Sorpresas del Mar del Norte

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Diana Anabell Mendoza G.

Para quienes piensan que La bella durmiente sólo es un cuento para niños, Bélgica guarda una sorpresa en los linderos del mar del Norte Brujas. Mágica, mítica, medieval, esta ciudad cautivó de tal manera al tiempo, que éste se quedó anclado aquí y aún hoy cuelga de las cornisas de sus ventanas. Brujas es la prueba fehaciente de que aquella frase de "Hubo una vez, hace mucho tiempo..." continúa siendo vigente.

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Un sueño de 500 años. Durante los siglos XIII al XVI, el esplendor europeo se asentó en este puerto, centro comercial y político del Viejo Mundo. Pero con el anegamiento del río Zwin -la salida al mar-, Brujas cayó en un profundo sueño de 500 años.

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La plaza principal, con sus construcciones de entramado bicolor y sus pequeños ladrillos anaranjados, invita a hacer una pausa en uno de sus cafetines o restaurantes, en los que se puede disfrutar de la hospitalidad belga y de una de las 600 cervezas, los 200 quesos o las carnes frías típicas de este país.

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Desde la torre del campanario (con una altura de 82 metros), la imaginación puede convertir al visitante en algún personaje de cualquier cuento de príncipes, hadas y dragones. El toque romántico viene con el recorrido de la ciudad a través de los canales, acompañados por el murmullo del viento del mar del Norte y el eco de las carrozas tiradas por caballos que llevan a los paseantes.

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Para los coleccionistas, Brujas se puede llevar a casa, pues en varias tiendas del centro se ofrecen miniaturas de todos los edificios del centro histórico, hechas de cerámica o porcelana, con las que se podrá crear una reproducción de la que es considerada “la plaza más bella del mundo".

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De compras, será fácil encontrar multitud de souvenir entre los elaborados trabajos de encaje que distinguen desde siglos atrás a la artesanía belga y cuyo centro de producción también se puede visitar aquí. Y para los pequeños están los 400 tipos diferentes de praline (dulces de almendra garapiñada), que son una de las especialidades del país.

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Capital joyera. A menos de 50 kilómetros, luego de un viaje en tren de media hora, se encuentra Amberes, otra joya europea que tradicionalmente no se incluye en mucho stours por el Viejo Continente, si bien miles de hombres de negocios, poderosos jeques árabes y miembros de la realeza acuden aquí para abastecerse de joyas y diamantes. Y es que Amberes es la capital diamantífera del mundo.

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Cercano a la estación central del ferrocarril, el ”barrio del diamante" es una provocación a la vista y al bolsillo. Resultado del concurso de diseño de joyería en diamante, en los aparadores de las tiendas se exhiben las piezas mas sofisticadas e ingeniosas: brazaletes para el codo, tocados para el pelo, pulseras para el pie, anillos para dos o tres dedos. Una visita al Museo del Diamante, es un rito obligado. Aquí se apreciarán muchas de las joyas más bellas del mundo y varias han pertenecido a reyes y monarcas. Además, existe una sección dedicada a los diseños de vanguardia.

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Pero si no puede llevar diamantes originales de obsequio a toda la familia, a la salida del museo podrá comprar unos de chocolate o adquirir en alguna de las konditorei (confiterías) del centro una dotación de pastelillos en forma de diamante, que son el ultimo grito de la moda en la capital diamantífera.

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Amberes es una ciudad cosmopolita, llena de vida y de jóvenes. Durante los siglos en que este fue el centro comercial y cultural de Europa, confluyeron aquí tres culturas: la francesa, la germana y la española, y las huellas de su paso se encuentran en diferentes construcciones y esculturas de estilo barroco, renacentista, románico o modernista.

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La pintura es una de las artes privilegiadas en Bélgica. La escuela flamenca fue determinante para toda una época de este arte y uno de sus mas prestigiados exponentes, Rubens, hizo de toda Amberes su sala de exposición, al pintar en sus bóvedas y capillas varias de sus obras maestras. Algunos ejemplos son "El Descendimiento de la Cruz", en la catedral de Nuestra Señora, o la "Glorificación", en la iglesia de San Pablo. Hay u ntour especial: "el paseo de Rubens", en el que se visitan todos los sitios que guardan obras del artista, incluida su casa en la calle Wapper.

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En las márgenes del Escalda, es muy popular la atracción nocturna de los "aparadores". En su interior, chicas con escasa indumentaria y formas voluptuosas invitan al amor y al placer, en una atmósfera difuminada por la luz neón rojo-violeta.

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La plaza mayor fue un centro de difusión de la cultura renacentista del siglo XVI, según se puede apreciar en las regias construcciones que la rodean, encabezadas por el Ayuntamiento y la estatua de Brabo, en la que se representa la leyenda de donde tomaría su nombre Amberes, la ciudad de la "mano arrojada".

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Sea por negocios o por placer, un viaje al Viejo Mundo merece una escala en Bélgica, país de este tiempo que no sólo es la capital política de Europa, sino también un libro de historia abierto, que guarda sorpresas sinfín para el paladar, la vista y el corazón.

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