Sobrecargas y tiranos

Cualquiera agradecería tener un jefe que te impide trabajar horas extras y fines de semana... Pero
Javier Martínez Staines

Tengo un amigo de ideas siempre radicales. Es una manera elegante de llamarle tirano, aunque a final de cuentas es uno bastante sui generis. Una de sus grandes batallas, que alcanza en ocasiones dimensiones épicas, es impedir que los empleados trabajen después de horas y aparezcan en la oficina los fines de semana. Defiende con tal vehemencia los espacios “personales” de la gente, que se combina con el área de Recursos Humanos para que sus órdenes no sean esquivadas. Así, todo el equipo de vigilancia de la empresa para la que él colabora, ya sabe que cualquier integrante de ese departamento tiene estrictamente prohibida la entrada los sábados y los domingos. Para hacerlo aún más evidente, se tomó la molestia de pegar en los cubículos de sus equipos de trabajo un memorando con instrucciones precisas de abstenerse de intentar pisar la oficina en el sagrado espacio familiar que concede un fin de semana.

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La idea es buena. Nadie quiere un ejército de workaholics que sólo piensan en su trabajo y que se olvidan de otro tipo de espacios y relaciones. Conozco a alguien que me preguntó el otro día por qué había bajado algunos kilos tan rápidamente; después de responderle con una larga letanía de problemas personales derivada de relaciones complejas, que desencadenan oleadas espectaculares de estrés, él me contestó: “Caray, me dedico tanto a trabajar que se me olvida que la gente tiene relaciones”.

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Así las cosas, antes de favorecer la expansión social de estos energúmenos misántropos que se refugian en las oficinas para evadir su soledad, deben establecerse ciertos límites.

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Sin embargo, los límites también tienen límites. De vuelta con el amigo tirano, creo que él olvida una circunstancia sine qua non en los tiempos de la productividad a ultranza (el célebre sistema “más con menos”): la gente tiene sobrecargas de trabajo. Y en algún momento, para bien de ellos mismos y de las empresas, tienen que liberarlas. Esto, por desgracia, dado que los días no tienen más de 24 horas, ocurre a altas horas de la noche, o en los fines de semana. Si bien la apreciación de este amigo es que “sólo los ineficientes trabajan horas extras”, habría que recordarle que el mundo dista de ser perfecto y la vida, a final de cuentas, es difícil.

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 Por lo general, casi todos los proyectos terminan por ser más caros, más complicados y más lentos de lo que originalmente prevemos. Además, cuando en empresas de mentalidad moderna se concede mucha responsabilidad a la gente en todos los niveles jerárquicos, también deben abrirse espacios de libertad para que lleguen a sus objetivos. De no ser así, los mensajes terminan siendo confusos y, entonces, los colaboradores de la compañía no asumen responsabilidades adicionales y todos pierden: el empleado tiene menos oportunidades de desarrollo y la corporación cuenta con gente menos comprometida.

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En el fondo, mi amigo tiene razón. Aunque la tolerancia es una virtud que toda la gente agradece, incluso en fines de semana.

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* Javier Martínez Staines es director editorial de Grupo Expansión y dedica los fines de semana al sano esparcimiento… a veces.
Comentarios:
jstaines@expansion.com.mx.

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