicación de un libro como Born Losers: A History of Failure in America (Harvard, $35 dólares), que es básicamente una historia de deudores, leyes de bancarrota, agencias de crédito y hombres quebrados en Estados Unidos. La dimensión del fracaso en el vecino país del norte es, por supuesto, muy distinta a la de México. Allá, la derrota es una tragedia, y quien resbala es de inmediato tachado de la lista del prestigio social. Educados para triunfar, los estadounidenses cavan tumbas alrededor de los fracasos. Y este libro se adentra en una multitud de casos, algunos muy sonados.

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Las épicas dimensiones que adquirieron los burdos excesos de Ken Lay, el ex mandamás de Enron, son un excelente ejemplo de lecciones inigualables para el mundo corporativo. Lo mismo podría aplicarse a nuestro país, donde la lista de descalabros escandalosos (destacan los apellidos Cabal Peniche, Rodríguez Sáez, Mendoza, De Prevoisin, Martínez Güitrón, Peñalosa, Ballesteros y una larga lista de etcéteras) debería incluirse como verdaderos casos de estudio de las escuelas de negocios. Por supuesto, más allá de las obvias triquiñuelas, hay mucho material de enseñanza acerca de estrategias mal desarrolladas, lanzamiento de productos poco competitivos, remuneraciones excesivas, endeudamientos desorbitados y diversificaciones fuera de control. “Tenemos mucho que agradecerle a los tontos”, decía Mark Twain. Sin duda.

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Javier Martínez Staines es director editorial de Grupo Editorial Expansión y tiene algunos muy buenos maestros de lo que no se debe hacer.
Comentarios: jstaines@expansion.com.mx

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